Los demonios del 23 de marzo

Juan Manuel Asai

Los demonios andan sueltos y han triunfado”. Mario Ruiz Massieu eligió esta frase para describir los asesinatos políticos de su hermano y de Luis Donaldo Colosio, éste último ocurrido el 23 de marzo de 1994 en Lomas Taurinas, una colonia marginal de Tijuana, Baja California.  Ese mismo año, como se recordará, en el mes de septiembre y en otro alarde demoniaco, José Francisco Ruiz Massieu fue ejecutado en una zona exclusiva de la Ciudad de México. No se ha logrado establecer un vínculo entre los dos asesinatos, salvo que ambos ocurrieron en un clima enrarecido de crispación política, semejante el actual por cierto.

Colosio era candidato presidencial del PRI en el tiempo del partido hegemónico, casi único. Su triunfo en las elecciones era un hecho. Todavía circula en las redes un video con imágenes de los momentos previos a los disparos que le quitaron la vida.

Esa tarde el sol caía a plomo. El candidato vestía una chamarra color hueso y una camisa azul. Tenía confeti en el pelo crespo. En aquel entonces el confeti era un elemento obligado en los mítines políticos. En el video se ve que Colosio baja del templete y comienza a caminar entre la multitud. Impera el caos. Hay empujones, gritos y saludos. Colosio a veces tropieza. A primera vista parecería que el equipo de seguridad dejó al candidato a su suerte. Después se supo que entre la multitud había policías e incluso un puñado de elementos del Estado Mayor Presidencial que, sobra decir, fallaron.

El candidato, se ve en el video, avanza con dificultad. En el sonido local se escucha, a todo volumen, la canción de “La Culebra” que muerde los pies. De pronto, entre la aglomeración, una mano se extiende, es la de Mario Aburto quien descansa un revolver Taurus calibre 38 de fabricación brasileña en la sien derecha del candidato. Dispara. Sobrevine una terrible confusión. Aburto dispara otra vez a pesar de tener a la gente encima. El segundo tiro impactó en el abdomen del candidato. Luis Donaldo salió de Lomas Taurinas con vida, pero sin ninguna oportunidad.

El caos del mitin se contagió, como un virus letal, a la investigación del asesinato. A pesar que el asesino material fue detenido con la pistola en la mano en el lugar de los hechos, las investigaciones comenzaron un periplo casi surrealista que pasó por toda suerte de hipótesis. La primera tesis esgrimida por la autoridad fue la del tirador solitario. Pasó a la de una acción concertada. De ahí a la de un segundo tirador, para regresar, años después, a la del tirador solitario. La suspicacia se impuso. Todavía hay gente que asegura que el Mario Aburto que está cumpliendo una condena de 42 años de prisión no es el mismo que disparó contra el candidato.

Los noticieros difundieron en aquellos años una y otra vez el video para tratar de comprender lo que se les ocurría a las autoridades. Hubo por lo menos cuatro fiscales. Los cito de memoria: Miguel Montes, Olga Islas, el inefable Pablo Chapa, cuya imaginación no tenía límites y Luis Raúl González Pérez, que todavía anda por ahí y que fue ombudsman nacional.

Ninguno de los fiscales dio con un móvil creíble, de sentido común. Acaso porque no lo hubo. Tal vez fue un momento de locura de Mario Aburto, entonces de apenas 22 años, y que había pasado casi toda su vida del otro lado de la frontera, en California, y que ese día se levantó con ganas de matar a Colosio para ser famoso o algo así. Los demonios andan sueltos. Tomen precauciones.


jasaicamacho@yahoo.com
@soycamachojuan

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