La obsesión de Vladimir Putin no solamente era ganar las elecciones del pasado domingo 18 de marzo, sino obtener un porcentaje de votos mayor del que consiguió Dmitri Medvédev en 2008, o sea, 71 por ciento. Y lo logró. Ella A. Pandolfilova, presidenta de la Comisión Electoral Central, anunció que el jerarca ruso había conseguido la reelección para el periodo 2018-2024 con el apoyo del 76.7 por ciento de los electores.

La señora Pandolfilova no guardó las formas: en cadena nacional se pronunció abiertamente a favor de Putin. Dijo: “Nuestra gente siempre se une cuando las cosas andan mal”. Fue una referencia indirecta al conflicto entre Rusia y la Gran Bretaña derivado del envenenamiento del exespía soviético Sergei V. Skripal y su hija Yulia en la localidad de Salisbury con una sustancia neurotóxica conocida como Novichok que sólo se produce en Rusia.

El portavoz de la campaña de Putin, Andrei ­Kondrashov, fue más explícito al afirmar: “Gracias a Gran Bretaña han asegurado un nivel de participación que no esperábamos alcanzar ni nosotros mismos.” (Neil MacFarquhar, “Russia Credits the West for Putin’s Big Victory”, The New York Times, 19-III-2018) Por supuesto, el sentimiento nacionalista fue explotado por los medios de comunicación controlados por Putin para así exacerbar el sentimiento nacionalista en una confrontación con Occidente.

Uno de los factores que animaron ese nacionalismo fue la anexión de Crimea y Sebastopol, en marzo de 2014, tras atizar el conflicto con Ucrania. Esa anexión fue tomada como una venganza y una reivindicación histórica desde que el imperio ruso fuera derrotado por el imperio otomano en el conflicto que se conoce precisamente como la Guerra de Crimea (1853-1856). Por ese camino nacionalista va la intervención en la guerra de Siria y la intromisión en las elecciones norteamericanas y de otros países, mostrando su ciberpoder.

Pero debemos resaltar que estas elecciones estuvieron lejos de ser democráticas. Al verdadero competidor, Alexéi Navalni, lo dejaron fuera. Así las cosas, en esta ocasión el segundo candidato más votado fue el comunista Pável Grudinin, que alcanzó el 11.8 por ciento de los votos, seguido por el ultranacionalista Vladimir Zhirinovski con el 5.6 por ciento, la única mujer que participó en la competencia fue Ksenia Sobchak quien logró el 1.67 por ciento, en tanto que el líder liberal Grigori Yavlinski consiguió el respaldo de apenas el 1.04 por ciento de los electores (Pilar Bonet, “Putin vence con el 76 % de los votos en unas elecciones a su medida”, El País, 19-III-2018).

La maquinaria de propaganda del Kremlin se puso a trabajar para hacer énfasis en que esos resultados eran, efectivamente, una advertencia para Occidente: Rusia no puede ser intimidada ni amenazada. La editora principal del órgano de difusión oficial, Russia Today, Margarita Simonyan, escribió en Twitter: “Antes Putin simplemente era nuestro presidente y podía ser cambiado; pero ahora es nuestro vozhd, y no permitiremos que sea cambiado. Y tú, ciudadano común y corriente, lo hiciste posible.” Hay que explicar el sentido de este mensaje: vozhd es una antigua palabra rusa para designar al jefe; pero no cualquier jefe. Fue aplicada para designar a gobernantes como Lenin y Stalin. Así es que ya sabemos por dónde van las aspiraciones de poder que se están fraguando en la Federación rusa: la reivindicación del poderío de los zares y de los mandamases soviéticos.

La apuesta es revivir a la Rusia imperial. Hacer de ella una potencia que rivalice con las naciones que compiten por el control de esta atribulada globalización, aun a costa de una economía estancada. Hacer alarde de fuerza en el exterior, incluso cuando las cosas no van bien en el interior. Konstantin Gaaze del Carnagie Moscow Center dijo que es la reedición del modelo soviético: “Vender más petróleo y proveer más dinero a la investigación y al desarrollo. Ambos esquemas fueron probados en la última economía soviética y ambos fracasaron.” (Neil MacFarquhar op.cit.).

Ciertamente, en comparación con las duras condiciones que los rusos tuvieron que afrontar en los años noventa, las modestas condiciones económicas que Putin les ofrece son mejores. Sin embargo, en el festejo que se desató en las calles después de darse a conocer el resultado de las elecciones, los conductores entrevistaban a personas al azar; una de ellas dijo una verdad contundente: “Putin, la gente te pide que hagas con la economía lo mismo que hiciste con el ejército.”

Vale la pena traer a colación lo dicho por uno de los grandes analistas de la política internacional de nuestro tiempo, Joseph Nye, de la Universidad de Harvard. Él fue quien acuñó los términos soft power (poder blando) y hard power (poder duro) para distinguir el uso persuasivo (películas y música) del recurso a la fuerza (la amenaza militar) en política exterior para lograr la consolidación del poderío americano. Pues bien, basado en el término acuñado por Christopher Walker y Jessica Ludwig, hoy tenemos que China y Rusia (países con regímenes autoritarios) están utilizando el sharp power (poder punzante y astuto) para expandir su influencia en el mundo.

Esos mecanismos son la mayor amenaza contra la democracia internacional en la actualidad. El desafío es reconocer su manera de operar y neutralizarlos.


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@jfsantillan

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