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Adolfo de la Huerta: cantar para sobrevivir

El fracaso de la rebelión delahuertista, que desafiaba la imposición de Plutarco Elías Calles como sucesor de Álvaro Obregón, obligó al antiguo secretario de Hacienda y expresidente provisional de México a exiliarse en Estados Unidos. Allí se ganó la vida como un eficacísimo —e insólito— maestro de canto

En los años 30 del siglo pasado, a nadie le quedaba duda, a lo largo y ancho de la ciudad de Los Ángeles, que el expresidente de México, Adolfo de la Huerta, era uno de los más notables profesores de canto de la costa oeste de la Unión Americana. Con un método desarrollado a partir de las lecciones de un tenor italiano del siglo XVIII, De la Huerta no sólo enseñaba a cantar: le “fabricaba” una voz a aquel que deseara desarrollarse en el medio artístico.

Los días más difíciles del exilio de Adolfo de la Huerta habían quedado atrás. El desastre en que terminó la revolución que encabezó para oponerse a Álvaro Obregón y al proceso manipulado de sucesión presidencial, lo dejó en Estados Unidos, con su esposa, Clara Oriol, trabajando de costurera, y sus hijos Arturo y Adolfo ganándose unos dólares como repartidores de periódicos, mientras él iba y venía por todo el país, en una búsqueda, que resultó infructuosa, de apoyos para levantarse contra Plutarco Elías Calles. Su capacidad artística y sus habilidades pedagógicas le dieron estabilidad, prestigio y fama. No era cosa de todos los días encontrarse con un expresidente mexicano que se ganaba el pan como el profesional que enseñaba a las estrellas del cine silente a moverse en el mundo sonoro, y guiaba los pasos de los que soñaban con el escenario operístico.

CON EL CANTO EN LA SANGRE. Desde muy joven, en su Guaymas natal, Adolfo de la Huerta mostró su inclinación por la música y sus aptitudes para el canto. Cuando era un jovencito estudiante de la Escuela Nacional Preparatoria en la Ciudad de México, no solo se formó en materia de “teneduría de libros”, disciplina que hoy se conoce como contaduría; también estudió canto y, cuando a la muerte de su padre tuvo que volver a Sonora, se ganó la vida como profesor de canto.

De filiación antirreeleccionista, entró en la política como diputado local al triunfo de Madero. Por azares del destino, fue el primer civil que se presentó a las puertas del Castillo de Chapultepec, el 9 de febrero de 1913, para hacer frente al levantamiento de Félix Díaz y Manuel Mondragón. Se involucró de lleno en el movimiento constitucionalista a partir del lanzamiento del Plan de Guadalupe. A las órdenes de Venustiano Carranza sería gobernador de Sonora, oficial mayor de la Secretaría de Gobernación y cónsul en Nueva York. Sus desacuerdos con Carranza lo llevarían a formar una alianza con sus paisanos, Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles, y juntos lanzaron el Plan de Agua Prieta contra el Primer Jefe de la Revolución.

Ni en esos duros años ni en sus días de presidente provisional o de secretario de Hacienda eran secretas las aficiones musicales de De la Huerta. Todos  sus compañeros de armas, y más sus paisanos sonorenses, sabían que a Fito de la Huerta se le daba cantar. El cuadro debió resultar un tanto extravagante: era 1915, y en aquellos días, cuando se libraron las batallas de Celaya, León e Irapuato, de repente se elevaba la voz de De la Huerta, que accedía de buena gana a la petición “Canta, Fito, canta…”

Se sabía que, sus días de cónsul en Nueva York, Fito se dio tiempo para mejorar su desempeño como cantante, y que, incluso, el gran Enrico Caruso lo había escuchado cantar. De aquel encuentro quedó una foto dedicada por el cantante italiano para el “eximio tenor” mexicano.

Tras la caída y el asesinato de Carranza, y en los seis meses (1 de junio a 30 de noviembre de 1920) en que estuvo a la cabeza del Gobierno mexicano, Adolfo de la Huerta, además de hacerse notar por sus cualidades negociadoras, se dio tiempo para promover la ópera en México. Aunque en la actualidad pudiera parecer una rareza, el sonorense, nacido en 1881, fue consciente, como la mayor parte de sus contemporáneos, de la fuerte afición que por la ópera hubo en el México del siglo XIX, y esa circunstancia se tradujo, durante su gestión presidencial, en promover concursos de canto operístico cuyos premios eran apoyos para que los nuevos valores pudiesen formarse en el extranjero. Incluso, y robándole horas al trabajo presidencial, no fueron pocas las veces en que De la Huerta fungió como jurado de aquellos certámenes.

Más tarde, en su gestión como secretario de Hacienda, la ópera siguió siendo parte de su vida: en septiembre de 1921, una de las primeras cosas que instrumentó el recién iniciado régimen de Álvaro Obregón fue la conmemoración del centenario de la consumación de la Independencia. Entre las numerosas actividades, organizadas a toda prisa, y con la bandera de ser un “festejo para el pueblo”,  se creó la Compañía del Centenario, con la cual se llevaría a cabo una temporada de ópera. El empresario teatral Antonio Pacetti fue contratado para ejecutar el proyecto: hizo traer a algunos de los grandes nombres de la ópera de aquellos años.

Desde luego, la temporada de ópera no fue, en el sentido estricto de la palabra, un espectáculo “para el pueblo”, pero sí fue un escenario social donde el gobierno obregonista, que pasaba penurias por la falta de reconocimiento del gobierno de Estados Unidos, pudo desplegar una intensa estrategia para estrechar lazos con los países de América Latina y algunas naciones europeas, que, con menos conflictos petroleros con México, sí habían enviado representantes diplomáticos.

Disgustadísimo con la conmemoración, el secretario de Educación pública, José Vasconcelos, aseguraba que a De la Huerta, en su calidad de secretario de Hacienda, no acababa de gustarle el asunto del festejo, pero, “para tenerlo contento”, se había ideado el proyecto operístico.

La lucha por la sucesión presidencial, detonada en 1923, acabó con la cordialidad entre los sonorenses. Derrotado y sin espacio de reconciliación, De la Huerta se exilió en Estados Unidos. Allí encontró otro camino, gracias a su antigua vocación musical.

EL MAESTRO MILAGROSO. Decidido a sacar provecho de sus habilidades, Adolfo de la Huerta encontró lo que hoy llamaríamos su “ventana de oportunidad”. El  mundo no era el mismo desde el estreno, en 1927, de The Jazz Singer, primera película sonora. De golpe, los artistas del cine silente se encontraron con la necesidad, urgente, de poseer buenas y moduladas voces con las cuales seguir cotizándose en el mercado fílmico. Muchos de ellos encontraron en el maestro De la Huerta la solución a sus angustias. A aquellos profesionales del canto, que padecían “agotamiento de la voz”, el profesor mexicano les garantizaba no sólo devolverles los dones perdidos, sino dotarlos de nuevos registros sonoros.

El método de De la Huerta estaba basado en las lecciones de canto de un compositor del siglo XVIII, Nicola Porpora, que había sido maestro de los grandes castrati de su época, el gran Farinelli el más famoso de ellos. Tan funcionó, que el expresidente convirtió en cantante a Roberto Guzmán Esparza, su antiguo secretario particular, quien lo había seguido al exilio y que estaba en la miseria.

Guzmán, que años después publicaría el documento testimonial que se conoce como Memorias de don Adolfo de la Huerta, según su propio dictado, llegó a ganar 450 dólares al mes como cantante, de los cuales daba el 25 por ciento al expresidente.

Muchos actores hoy olvidados fueron alumnos el expresidente. Destaca Enrico Caruso Jr., que lo veneraba, y un mexicano, Guty Cárdenas, que, antes de completar su formación, terminó muerto en una cantina de la Ciudad de México.

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