CDMX, la regencia otra vez

Rafael Cardona

En la historia de la Ciudad de México, en los tiempos más cercanos, ha habido tres grandes gobernantes:

Ernesto P. Uruchurtu quien previsoramente prohibió la expansión inmobiliario especulativa (y fracasó); Alfonso Corona del Rosal cuya decisión y respaldo del Presidente Díaz Ordaz (en nombre de quien gobernaba) permitió el Metro de la Ciudad, y Carlos Hank González quien abrió el atrofiado sistema circulatorio, entre otras cosas.

Obviamente otros administradores (quizá llamarlos gobernantes cuando eran simples regentes sea un exceso) tienen cada uno de ellos al menos una obra importante: Sentíes el Drenaje Profundo; Martínez Domínguez la división delegacional, etc. pero las grandes transformaciones urbanas se han dado en tiempos de regencia, no de gobiernos electos “democráticamente”.

Es más (y asumo las consecuencias de la herejía), la democracia en la ciudad de México solamente ha servido para multiplicar por 16 la histórica corrupción del Departamento Central, la cual –ni en sus peores momentos-- llegó a los límites escandalosos de los delegados contemporáneos, llámense Toledo, Luna, Romero, Romo, Cuevas, Zuno Chavira o cualquier otro de cualquier partido. Y aún tenemos en el porvenir la podredumbre de las futuras alcaldías y sus concejos.

Obviamente los defensores del idealismo (no por sueño inalcanzable sino por ser simples ideas en ejercicio) defenderán eso llamado “la ciudad de los derechos”, en lo cual Macelo Ebrard fue adalid de homosexuales y demás minorías, lo cual nos llevó hasta una Constitución en la cual se confunde la ciudad con la Utopía.

Pero cuando a alguien se le viene abajo la casa por efectos de un sismo, la cantidad de derechos ni sirve para reponer los techos.

Tampoco nos ha servido la democracia para vivir con buenos pavimentos, suficiente dotación de agua barata y potable, ni mucho menos para garantizar la seguridad en las calles. Ésta es una ciudad (dijo Ramírez Vásquez) “fea, chaparra y cacariza”. Yo agregaría sucia, mal servida e insegura.

Pero todo eso se va acabar si Claudia Sheinbaum llega a la jefatura de Gobierno. No será una gobernadora; será (en sus mejores momentos) una regente (Regenta, diría “Clarín”, pues así se llama la gran novela de Leopoldo Alas), porque a estas alturas, viéndola en la conmemoración del aniversario petrolero del 18 de marzo junto a Andrés Manuel, en plena batalla “PIT II-Romo”, uno la mira tan devota, tan dependiente, tan producida por el capricho del Supremo quien le hace hasta su campaña, (eso no es de Alas, es de Roa), como para no darse cuenta de sus únicos méritos: la lealtad y la dependencia. Nada más, como ocurría con Delfina en el estado de México o con Clara Brugada en Iztapalapa por no aburrir con más ejemplos.

La señora Sheinbaum gobernará (dicen los angloparlantes) “by the book”. Con un libro, con un manual. Pero no será un manual, será un Manuel.

Así pues la capital del país se prepara para una posible involución política y democrática, consumada, vaya paradoja por quienes han hecho del método para colarse a los puestos de mando, el anatema contra el dominio presidencial.

Si Andrés llegara a la Presidencia y Claudia a la jefatura de gobierno, se regresaría —por la vía de las urnas—, a la vieja esencia constitucional por cuyo mandato (desde tiempos de Obregón), el jefe del Ejecutivo gobernaba, en automático, el Distrito Federal por medio de un empleado suyo cuya función era administrar un departamento llamado Central o del Distrito Federal, hasta la reforma de 1996.

Cuauhtémoc Cárdenas fue el primer gobernante electo por el voto popular directo y secreto y desde entonces la ciudad ha estado casi siempre en manos de un jefe de gobierno, de distinto partido del Presidente de la República.

Ni el PRI ni al PAN en el Ejecutivo tuvieron a un afín suyo en el gobierno de la ciudad. Si bien eso no favoreció la gobernanza, tampoco la impidió del todo, así Marcelo Ebrard haya jugado al infantil “no te hablo” con Felipe Calderón, para terminar juntos en la inauguración de la Línea Dorada del Metro, la cual dejó de servir, parcialmente, por meses al poco tiempo de inaugurada.

Así pues, el dominio político plenipotenciario de Andrés Manuel sobre sus militantes de Morena podría llevar a un cambio en el artículo 122:

“…El titular del Poder Ejecutivo se denominará Jefe de Gobierno de la Ciudad de México y tendrá a su cargo la administración pública de la entidad; será electo por votación universal, libre, secreta y directa, y no podrá durar en su encargo más de seis años. Quien haya ocupado la titularidad del Ejecutivo local designado o electo, en ningún caso y por ningún motivo podrá volver a ocupar ese cargo, ni con el carácter de interino, provisional, sustituto o encargado del despacho”. Y sí, no podrá ocupar el cargo nuevamente por ningún motivo, pero si lo podrá hacer por interpósita persona; como ocurriría  con Claudia, quizá sin haberlo pensado así.

rafael.cardona.sandoval@gmail.com

elcristalazouno@hotmail.com

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