Hijos de su…

Carlos Alberto Patiño

López son los hijos de Lope.

El apellido que más se repite entre los gobernantes de México es López. Un Virrey hubo en la Nueva España llamado Diego López de Pacheco. Fue el decimoséptimo y estuvo a cargo del virreinato de 1640 a 1642.

Entre los presidentes, ya como nación independiente, están Antonio López de Santa Anna, Adolfo López Mateos y José López Portillo.

A López de Santa Anna se le atribuye haber ocupado la Presidencia 11 veces, pero hay autores que sostienen que sólo fueron seis. Con eso bastaba para asegurar que es el apellido que ha estado más veces que ninguno en la Presidencia.

Don Antonio era un pillastre al que muchos consideraban héroe. No hay que olvidar que la versión completa del Himno Nacional lo califica como “El Guerrero inmortal de Zempoala”.

Pero es un hecho que los mexicanos de entonces lo llamaban cada vez que creían necesario que los gobernara. De esa catadura eran nuestros compatriotas en esa época; de esa caradura era él. La Guerra de Texas en el 35 y la guerra con EU en el 47, con las consecuentes pérdidas de territorio, no fueron suficientes para retirarlo. Fue hasta 1855 que el Plan de Ayutla lo expulsó.

Adolfo López Mateos ha sido el presidente que ha logrado los mejores índices de popularidad a largo plazo.

Fue un personaje querido, al punto de que sus conductas, aunque no fueran las más ejemplares, se le festejaban. Es conocida la anécdota que le atribuye preguntar cada mañana a su secretario particular Humberto Romero “¿Qué toca hoy, viaje o vieja?” Se le admiraba la galanura y su gusto por los autos deportivos. Fue el mandatario que obtuvo para México la sede de los XIX Juegos Olímpicos, creó los libros de texto gratuitos, mantuvo un gran impulso a la educación y a la cultura, nacionalizó la industria eléctrica y creó el ISSSTE.

Pero en su cuenta también está la represión a los movimientos ferrocarrilero (el de Demetrio Vallejo y Valentín Campa) y magisterial (el de Othón Salazar). El caso extremo fue el de los asesinatos del dirigente agrario Rubén Jaramillo y su familia.

Con todo su carisma, don Adolfo nunca pudo separarse de esas historias.

El último es López Portillo. Con él y con su antecesor Luis Echeverría comenzó un fuerte deterioro de la imagen presidencial (Díaz Ordaz tuvo lo suyo, pero sólo en algunos sectores). Jolopo le decían por el acrónimo de su nombre, pero terminó como El Perro, por su dicho de que como tal defendería al peso... y desató la más terrible de las inflaciones que hemos padecido. También se le festejaban sus amoríos. Muy señalado fue el que se le achaca con su secretaria de Turismo. Hasta del nepotismo hacía gala. Los niveles de corrupción en su sexenio llegaron a cotas inimaginables. El botón de muestra es su jefe de policía, Arturo El Negro Durazo.

Esos han sido nuestros López y así nos ha ido.

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Y ya que estamos con los apellidos, hablemos de ellos.

Entre nuestros usos y costumbres está la de transmitirlos a nuestros descendientes. La norma civil era la de poner primero el apellido del padre.

No nos metamos en las honduras de dilucidar las razones de esa práctica a la que no llamaré machista, pues antecede al concepto, aunque no al sentido. Sería un anacronismo efectista, sobre todo en algunos sectores, pero inadecuado.

Más allá de Federico Engels y sus ideas sobre el origen de la familia, supongamos que los apellidos surgieron cuando las comunidades humanas crecieron lo suficiente para hacer necesario distinguir a sus miembros e identificarlos por su pertenencia a los distintos grupos o familias.

De hecho, una de las denominaciones para los apellidos es “patronímico”, que viene del nombre del padre.

Lo curioso es que a mí me parece que, en el origen, los nombres debieron estar más vinculados a la línea materna. “Hijos de mis hijas, mis nietos serán; hijos de mis hijos, el Diablo sabrá”, decía mi abuela (El dicho concluye “en duda estarán”, pero doña Manuelita metía al de los cuernos por alguna razón).

Debió haber sido como cuenta la anécdota sobre el guitarrista gaditano Francisco Gustavo Sánchez Gómez. En Algeciras había con seguridad varios rapaces con el hipocorístico “Paco”. Así que tras alguna fechoría, los adultos se preguntaban “¿Quién ha sido?”. “Paco”, respondían otros. “¿Y cuál de ellos?”. “El de Lucía”, era la frecuente respuesta.

Luego, el talentoso muchacho lo tomó como el nombre profesional que lo llevó a la fama: Paco de Lucía.

¿No parece una forma natural para identificar a las personas?

Otra forma, cuando el nominado emigraba y el apellido quedaba en usufructo del primogénito, era referir el lugar de origen: Rodrigo de Triana, Leonardo da Vinci, Francisco de Asís.

De nuevo, sin meterme en los berenjenales de la calificación o descalificación de las costumbres, aunque ahora sí pensando en Engels y la propiedad privada, vino la necesidad de asegurar filiación y legados.

Así que el hijo de Pedro fue Pérez; el de Muño, Muñoz; el de Martín, Martínez… El patronímico más común en México es Hernández, el de los hijos de Hernán.

Una manera más de distinguir a las personas es por las características físicas o morales de algún antepasado.

Gerardo Bueno, Salvador Malo, Carlos Prieto, Genaro Moreno, Vicente Guerrero, Miguel Hidalgo, Arquímedes Caballero…

Algunos apellidos derivan de los oficios que se ejercieron: Hortelano, Herrero, Pastor…

Los hay relacionados con animales, plantas u objetos: Gallo, Del Toro, Cuervo, Zorrilla, Becerra, Cabral, Arce, Del Olmo, Manzanilla, Centeno, Lanza, Torres, Platas…

Los hay de colores: Añil, Cano, Celeste… Blanco era el materno de mi padre. Y el que me legó, Patiño, es “pequeño pato” en lengua gallega.

No hay modos (ni modas) que no cambien. Así que sonó la hora de modificar los usos.

En cuatro entidades de la República, Morelos, Estado de México, Yucatán y Ciudad de México, la ley autoriza a los padres a elegir si será el materno el primer apellido de los hijos. En otros estados, las madres solteras pueden registrar a sus vástagos con el propio. En muchas partes la legislación no especifica el orden, pero se rigen por la costumbre, a menos de que con buenos argumentos se convenza al juez de inscribir primero el materno.

Para darnos una idea del talante que prevalece en El Bajío, la ley en Guanajuato impone el paterno.

Y no se puede terminar este análisis sin acordarnos del “Hijo de Su”, personaje al que popularizó Tin Tan. Era un chico malo a quien no le gustaba trabajar y ni el agua, por no bañarse.

No tenía amigos, robaba y bailaba como apache… “El hijo´e Su era un/ muchacho el hijo´e Su/hijo de Doña Susana hijo´e Su/desde chico era muy malo/pa´levantarse temprano/dicen que nació cansado el hijo´e Su”.

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Regaños. La fotografía nos muestra a un reptil arrastrado por la cola y el texto dice: “Un ejemplar de cocodrilo —de casi dos metros de longitud— fue arrollado por un auto en movimiento al salir de la laguna Negra de Puerto Marqués, ubicada en el acceso principal de playa revolcadero, en la zona Diamante del puerto”.

Muy bien, un auto en movimiento. El corresponsal, el editor y el corrector imaginan que los automóviles detenidos pueden arrollar seres así nomás, sin tener la condición necesaria para causar daño. “Lo que mata es la velocidad”, decía mi maestro de física para explicar inercia, energía cinética y otros conceptos de la mecánica.

Es pleonasmo decir que el vehículo estaba en movimiento.

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El Arca de Arena estaba en busca de un sinónimo de una palabra que se usa para hacer un encomio. Es un discurso laudatorio al que el diccionario académico lo asocia con Baco o Dioniso.

La respuesta vino del lector Miguel Ángel Castañeda Rangel, quien nos explica que “Ditirambo es composición poética laudatoria que expresa un gran entusiasmo por el objeto a que se dedica el elogio. Alabanza exagerada”. Marielena Hoyo añade que el vínculo con Baco está relacionado porque el término es sinónimo del dios griego del vino y sus excesos.

El Arca anda en pos de una palabra que aparece varias veces en El Quijote. Es una palabra que apareció ya en Giros asociada con un arcaísmo para denominar a la descarga eléctrica que se produce en la atmósfera. Sin embargo, Cervantes la usa con otro significado, también antiguo. El Manco de Lepanto la ocupa para referirse a encuentros placenteros entre hombres y mujeres o entre caballos, burros y sus hembras. El DLE la presenta como una acción que recrea, calienta y vigoriza.

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