Nacional

Migraciones en México. La japonesa, de las más antiguas

Las buenas relaciones con Japón, entabladas en el porfiriato, le abrieron la puerta a las migraciones

“Tenían herramientas para ascender y las aprovecharon”: Sergio Hernández

Las migraciones japonesas son, quizá, de las más antiguas en México. Su presencia puede documentarse, aunque fragmentariamente, desde hace cuatro siglos. Con interrupciones, altibajos y crisis, lograron echar raíces y adaptarse a nuestro país. Su presencia, sólida y amplia, se nutre, hoy día, en dos grandes vetas: una, la de la memoria y el legado que los nikkei (descendientes de japoneses) mexicanos conservan. La otra, consecuencia de la globalidad, hace a la cultura japonesa, objeto de deseo en este y en muchos otros países.

Estudioso acreditado en el tema, Sergio Hernández Galindo, investigador de la Dirección de Estudios Históricos del INAH, explica a Crónica los momentos en que los japoneses se han establecido en nuestro país. Los primeros, sin nombre, sin detalles, aparecen hace siglos.

“Hay una primera oleada ­migratoria que viene con los barcos de la Nao de China, y hubo japoneses que se quedaron”, explica el investigador. “Datos de que hubo japoneses que fueron esclavizados en Filipinas y luego transportados a América; es muy probable que hubiera migrantes de otro ­tipo ”. Una vez más, son datos que no permiten hablar de una comunidad en forma. Pero ya hay indicios, fruto de investigaciones, que permiten ubicar comunidades japonesas en la Nueva España del siglo XVII.

“Se descubrió en Guadalajara la existencia de un grupo de japoneses en el siglo XVII, y se les identificó porque el sello que tenían era un kanji (nombre de los caracteres japoneses).  Era una comunidad que provenía de la llamada “­misión Hasekura”. Sin embargo, ese grupo, que se dispersó por la Nueva España, no tuvo continuidad; esa migración se cerró en sí misma porque Japón se cerró y sólo a fines del siglo XIX,  en 1888, se reanudaron las relaciones con México, y ­comienzan a llegar japoneses”.

La primera migración japonesa de ese nuevo momento, históricamente reconocida, señala Hernández Galindo, se dio en 1897 y era más bien pequeña. Se trataba de un grupo de 35 migrantes que venían a crear una finca cafetalera en la población de Ayacoyagua, en el estado de Chiapas. 

NUEVOS HOGARES. “En 1853, Japón fue obligado por Estados Unidos a abrirse al mundo”, narra Sergio Hernández. “Desapareció el imperio shogunal y se instaura un ­régimen con un emperador y se vuelve el régimen Meiji. ­Japón, entonces, entró en una era de ­modernización e industrialización: se convirtió en una potencia, en un gran imperio colonial cuya fuerza llegó hasta los años de la ­Segunda ­Guerra Mundial”.

 “Porfirio Díaz tenía un gran interés en Japón”, estima Hernández Galindo.  “Esto es un tema que no se ha estudiado lo suficiente.  Hoy, con los hallazgos de algunos investigadores, hemos podido descubrir que hubo una relación estrecha y hasta profunda. El interés es ­comercial, pero también Japón busca establecer vínculos diplomáticos. Se firmó un Tratado de Amistad, Comercio y Navegación entre ambos países, y México fue el primero en entablar relaciones con Japón en términos de igualdad, y eso marca la relación”.

Según el investigador,  Díaz jugó muy bien sus cartas, porque deseaba diversificar sus relaciones comerciales y diplomáticas y que México no dependiese únicamente de Gran Bretaña y Estados Unidos. En las fiestas del Centenario de 1910, Díaz invita a Japón con tantas deferencias, que Estados Unidos se ­enceló: veía a los japoneses en México como un factor de inquietud, y el Departamento de Guerra le pide al gobierno mexicano que ­vigile a esa delegación.  A Washington le preocupaba no solamente la ­relación México-Japón, sino las migraciones.”

LOS JAPONESES EN MÉXICO. Como a tantas otras comunidades, las restricciones migratorias de ­Estados Unidos en las primeras décadas del siglo XX, empujaron a los japoneses a mirar hacia otros ­sitios. La imposibilidad de ­ganar mejores salarios entrando a la Unión Americana, llevó a la migración japonesa hacia Brasil, a ­Perú, a ­Argentina, a México.

“Hasta antes de la Segunda Guerra Mundial, las migraciones japonesas más fuertes se dieron hacia Brasil. En su territorio se formó una comunidad de más de 100 mil personas; en segundo lugar, llegaron a Perú. Allí se establecieron unos 20 mil migrantes. En México se registran, oficialmente, 6 mil, aunque sabemos que hay más, unos 14 mil yendo y viniendo de Estados Unidos. En Argentina llegaron otros tantos. Hasta antes de la ­guerra, vivían en la Unión Americana unos 120 mil japoneses y varias decenas de miles en Canadá: son un flujo migratorio muy importante”, narra el investigador.

¿Quiénes eran? “Era gente pobre, en general. Eran agricultores, pescadores en Ensenada, mineros, pizcadores de algodón en Mexicali; están en Veracruz, en San Luis Potosí. Aunque humildes, son trabajadores alfabetizados, a diferencia de muchos mexicanos. Eso es vital para comprender por qué la migración japonesa pudo prosperar. Venían de un país donde la educación ya era obligatoria; tenían herramientas para ascender. ­De ­mineros, se convierten en jardineros, camilleros, asistentes de ­hospital. Pancho Villa tendrá un cocinero japonés y a Nonaka, un enfermero japonés; distinguía perfectamente a los japoneses de los chinos, a los que persiguió”.

HACERSE MEXICANOS. Así, los migrantes japoneses pudieron quedarse y progresar. “Pusieron heladerías, papelerías y vendían alimentos. La mayoría de ellos lograron dejar su condición de asalariados y emprender sus propios negocios por sus habilidades y uno de sus rasgos distintivos: su gran capacidad de ahorro. Tienen otra constante: educar a sus hijos”, refiere Hernández Galindo. “A partir de la tercera década del siglo XX, no sólo tienen pequeños negocios, también han ascendido en la escala social de un país mayoritariamente analfabeto. En ese sentido, es una migración exitosa. Esa imagen del japonés trabajador, ahorrativo, disciplinado, es completamente cierta: montan pequeños negocios que nunca cierran; trabajan sábados y domingos y tienen la idea de que sus hijos estudien y se superen”.

Como toda migración, explica el investigador del INAH, los japoneses en México tenían la expectativa de prosperar y volver a su país de origen. Pero por pequeñas y grandes dificultades, “se van quedando, y el estallido de la Segunda Guerra Mundial cancela sus expectativas de regresar, porque el gobierno estadunidense le pide al gobierno mexicano que los aleje de las fronteras. Así, los mueven: a los pescadores los sacan de Ensenada, a los algodoneros los sacan de Mexicali, y los concentran en dos ciudades, México y Guadalajara.  Estados Unidos mete en campos de concentración de corte militar a los 120 mil japoneses que están allá y le piden una medida similar a México. Nuestro país se negó a enviar a Estados Unidos a los líderes de las comunidades japonesas, como se lo habían pedido. Otros países sí lo hicieron. ¿Qué si hizo México? Alejarlos de las fronteras y los hizo reportarse periódicamente ante la Dirección de Investigaciones Políticas y Sociales de la Secretaría de Gobernación, pero siguen trabajando de manera libre en lo que pueden. Eso hizo que las comunidades se concentren y se unan. Entonces empezaron a abrir escuelas para sus hijos, y al concentrarse en las ciudades, tuvieron acceso a la educación superior”.

LAS GENERACIONES RECIENTES. La educación se volvió uno de los rasgos distintivos de los japoneses mexicanos. “Hay que ver a los personajes relevantes de la primera generación nacida en ­México”, señala Sergio Hernández Galindo. “ya son  personas con estudios profesionales, como el empresario Carlos Kasuga o el médico y funcionario público Jesús Kumate, y hay dentistas, médicos y mucho más”.

La coyuntura de esta guerra mundial es detonador de la pujanza de la comunidad japonesa mexicana. “Son niños que estudian y ascienden en una etapa expansiva de la economía mexicana y en la que se necesitan profesionales”.

La derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial canceló el regreso de muchos migrantes y, al contrario, los japoneses mexicanos enviaron recursos a sus familiares y los alentaron a que vengan a nuestro país. Al reanudarse las  relaciones con Japón, en 1951, se abrieron las puertas a nuevas oleadas de migrantes. “Los jóvenes que llegaron en los 50 y 60, son muy distintos a los primeros migrantes. Son muy preparados, técnicos o universitarios; por alguna razón tienen dificultades en su país y buscan otro hogar. En los años 70, la migración cambiará: se trata de jóvenes que buscan salir de Japón y tienen interés en México y América Latina y vienen a especializarse en algunos campos de conocimiento”.

LA MAREA DE LA GLOBALIDAD. El boom de la economía japonesa, a fines de los años 50 del siglo pasado, transformó a los migrantes. Empezaron a llegar a México empresas como Nissan y numerosas subcontratistas; productores de relojes, como Citizen o productores de juguetes o de equipo fotográfico. Incluso, se hacen agentes de esas empresas en México. Después vendrán las grandes empresas como Mitsubishi.

“Los nisei (segunda generación) y los sansei (tercera generación) ya están perfectamente adaptados a la cultura mexicana. Casados, las más de las veces, con japonesas nacidas en México, tienen ya su vida establecida aquí. Todos “cristianizaron” sus nombres y se hicieron católicos. No hay conflicto entre el catolicismo y el sintoísmo. Eso habla de una adaptación muy pragmática, que echó raíces y absorbió otras culturas sin perder su esencia, por eso están totalmente integrados a México”.

Así surgieron las primeras comunidades

La ruta marítima que se estableció entre las Filipinas y el puerto de Acapulco fue decisiva para que llegara, hace 4 siglos, la primera misión diplomá­tico-comercial de origen japonés. En ese contingente, conocido como la misión Hasekura, está el germen de las primeras comunidades japonesas que se asentaron en lo que después se convertiría en México.

¿QUIÉN ERA TSUNENAGA? Después de un viaje de tres meses, en enero de 1614, llegó a las costas de la Nueva España una embajada encabezada por un samurái llamado Hasekura Tsunenaga. Con él venía un contingente de 180 personas y dos españoles: fray Luis de Sotelo, y un explorador llamado Sebastián Vizcaíno.

Eran enviados de Masamune Date, un señor feudal de la región de Sendai. En su nombre, Hasekura debía establecer vínculos comerciales con la Nueva España, y después, dirigirse a Europa, hacia Roma, encontrarse con el Papa y manifestarle su voluntad de cristianizar las tierras en las que mandaba Masamune Date, para lo cual deseaba que el ­pontífice enviase misioneros a evangelizar.

Gobernaba en la Nueva España Diego Fernández de Córdoba, marqués de Guadalcázar. Se sabe que recibió con grandes festejos a la misión Hasekura, que pasó por diversas ciudades en su camino a la ciudad de México.

Los viajeros, de aspecto impresionante, se quedaron varios meses en la ciudad de México, alojados en el enorme convento de San Francisco, que se encontraba donde hoy está la Torre Latinoamericana. En el templo del ­mismo nombre —que todavía existe— fueron bautizados 68 de los 80 japoneses que acompañaban a Hasekura.

Seis meses después de su llegada a la Nueva España, la misión partió hacia Veracruz para embarcarse rumbo a España. Los enviados de  Masamune Date pasaron por ciudades como Puebla y Cuernavaca. Por razones aún no conocidas, la misión Hasekura se dispersó. De aquellas 180 personas que desembarcaron en Acapulco, un contingente quedó en el puerto, y los que iban con el diplomático samurái fueron quedándose o muriendo —circunstancia que no era rara en viajes de tal extensión y duración— en el camino. Solamente una veintena acompañaba al embajador a la hora de partir hacia Europa.

Pasaron por La Habana y llegaron a Sevilla. Se trasladaron a Madrid, donde los recibió Felipe III. En esa ciudad, en febrero de 1615, Hasekura fue bautizado, para demostrar el real interés que su señor tenía en la evangelización de sus dominios. Tomó el nombre de Felipe Francisco de Faxicura. Cristianizado, Hasekura y sus acompañantes marcharon a Roma, donde los recibió el papa Paulo V.

Aunque Hasekura cumplió con la encomienda, pocos fueron sus resultados concretos. Como representaba a un señor feudal y no al gobierno central japonés, tanto el Papa como el rey de España miraron sus peticiones con reservas y no concretaron nada.

Hasekura retornó a América, después de 2 años de estancia para volver a Oriente. Se embarcó hacia las Filipinas en 1618, donde aguardaría la respuesta definitiva de España respecto a sus propuestas comerciales, respuesta que nunca llegaría.

Para cuando Hasekura regresó al Oriente, muchas cosas habían cambiado. Japón había perdido interés en la evangelización. De hecho, el cristianismo estaba prohibido. Hasekura volvió a su ­patria hasta 1620, después de abjurar de la fe católica.

 De aquellos 20 que lo acompañaron en el viaje de ida a Europa, una decena prefirió quedarse en España y asentarse en la localidad de Coria del Río, a pocos kilómetros de Sevilla. De ese núcleo, ­nació en España el apellido Japón.

Hay elementos para pensar que, además de quedarse en la Nueva España, algunos integrantes de la misión Hasekura se quedaron en Cuba e incluso en ­Francia y en Italia. En el caso mexicano, la historia de aquellos japoneses que resolvieron hacer su vida aquí, apenas se está redescubriendo.

SAMURÁI EN CATEDRAL GDL. No hay duda de que el establecimiento de la ruta marítima entre la Nueva España y el Oriente propició un flujo migratorio importante de filipinos, chinos y japoneses. Pero la mayor parte de esa presencia se pierde, a falta de elementos para identificarlos y determinar dónde y con quiénes formaron una familia. Por eso, la misión Hasekura tiene un doble valor: por un lado, significa el inicio de relaciones diplomáticas y comerciales entre Japón y nuestro país, y por otro, las huellas de algunos de sus integrantes permiten encontrar el origen de las primeras comunidades japonesas en estas tierras.

Hace treinta años, un historiador francés, Thomas de Calvo, consignó la existencia de dos japoneses en la Guadalajara del siglo XVII. El hallazgo suscitó el interés del  exembajador japonés en México, Eikichi Hayashiya quien hizo indagatorias en Japón acerca de esos personajes. La firma de uno de ellos, que estaba en caracteres japoneses en un documento del Archivo de Instrumentos Públicos de Jalisco permitió identificar al personaje: un samurái llamado Fukuchi Somoemon, que al hispanizar su nombre se convirtió en Luis de Encío, quien, muy probablemente, llegó a la Nueva España en la misión Hasekura.

El contacto entre el diplomático Hayashiya y la investigadora de la Universidad de Guadalajara, Melba Falck, permitieron abundar en la existencia de un núcleo de japoneses cristianizados que vivieron en la capital de Jalisco en el siglo XVII.  Falck, junto con el historiador ­Héctor Palacios, han podido seguir la pista de Luis de Encío, personaje dedicado al comercio y bien conocido en la capital de la Nueva Galicia. De Encío, casado con una indígena, tuvo una hija que se unió con otro japonés cuyo nombre cristianizado fue Juan de Páez, y que era natural de Osaka.

Páez llegaría a ser mayordomo de la Catedral de Guadalajara. Fue lo que hoy llamaríamos un “hombre de negocios” que prestaba servicios de administrador, prestamista y albacea. Llegó a ser, sorprendentemente, un personaje admitido por lo mejor de la sociedad tapatía. En sus papeles aparecen los nombres cristianos de otros hombres “de nación Japón”, lo cual habla de una comunidad japonesa completamente adaptada y aceptada en la Nueva España. A sus muertes, tanto Páez como su suegro de Encío fueron sepultados en la catedral de Guadalajara.

Todas estas historias, que se remontan 404 años atrás, hablan de la configuración de una pequeña comunidad japonesa que se hizo novohispana y después se mexicanizaría. Aún falta encontrar a los otros integrantes de la misión Hasekura que decidieron hacer sus ­vidas aquí.

Un diplomático japonés en la decena trágica

La noche del 9 de febrero de 1913, el diplomático japonés Horiguchi Kumaichi durmió en un sofá de la embajada nipona en México, que se encontraba en las calles de Orizaba, en la colonia Roma. Había cedido su recámara, la principal de la casa, a los padres del presidente Francisco I. Madero, quienes, al atardecer de aquel día, se habían acogido a la protección de la sede diplomática, inquietos y atemorizados por los riesgos que corrían a causa del cuartelazo que, en las primeras horas de aquella jornada, había intentado derrocar el Gobierno. Con los padres de Madero iban dos de sus hijas, con sus niños y sus asistentes y la servidumbre. Al grupo se unió Sara Pérez, la esposa del mandatario.

De golpe, la embajada japonesa tuvo que alojar a más de 30 personas. Horiguchi recurrió a la comunidad asentada en la ciudad de México, que, no sólo le proveyó de camas y enseres, sino que se quedaron en la casa, durmiendo donde pudieron acomodarse, lo mismo en una mesa de billar que dentro de los autos, pues todos ellos asumieron como un compromiso proteger a aquellos mexicanos.

A Horiguchi lo movían dos grandes impulsos: por un lado, la amistad que unía a Sara Pérez y a Suchina, su esposa de nacionalidad belga. Por otro lado, la excelente relación entre México y Japón, fortalecida por tratados de amistad en tiempos de Porfirio Díaz y que no había menguado con la revolución maderista y el consecuente cambio de régimen. El diplomático le prometió a Sara Pérez que ayudaría al presidente Madero en todo lo posible.

Los japoneses establecidos en México se unieron para ayudar al embajador: se disputaban la arriesgada misión de ir en busca de alimentos, o para llevar textos telegráficos a la Oficina del Cable, en la calle Cinco de Mayo, para informar a Tokio de los sucesos en México. Así, la comunidad se convirtió en guardiana de la embajada, pues corrió el rumor de que, por asilar a la familia Madero, sería asaltada por los golpistas. El 15 de febrero, Horguchi y más de 20 japoneses, armados con pistolas, rifles y katanas, montaron guardia toda la noche, esperando un ataque que nunca se produjo. El gesto le valdría al embajador un sobrenombre: El diplomático samurai.

Aquellos oscuros días corrieron con rapidez. Desde la azotea de la embajada, la familia Madero miró una enorme columna de humo negro elevarse a unas pocas cuadras: era la casa familiar, en la vecina colonia Juárez, incendiada por “enemigos” del presidente. Una tradición oral ubica a Sara Pérez parada en la esquina de Berlín y Liverpool, en shock al ver arder la casa de sus suegros. Esa misma tradición afirma que al advertir su presencia, los atacantes de la casa se lanzaron contra ella, y Horiguchi la protegió, envolviéndola en una bandera japonesa.

Horiguchi, poniendo por delante las excelentes relaciones, explicó a Victoriano Huerta, quien ya se había apoderado de la presidencia de la república, sus razones para proteger a la familia Madero, como lo hubiera hecho con cualquier mexicano que lo solicitase. Incluso pudo ver al expresidente derrocado, ­preso en la intendencia de Palacio Nacional. Le tocaría, pocos días después, una triste misión: solicitar, junto con otros embajadores, la entrega de los cadáveres de Francisco Madero y José María Pino Suárez, asesinados la noche del 22 de febrero. Horiguchi anotó en su diario la causa de la muerte del presidente: dos balazos en la parte posterior del cráneo.

Horiguchi acompañó a la familia Madero en un viaje por tren hasta el puerto de Veracruz. Allí, no se separó de ellos, extendiendo su protección hasta que todos estuvieron a bordo de un barco que los sacó de México. Dos meses después, el diplomático, que estaba aquí desde 1909, recibió la orden de abandonar nuestro país.

 

Imprimir