Género, formación profesional y desigualdad - Ulises Lara López | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 22 de Marzo, 2018
Género, formación  profesional y desigualdad | La Crónica de Hoy

Género, formación profesional y desigualdad

Ulises Lara López

Vivimos una coyuntura social en la que después de siglos, se han visibilizado las diferentes formas de violencia de género que viven en su mayoría las mujeres del planeta. A principios del siglo pasado la lucha de mujeres alrededor del mundo por el reconocimiento de sus derechos políticos, en particular, el derecho a votar y ser elegidas tardó décadas en establecerse primero en los países industrializados y tiempo después en los países en vías de desarrollo. Hace cincuenta años en el marco de los movimientos estudiantiles de Francia, Estados Unidos y México las mujeres tuvieron un papel protagónico en las asambleas, en la propaganda, en las calles, en general en la defensa de la educación y contra el autoritarismo gubernamental.

El movimiento feminista cobró fuerza en la siguiente década y puso al centro del debate la existencia de una violencia estructural que se expresaba en todos los ámbitos de la vida privada y social en la que se segregaba a las mujeres a los roles que la cultura patriarcal le tenían asignados: el cuidado de la familia y la subordinación a los hombres en sus gustos y deseos.

Al pasar el tiempo la lucha feminista se transformó y vínculo a otras causas, los movimientos sociales más representativos de los 80 y 90 tuvieron a mujeres como principales actores, en defensa de los derechos humanos, en contra de la carestía de la vida, por vivienda digna y la protección de las reservas naturales.

Pero la cultura patriarcal no se empezó a fracturar desde la política y la lucha social sino desde la economía. En la década perdida miles de empleos formales desaparecieron, en su mayor parte fueron hombres quienes quedaron sin trabajo y las mujeres irrumpieron en masa en las dinámicas neoliberales de trabajo que antes las habían desplazado, dando paso a la oportunidad para las empresas de tener mano de obra barata. La migración hacia los Estados Unidos dejó a millares de mujeres como jefas de familia y se lanzaron al mercado informal, prácticamente la única oferta de ingresos, con lo que empezaron a sustituir a los hombres en diversas labores que antes les estaban vetadas.

Sin embargo, este desplazamiento en las tareas no llegó con una cultura de reconocimiento a su dignidad humana, poco a poco inició la transición cultural en diferentes sectores poblacionales y la avanzada la encabezaron quienes habían recibido instrucción pública en el nivel medio superior o superior. Paulatinamente los roles fueron cambiando y la Ciudad de México fue la primera en tener nuevas prácticas que reconocían la corresponsabilidad en el cuidado de los hijos o en buscar medios alternos de solución de conflictos. En el sector público se adoptaron medidas de inclusión o discriminación positiva para reconocer que debería haber equidad entre los géneros. Pero no se transformaron las cosas de manera homogénea en toda la ciudad, mucho menos en todo al país.

Hoy contamos con avances en materia legal que van desde la tipificación del delito de feminicidio hasta la paridad de géneros en los cargos de elección popular, desde protocolos para evitar y castigar la violencia hasta medidas para evitar prácticas y lenguajes que lastimen la dignidad de las personas por su condición de género.

Pero también es evidente que la equidad en el trato no lo hemos alcanzado, que al parecer las medidas adoptadas no han sido suficientes. Si la cultura patriarcal tuvo fisuras con la incorporación de las mujeres al mundo de las decisiones económicas, desde el empleo hasta la legítima aspiración de cargos directivos, también es cierto que el habitus se ha mantenido y ha encontrado formas para mimetizarse.

Sigue habiendo maltrato cuando de acuerdo a estudios del Coneval las mujeres ganan 9% menos salario que los hombres con igual nivel educativo y esta diferencia se profundiza hasta un 20% de diferencia en el sector más pobre de la población. Lo anterior sin contar que trabajan más horas que los hombres en actividades domésticas y en el cuidado de otros. Pero la situación no es privativa de México, según la OIT la brecha de género en cuanto a trabajo e ingresos es uno de los mayores desafíos que afronta la comunidad mundial, desde las regiones como Asia meridional, los estados árabes y África en donde la brecha es superior al 50%, pasando por los países de desarrollo intermedio que van del 16 al 30% hasta en los países desarrollados donde se puede ir de los 6.5 al 12% de diferencia entre los ingresos de mujeres y hombres.

Ahora bien, sabemos que la educación es un factor sustantivo para el desarrollo humano de las personas. Según el Coneval el rezago educativo disminuyó de 2010 a 2016 entre jefes y jefas de familia, pero siguen siendo las mujeres las que concentran en números absolutos, un rezago mayor.

No obstante lo anterior, tenemos sucesivas generaciones de mujeres que se han venido matriculando en el nivel superior en todo el país. Con base en datos de la SEP se reconoce a 3’762,679 alumnos en licenciatura y posgrados de los cuales el 49.54% son mujeres y el 50.45% son hombres. En el posgrado están inscritos 238,872, siendo el 52% mujeres, es decir, cuatro puntos arriba respecto a los hombres.  Si tomamos como caso de análisis a la UNAM la matricula total es de 331,121 alumnos, 49.2% mujeres y 50.7% hombres, lo cual es una paridad real de géneros. Ahora bien, si nos remitimos a las licenciaturas encontraremos diferencias notables entre los grupos en sus preferencias profesionales que pueden estar relacionados con diversos factores, entre ellos una visión persistente sobre el tipo de carreras que son preferentemente para uno u otro género, por ejemplo: en Ingeniería civil el 82% son hombres y en Pedagogía (85%), en Psicología (77%) y Trabajo Social (77%) son mayoritariamente mujeres. Pero también existen nuevas tendencias que vale la pena observar en carreras que mantenían una presencia mayoritaria de hombres como Medicina, Derecho y Veterinaria donde desde 2010 las mujeres representan dos tercios de la matrícula (65%, 60% y 64%, respectivamente). En otras es la paridad la qué las distingue: Actuaría, Química, Ciencias Políticas y Sociología donde oscilan ambos géneros entre el 45 y 48% del alumnado. En suma, es una comunidad plural, heterogénea, creativa, inteligente y con una enorme vocación de servicio.

Los recientes y lamentables incidentes en la Escuela Nacional de Trabajo Social a los que se suman las denuncias de acoso, violencia y expresiones discriminatorias de profesores universitarios se refuerzan con desapariciones de alumnas y feminicidios en el campus universitario y nos dan una imagen clara de una conflictiva mayor de la cual la universidad nacional forma parte. Como siempre la UNAM es la caja de resonancia de la sociedad y su conciencia crítica de donde pueden surgir propuestas. Debemos ser conscientes que son muchos años de agravios para unas y ventajas para otros. Estamos en la oportunidad de modificar y hacer posible un cambio cultural en el que logremos la equidad de género y hagamos empatía entre nuestras necesidades, derechos e intereses. Es el momento de hacer de la política el arte de construir acuerdos y de la transformación de los conflictos una nueva cultura de convivencia. Si lo logra la UNAM, es replicable para el resto de la ciudad y del país.

 

 

 

 

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