Crítica o censura

Carlos Alberto Patiño

¿Tiene límites la imaginación? ¿Cuánta libertad hay para expresar sus creaciones? ¿Es válido constreñirla?

El lenguaje es el vehículo de los productos de la imaginación. Escrito, no verbal, icónico. Sin un sustento que lo comunique, lo imaginario se queda como un acto solipsista, se agota en sí mismo.

Pero las formas de comunicación se coartan con cualquier pretexto. Los guardianes del deber ser brotan por todas partes.

Los tiempos de la corrección política son más cercanos a Torquemada que a Voltaire. Nos tratan de convencer de que hay que defender la tolerancia y la inclusión, pero con las redes sociales se sustituye al potro y al garrote; y el linchamiento virtual no desmerece respecto del real.

La idea de quemar libros no es sana. Es cierto que no es lo mismo quemar a los autores, pero el espíritu de Lynch está en las dos prácticas.

Lo digo por la polémica que se ha desatado con Mario Vargas Llosa, primero por sus opiniones políticas y luego por su postura ante el feminismo extremo.

Yo recomiendo a sus detractores que no lo lean si no están de acuerdo con él. O pregúntense ¿cuándo se jodió Vargas?, y a otra cosa.

De igual manera sugiero que prescindan de leer a Nabokov si Lolita los incomoda, pero se  perderán de una gran novela como Ada o el ardor, si se distancian de este autor.

Lo digo también por la necia pretensión de meter al sexo donde hay género y al género donde hay sexo.

Suponer que la realidad cambia cambiando el lenguaje es tonto, pero no actualizar el lenguaje también lo es.

La cuestión es encontrar la fórmula para evolucionar y conservar.

Creer que si existe la palabra automóvil, como contrapeso justiciero, debe existir “automóvila”, es confundir todo, es una falsa visión. (Automotor y automotriz sí funcionan).

Complicar las formas de decir inventando grafías como “niñ@s” o aumentando el número de palabras usadas es poco práctico y no hace que desaparezca la discriminación que es una praxis y no una mera forma de decir.

El exceso de celo de los políticamente correctos deviene en moralina y se revierte en intolerancia.

Hacer crítica no debe ser censura sino discusión de las ideas.

La confrontación racional enriquece; la descalificación y el rechazo debilitan.

Aunque de creencias e ideología nadie está exento, hay que rehuir de los prejuicios.

Y, sobre todo, hay que saber qué se dice. Aunque no son una maravilla, ahí están los diccionarios para ayudarnos.

Por ejemplo, la palabra equidad, tan socorrida para hablar de equilibrio, significa, según el Diccionario de la lengua española, “1. f. Igualdad de ánimo. 2. f. Bondadosa templanza habitual, propensión a dejarse guiar, o a fallar, por el sentimiento del deber o de la conciencia, más bien que por las prescripciones rigurosas de la justicia o por el texto terminante de la ley. 3. f. Justicia natural, por oposición a la letra de la ley positiva. 4. f. Moderación en el precio de las cosas o en las condiciones de los contratos. 5. f. Disposición del ánimo que mueve a dar a cada uno lo que merece.”

Aunque el uso actual hace al término sinónimo de igualdad. 

Y con ese tema,  el Instituto Nacional de las Mujeres tiene una campaña #IgualNiMásNiMenos.

En uno de sus promocionales, unos niños dicen: “Ni más creativas ni menos creativos; ni más fuertes ni menos fuertes”; luego una voz de adulto expresa: “Niñas y niños son iguales, es tu responsabilidad educarlas y educarlos igual” y siguen los niños “ni más capaces ni menos capaces; ni más sensibles, ni menos sensibles; Ni más ni menos. ¡Igualdad!”.

En un segundo video, los niños claman: “Ni más curiosos ni menos curiosas; ni más talentosas ni menos talentosos; ni más inteligentes ni menos inteligentes; y de nuevo la voz adulta: “Niñas y niños son iguales, es tu responsabilidad educarlas y educarlos igual”, para rematar: “Ni más hábiles ni menos hábiles; ni más ni menos. ¡Igualdad!”.

Entiendo la intención del organismo, pero en su afán por igualar las oportunidades para los niños sin importar su sexo cae en el desatino de apostar por una mediocridad generalizada, como de novela de Huxley.

Hay niños más inteligentes que otros; los hay con habilidades que superan las de otros. Los hay con grados distintos de sensibilidad.

Lo diré en su lenguaje. Hay niñas y niños más inteligentes que otros y otras niños y niñas.

Los y las hay con talentos que otros y otras no tienen.

¿Es eso un problema? No debería serlo ni debería proponerse como política un igualitarismo estulto.

Hay que estimular los talentos, hay que desarrollar las capacidades de cada cual para que cada quien encuentre su plenitud, niño o niña.

Las diferencias hacen a los individuos, la discriminación los limita. No hay que confundir.

Dicho como lo proponen es abrir la puerta a la cofradía de los mediocres.

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Refocilar o refocilarse es el verbo que buscaba El Arca de Arena. Debo reconocer una falla en el planteamiento, pues no incluí la aclaración de que se trataba de un parónimo del arcaísmo que designaba al rayo. Quizá por eso Marielena Hoyo recordó el “refucuilo”, pero no encontró la expresión en la obra de Cervantes.

La palabra aparece así en El Quijote: “Sucedió, pues, que a Rocinante le vino en deseo de refocilarse con las señoras facas, y saliendo, así como las olió, de su natural paso y costumbre, sin pedir licencia a su dueño, tomó un trotico algo picadillo y se fue a comunicar su necesidad con ellas.” 

Y más adelante: “Había el arriero concertado con ella que aquella noche se refocilarían juntos, y ella le había dado su palabra de que, en estando sosegados los huéspedes y durmiendo sus amos, le iría a buscar y satisfacerle el gusto en cuanto le mandase.”

El primer ejemplo corresponde al capítulo XV de la primera parte, “Donde se cuenta la desgraciada aventura que se topó don Quijote en topar con unos desalmados yangüeses.”

El segundo es del XVI, “De lo que le sucedió al ingenioso hidalgo en la venta que él se imaginaba ser castillo.”

La palabra equidad tiene la etimología latina aequus, que significa igual, llano, justo, equilibrado, equitativo. Lo explica El Arca de Arena para pedir un adjetivo que con la misma raíz significa lo contrario. Es equivalente a malvado, injusto. Es parónimo de algo que no hace daño.

 


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