“Dios no existe”, pintó Diego Rivera… y entonces su mural fue censurado

Bertha Hernández

El arzobispo primado de México, Luis María Martínez, detonó el escándalo. Tenía un ojo agudo y principios inamovibles. Por eso, cuando Luis Osio, gerente del flamante Hotel del Prado, le solicitó que bendijera el sitio, que en ese junio de 1948 abría sus puertas, el desconcierto inicial del funcionario se transformó, en unas pocas horas, en completo horror: el cardenal se negaba a bendecir el hotel, a causa de la “frase atea” que ese comunista, Diego Rivera, había pintado en el mural realizado para el Salón Versalles, destinado a ser un exclusivo restaurante.

Dios no existe, afirmó y demostró experimentalmente, Ignacio Ramírez”. Tal era el texto que sostenía entre las manos el famoso Nigromante en el mural que el arquitecto de la obra, Carlos Obregón Santacilia, había encargado a Rivera para engalanar el lugar.

 Allí, en el extremo izquierdo de “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”, estaba aquel personaje relevante del liberalismo mexicano decimonónico. Justo debajo de Juárez, entre su discípulo querido, Ignacio Manuel Altamirano, y el malogrado general Leandro Valle, estaba el Nigromante, con aquel papelito que recordaba su clamorosa irrupción en la vida pública del siglo XIX mexicano. Y era aquel papelito, la causa de que el señor arzobispo armara un mitote de enormes dimensiones.

LAS CENSURAS POSREVOLUCIONARIAS. Siendo estrictos, mal había hecho Luis Osio al solicitar la bendición, porque el Hotel del Prado era propiedad pública: pertenecía a la Dirección de Pensiones, es decir, al Estado mexicano. Pero, en el pasado reciente, diversos movimientos procatólicos y muy conservadores, habían dado de qué hablar, intentando modelar la forma de pensar y las opciones de entretenimiento de los mexicanos, sin que el gobierno frenara con firmeza sus pretensiones.

Unos pocos años antes, la Liga de la Decencia, con vínculos con la jerarquía católica mexicana, había atosigado al entonces presidente, Manuel Ávila Camacho, para que la escultura conocida popularmente como la Diana Cazadora, fuera vestida con peculiar bikini, y de ese modo, los capitalinos no la mirasen desnuda.

La misma liga “vetó” las películas de María Victoria, de Tin Tan, ¡incluso “Blancanieves”! por considerarlas “indecentes”. Si hasta las canciones de Agustín Lara eran mal vistas por las buenas conciencias, poco extraña que el arzobispo Martínez se ofendiera por el asunto de la Academia de Letrán.

Como el gobierno del presidente Miguel Alemán prefirió hacerse el desentendido y no zanjar el asunto como correspondería a un Estado laico, dándole las gracias al religioso y olvidándose de la dichosa bendición, el pleito escaló y se convirtió en escándalo.

LA PELEA Y EL ATENTADO. Empezó el forcejeo. El señor arzobispo se puso terco: el 4 de junio declaró que no bendeciría nada mientras el pintor Rivera no borrase la que, en la prensa, era denominada “la frase atea”. Llovieron las críticas contra el artista: lo acusaron de cobarde, porque no se atrevía a proclamar su ateísmo –asunto que era de conocimiento público- y prefería escudarse en la figura de Ignacio Ramírez; afirmaron que el muralista solo pretendía hacerse publicidad. Lo llamaron mediocre, “pintamonos”, y, como escupitajo, “comunista”. Diego ensayó algunas defensas: elogió al Nigromante y sugirió que el arzobispo bendijera “solamente” el hotel y dejara que él y su mural se fuesen al infierno.

El linchamiento periodístico se generalizó. La gerencia del Hotel del Prado apenas atinó a ponerle una cortina al mural. El mismo 4 de junio, un diario, La Prensa, llamó a destruir el mural.

Esa noche, hacia las 8, mientras los clientes del flamante Salón Versalles pasaban una velada agradable –porque, finalmente, el hotel sí tenía clientela- irrumpió un grupo de estudiantes. Un par de hermanos, José y Ricardo Ludlow, se acercaron al mural: subido en los hombros de Ricardo, José borró, a martillazos, el “Dios no existe”. Luego escaparon. Uno solo de aquellos muchachos, Carlos Guerrero, sería detenido, para salir libre bajo fianza. Después se sabría que los Ludlow pertenecían a un grupo de ultraderecha conocido como “Los Conejos”.

La jornada no terminó ahí: una cena en honor del museógrafo Fernando Gamboa se convirtió en una partida solidaria a favor del mural y de la libertad de conciencia: artistas como David Alfaro Siqueiros, Clemente Orozco, José Chávez Morado, el dr. Atl, intelectuales como Arturo Arnáiz y Freg y José Revueltas, invadieron el salón, y, entre vivas a Madero (!) y al Nigromante, Diego, con un lápiz humedecido, restauró la frase. “Cuantas veces ellos borren la frase, volveremos a pintarla”, advirtió Siqueiros. Hasta una nieta del Nigromante andaba en el improvisado mitin.

Después del incidente, no se le ocurrió a la gerencia del hotel mejor cosa que cerrar el salón Versalles. Aún así, el 5 de junio, manos desconocidas volvieron a borrar la frase, y de paso, destrozaron el rostro el niño Diego Rivera, pintado en el centro del mural.

No, el pleito no acabaría ocultando la obra. Al poco tiempo, Pedro Infante grabaría una canción titulada “Dios sí existe”.

LA “CORRECCIÓN” DE DIEGO. Cubierto con un biombo que solamente se quitaba ocasionalmente, “Sueño de una tarde dominical en la Alameda” vio correr los años. En 1956, Diego Rivera, enfermo de cáncer, regresó a México. Mucho había cavilado sobre el mural y la frase atea. Tomó una decisión:

“Si el título de la conferencia [de Ignacio Ramírez] molesta, puede restaurarse la pintura y poner en el papel que sostiene el Nigromante “Conferencia en la Academia de Letrán-1836”…creo que así se respeta la verdad histórica, se eliminan pretextos y se evitan molestias”, escribió al poeta católico Carlos Pellicer.

Rivera hizo la modificación en noviembre de 1956. “Diego acepta borrar la frase atea”, cabeceó el Últimas Noticias. El muralista murió un año después.

POLVOS DE AQUELLOS LODOS. Los años pasaron. En 1961, soportado en una estructura metálica, el mural fue trasladado del Salón Versalles, al lobby del Hotel del Prado, donde permaneció hasta esa mañana del 19 de septiembre de 1985, cuando un terremoto convirtió en ruinas al famoso establecimiento. Con el desastre, desaparecieron sitios como el hotel y su vecino, el prestigiadísimo Regis, que alguna vez fueron grandes escenarios de la vida social y cultural del México de la primera mitad del siglo XX. Pero el mural, afortunadamente, salió ileso.

Se resolvió darle un nuevo espacio. Al otro lado de Avenida Juárez, en la zona que fue el estacionamiento del Hotel Regis, se le construiría un nuevo hogar.

Con enormes cuidados, y con la vigilancia de un equipo interdisciplinario, el mural fue trasladado a su nuevo emplazamiento. Cientos de personas contemplaron la maniobra, que tomó 12 horas. Una vez colocada en el nuevo sitio, se construyó, en torno a la pieza, el Museo Mural Diego Rivera, inaugurado en febrero de 1988.

Si alguien creyó que con esta operación la biografía del mural, con todo y su discreta alusión a la “frase atea” del Nigromante, quedaba concluida, se equivocaba por completo. En julio de 2009, un conjunto de escritores y artistas solicitaron al Instituto Nacional de Bellas Artes se interviniera el mural para eliminar la “corrección” pintada por Rivera en 1956 y reponer el “Dios no existe” original.

Nuevamente se armó la polémica. La crítica de arte Raquel Tibol, que muchos años antes había sido colaboradora cercana de Rivera, se opuso en redondo.  A los argumentos de los partidarios de reescribir la frase del Nigromante, deseosos de reivindicar tanto al artista del siglo XX como al político y periodista del siglo XIX, Tibol respondió subrayando que había sido el pintor quien había escrito la alusión a la célebre sesión en la Academia de Letrán y existían los testimonios de sus argumentos al respecto. Esa había sido la decisión final de Diego, y nadie tenía atribuciones para pasar por encima de ella. El INBA respondió en el mismo sentido. Nadie modificó lo que Rivera había dejado por definitivo en 1956.

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