Sorteo contra dedazo

Aurelio Ramos Méndez

Desperdiciaron los partidos la oportunidad de reivindicarse frente a los electores. Pudieron haberlo hecho mediante la postulación a diputados y senadores de auténticos representantes populares; ciudadanos rasos, anónimos, del montón.

En modo alguno es esta recomendación mera ocurrencia ni despropósito, sino sugerencia para restablecer la democracia en su forma más directa y funcional posible.

Una propuesta en el sentido que, audazmente, recomiendan estudiosos de la democracia representativa y unas cuantas experiencias prácticas de legisladores por sorteo, ya aplicadas en varios países.

Las listas de candidatos a diputados y senadores por los partidos están —salvo excepciones— llenas de sinvergüenzas. No hay en ellas representantes populares dignos de este nombre.

Y José Antonio Meade, Ricardo Anaya y Andrés Manuel López Obrador, al tiempo que se atacan unos a otros, defienden con ardor y sin recato sus respectivas nóminas de impresentables.

Hablan estos aspirantes a la grande de listas con equilibrio, entramado generacional, experiencia parlamentaria, compromiso, representatividad genuina, corrupción cero, total probidad, observancia democrática… Bobadas.

En el caso de los plurinominales, resaltan los amigos, socios o cómplices de las cúpulas partidistas; personajes que van en pos de esa patente de impunidad en que está convertido el todavía necesario, pero desvirtuado fuero.

O son unos vaquetones, hijos de papi, de caciques partidistas, interesados en usurpar por unos meses un cargo legislativo para saltar después a una candidatura para gobernador u otro hueso suculento.

Abrazando con fanatismo de converso a su talante neopriista, Meade trató de atajar las críticas al tricolor con el argumento de que mediante éstas “se intenta desviar la atención”.

Afán de distracción por quienes “por la vía plurinominal dieron fuero a impresentables, a quienes tienen pendientes con la justicia y quienes han sido acusadas de secuestrar e incluso de matar”.

Podría decirse que un hilillo de sangre escurría por la comisura de los labios del ex colaborador de Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, al hacer su señalamiento.

Si de verdad los partidos aspiraban conformar listas con auténticos representantes populares, bien hubieran podido confeccionarlas con ciudadanos del común, soberanos desconocidos.

¿Cómo? A base de nombres tomados al azar de sus padrones de militantes, mediante una tómbola, por insaculación, la inicial del apellido o conforme a la fecha de nacimiento…

Cualesquiera de los así escogidos harían un mejor papel que el legislador promedio que surgirá el 1° de junio de las listas de nominados de siempre.

Los jurados populares vigentes en diversas naciones —Estados Unidos, Francia, Italia, Reino Unido—, y la elaboración del presupuesto participativo por ciudadanos de a pie, aplicado aun en nuestro medio, prueban que estos ciudadanos son capaces de proceder con buen juicio, honradez y compromiso con los suyos.

A punto de iniciar la Semana Santa, no faltará quien recuerde que, en efecto, Jesucristo fue crucificado por determinación de un jurado popular. Lo mismo que otros muchos casos de desastrosos jurados de este tipo.

A la luz de la historia, sin embargo, la participación directa de la gente en la cosa pública ha sido el ejemplo más acabado de democracia.

En nuestro sistema político-electoral, en términos de independencia con respecto a los poderes establecidos, las élites, los grupos de presión y los partidos y sus vicios, los ciudadanos comunes garantizarían mayor distancia que… los Niños verdes, los Napitos, los Pavón, Limón Hernández; las Josefinas, Ximenas, y demás fauna, carcomida hasta el tuétano por la improbidad, el oportunismo, la simulación.

Garantizarían también mayor cercanía con la gente, con su comunidad, gremio o los intereses que les tocara representar en función del sorteo o el mecanismo aleatorio del cual hubieran surgido.

Investidos del cargo de diputado o senador, con los cuerpos de asesores, el dinero, las herramientas y los recursos en general de que se dispone a manos llenas en el Congreso, esos auténticos ciudadanos defenderían legítimamente los intereses populares.

Pelearían con bizarría —por ejemplo— por un presupuesto orientado a atender las necesidades de las mayorías, de los campesinos, ejidatarios, obreros, clases medias, pequeños y medianos empresarios.

Librarían una lucha legítima por el dinero público, la cual debe darse dentro del Legislativo porque para eso —entre otras cosas— está este poder del Estado. Por más que suele regateársele esta facultad con el argumento de que los políticos se roban el dinero.

La cosa es simple para quien quiera entenderlo. ¡Si se lo roban, a los culpables hay que meterlos a las cárceles con las máximas penas posibles! Lo que no se vale es eliminar el derecho y la facultad de los representantes de la sociedad a pelar recursos para su gente. No se quitan los semáforos porque hay quienes se pasan el rojo.

En el Congreso actúan cabilderos de todo pelaje. De las cigarreras, refresqueras, licoreras, laboratorios farmacéuticos, compañías de alimentos chatarra. Y tele-bancadas, personeros y lobistas de banqueros, corporativos de telecomunicaciones, firmas automotrices, grandes agricultores…

Sectores, todos éstos, ya altamente protegidos desde una diversidad de dependencias, agencias, comisiones y entidades públicas. ¿Quién defiende a los sectores mayoritarios de la población?

Botón de muestra. La Cofepris consiente etiquetados indescifrables o engañosos en alimentos procesados; genuino sabotaje a las políticas públicas de combate al problema del sobrepeso y la obesidad. Vigoroso refuerzo a la acción de legisladores que sirven intereses no de los mexicanos sino de la industria alimentaria.

Así y todo, exfuncionarios de aquella comisión debutantes en la política electoral son tenidos por muchos como acabados ejemplos de eficiencia y rectitud.

No es mera ocurrencia la democracia directa por cuenta de ciudadanos del común. Existen en el mundo real —en Canadá, Francia, Holanda y otros países—, así sea a escala local, exitosos ejemplos de legisladores por sorteo.

Lo que por ahora han hecho los partidos es, a punta de dedazos, llenar las nóminas de futuros legisladores con políticos logreros de toda la vida.

Personajes con la transparencia de Margarita Zavala, la honradez del Bronco y la limpieza de Armando Ríos Piter. Con la firmeza de convicciones de Germán Martínez Cázares, el desapego del presupuesto de Gabriela Cuevas, la fiabilidad en la palabra de Ivonne Ortega, la noción de lealtad de Fox y Calderón…

 

Aurelio Ramos Méndez
aureramos@cronica.com.mx

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