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Así surgieron las primeras comunidades

La ruta marítima que se estableció entre las Filipinas y el puerto de Acapulco fue decisiva para que llegara, hace 4 siglos, la primera misión diplomá­tico-comercial de origen japonés. En ese contingente, conocido como la misión Hasekura, está el germen de las primeras comunidades japonesas que se asentaron en lo que después se convertiría en México.

¿QUIÉN ERA TSUNENAGA? Después de un viaje de tres meses, en enero de 1614, llegó a las costas de la Nueva España una embajada encabezada por un samurái llamado Hasekura Tsunenaga. Con él venía un contingente de 180 personas y dos españoles: fray Luis de Sotelo, y un explorador llamado Sebastián Vizcaíno.

Eran enviados de Masamune Date, un señor feudal de la región de Sendai. En su nombre, Hasekura debía establecer vínculos comerciales con la Nueva España, y después, dirigirse a Europa, hacia Roma, encontrarse con el Papa y manifestarle su voluntad de cristianizar las tierras en las que mandaba Masamune Date, para lo cual deseaba que el ­pontífice enviase misioneros a evangelizar.

Gobernaba en la Nueva España Diego Fernández de Córdoba, marqués de Guadalcázar. Se sabe que recibió con grandes festejos a la misión Hasekura, que pasó por diversas ciudades en su camino a la ciudad de México.

Los viajeros, de aspecto impresionante, se quedaron varios meses en la ciudad de México, alojados en el enorme convento de San Francisco, que se encontraba donde hoy está la Torre Latinoamericana. En el templo del ­mismo nombre —que todavía existe— fueron bautizados 68 de los 80 japoneses que acompañaban a Hasekura.

Seis meses después de su llegada a la Nueva España, la misión partió hacia Veracruz para embarcarse rumbo a España. Los enviados de  Masamune Date pasaron por ciudades como Puebla y Cuernavaca. Por razones aún no conocidas, la misión Hasekura se dispersó. De aquellas 180 personas que desembarcaron en Acapulco, un contingente quedó en el puerto, y los que iban con el diplomático samurái fueron quedándose o muriendo —circunstancia que no era rara en viajes de tal extensión y duración— en el camino. Solamente una veintena acompañaba al embajador a la hora de partir hacia Europa.

Pasaron por La Habana y llegaron a Sevilla. Se trasladaron a Madrid, donde los recibió Felipe III. En esa ciudad, en febrero de 1615, Hasekura fue bautizado, para demostrar el real interés que su señor tenía en la evangelización de sus dominios. Tomó el nombre de Felipe Francisco de Faxicura. Cristianizado, Hasekura y sus acompañantes marcharon a Roma, donde los recibió el papa Paulo V.

Aunque Hasekura cumplió con la encomienda, pocos fueron sus resultados concretos. Como representaba a un señor feudal y no al gobierno central japonés, tanto el Papa como el rey de España miraron sus peticiones con reservas y no concretaron nada.

Hasekura retornó a América, después de 2 años de estancia para volver a Oriente. Se embarcó hacia las Filipinas en 1618, donde aguardaría la respuesta definitiva de España respecto a sus propuestas comerciales, respuesta que nunca llegaría.

Para cuando Hasekura regresó al Oriente, muchas cosas habían cambiado. Japón había perdido interés en la evangelización. De hecho, el cristianismo estaba prohibido. Hasekura volvió a su ­patria hasta 1620, después de abjurar de la fe católica.

 De aquellos 20 que lo acompañaron en el viaje de ida a Europa, una decena prefirió quedarse en España y asentarse en la localidad de Coria del Río, a pocos kilómetros de Sevilla. De ese núcleo, ­nació en España el apellido Japón.

Hay elementos para pensar que, además de quedarse en la Nueva España, algunos integrantes de la misión Hasekura se quedaron en Cuba e incluso en ­Francia y en Italia. En el caso mexicano, la historia de aquellos japoneses que resolvieron hacer su vida aquí, apenas se está redescubriendo.

SAMURÁI EN CATEDRAL GDL. No hay duda de que el establecimiento de la ruta marítima entre la Nueva España y el Oriente propició un flujo migratorio importante de filipinos, chinos y japoneses. Pero la mayor parte de esa presencia se pierde, a falta de elementos para identificarlos y determinar dónde y con quiénes formaron una familia. Por eso, la misión Hasekura tiene un doble valor: por un lado, significa el inicio de relaciones diplomáticas y comerciales entre Japón y nuestro país, y por otro, las huellas de algunos de sus integrantes permiten encontrar el origen de las primeras comunidades japonesas en estas tierras.

Hace treinta años, un historiador francés, Thomas de Calvo, consignó la existencia de dos japoneses en la Guadalajara del siglo XVII. El hallazgo suscitó el interés del  exembajador japonés en México, Eikichi Hayashiya quien hizo indagatorias en Japón acerca de esos personajes. La firma de uno de ellos, que estaba en caracteres japoneses en un documento del Archivo de Instrumentos Públicos de Jalisco permitió identificar al personaje: un samurái llamado Fukuchi Somoemon, que al hispanizar su nombre se convirtió en Luis de Encío, quien, muy probablemente, llegó a la Nueva España en la misión Hasekura.

El contacto entre el diplomático Hayashiya y la investigadora de la Universidad de Guadalajara, Melba Falck, permitieron abundar en la existencia de un núcleo de japoneses cristianizados que vivieron en la capital de Jalisco en el siglo XVII.  Falck, junto con el historiador ­Héctor Palacios, han podido seguir la pista de Luis de Encío, personaje dedicado al comercio y bien conocido en la capital de la Nueva Galicia. De Encío, casado con una indígena, tuvo una hija que se unió con otro japonés cuyo nombre cristianizado fue Juan de Páez, y que era natural de Osaka.

Páez llegaría a ser mayordomo de la Catedral de Guadalajara. Fue lo que hoy llamaríamos un “hombre de negocios” que prestaba servicios de administrador, prestamista y albacea. Llegó a ser, sorprendentemente, un personaje admitido por lo mejor de la sociedad tapatía. En sus papeles aparecen los nombres cristianos de otros hombres “de nación Japón”, lo cual habla de una comunidad japonesa completamente adaptada y aceptada en la Nueva España. A sus muertes, tanto Páez como su suegro de Encío fueron sepultados en la catedral de Guadalajara.

Todas estas historias, que se remontan 404 años atrás, hablan de la configuración de una pequeña comunidad japonesa que se hizo novohispana y después se mexicanizaría. Aún falta encontrar a los otros integrantes de la misión Hasekura que decidieron hacer sus ­vidas aquí. (BH)

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