Política sin políticos - Gilberto Guevara Niebla | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Lunes 26 de Marzo, 2018
Política sin políticos | La Crónica de Hoy

Política sin políticos

Gilberto Guevara Niebla

La política cambia con el tiempo. Cambian sus actores, cambian sus problemas y cambian las condiciones en que se realiza, pero nunca antes como ahora la política ha sido objeto de tanto escarnio y descalificación. En la época de las redes, la crítica a los políticos se ha convertido en un auténtico linchamiento.

En México la lucha contra la clase política la encabeza Andrés Manuel López Obrador, que utiliza la metáfora de la “mafia del poder” para referirse a ella. Uno suponía, erróneamente, que la mafia del poder la integraban los grandes capitalistas, principales beneficiarios del sistema. Pero no. Explícitamente, el candidato de Morena ha manifestado su intención de no molestar a los grandes capitalistas a quienes, en cambio, apoyará en sus negocios.

Los miembros de la clase política son los verdaderos miembros de la mafia del poder. La expresión “clase política” tiene, en sí, un sentido peyorativo y alude al desafecto de la sociedad hacia los políticos. En México tenemos razones serias, objetivas, para criticar a los políticos. ¿Cómo no habría de haberlas? Los políticos han sido actores de innumerables actos de corrupción, no ocultan su incompetencia, se conocen sus pifias, sus errores, su mediocridad, etc.

La crítica a los políticos se nutre, a veces, de utopías elementales, como la democracia directa, otras veces se critican los salarios que perciben y algunos grupos la alimentan porque una sociedad con un sistema político débil los beneficia. Uno se sorprende que haya en México tantos aspirantes a convertirse en políticos, cuando la profesión política es probablemente la más vilipendiada, dura, competitiva, inestable, escrutada y poco comprendida.

Seguramente que hay políticos buenos, malos y otros no tanto, pero la crítica irreflexiva no hace distingos: los críticos dicen que todos son iguales. Desde luego, en una democracia no hay nada más saludable que los ciudadanos critiquen a los políticos y, en realidad, la democracia está realmente madura cuando los ciudadanos dejan de sacralizar a sus representantes.

Sin embargo, los políticos son ellos y no nosotros. Es decir, los políticos nos representan. Cabe preguntarse: ¿se puede concebir una democracia donde la clase política desaparezca? ¿Es posible? ¿Se puede eliminar de golpe a “la mafia del poder”? Desde luego que no. La política puede mejorar o puede empeorar, pero es una presencia inevitable. Los líderes populistas promueven la desconfianza hacia los políticos como si fuera posible que su trabajo lo pudieran realizar los que no son políticos.

Los líderes populistas condenan a los representantes –los políticos—y, al mismo tiempo, intentan convencernos de la inocencia y virtudes de los representados. Un dicho clásico del líder populista es afirmar que el pueblo es víctima, es sano y siempre tiene la razón. ¿Pero acaso los políticos no han salido de ese mismo pueblo? ¿No son los representados quienes eligen a sus representantes?

Todos los políticos son hijos del pueblo. Es difícil de explicar que funcionarios a los que se juzga incompetentes y corruptos hayan surgido de las filas de un pueblo que en la retórica populista es sabio y virtuoso. Como se puede ver, la descalificación absoluta de la clase política es injusta y se requiere un juicio más ponderado al respecto.

La “mafia en el poder” (o “del” poder), es, en realidad, una presencia insoslayable. Quien pretenda gobernar a México debe negociar con ella, a menos que se quiera renunciar a la institucionalidad política de la democracia e inventar una “institucionalidad paralela”, un sistema alterno de relación entre gobernantes y gobernados que no se apoye en las instituciones políticas convencionales y que busque su legitimación por otros medios. Sería una “democracia plebiscitaria” donde el líder pasa por alto a los representantes políticos y las instituciones y establece por su lado un sistema de consulta directa con las masas populares. Como lo hicieron los líderes autoritarios del siglo XX.

 

 

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