La transversalidad del Peje

Francisco Báez Rodríguez

En demasiadas ocasiones las encuestas electorales se leen como carreras de caballos. Quién va adelante, por cuántos puntos, si ya cambió un puntito por aquí u otro por acá. En esta temporada electoral, parece que ese ejercicio se hace más que nunca, por la idea de que, en nuestro país, las encuestas se han convertido en una suerte de primera vuelta que decide los finalistas, a través de la lógica del voto útil.

Pero las encuestas sirven para mucho más que eso, si se les sabe escudriñar. Y hay políticos inteligentes que les podrían sacar mucho provecho. Desgraciadamente, aquí suelen usarse como armas arrojadizas de campaña, normalmente como alimento para las porras de incondicionales.

Paso a analizar brevemente un par de encuestas recientes, y no me detendré en que si los de adelante corren mucho y los de atrás se quedarán, sino en la composición del voto, las razones y preocupaciones del voto, la volatilidad del voto.

La encuesta de GEA-ISA, porque tiene muchos cruces, da bastantes elementos.

El más evidente es que el PRD, que ha sido un partido grande prácticamente desde su fundación, se dirige hacia la irrelevancia a escala nacional. En intención de voto, se codea ya con el Verde y Movimiento Ciudadano, y no con el PAN, el PRI o Morena. Esto se debe, a que la mayoría de los votantes identifica la coalición que encabeza Ricardo Anaya con el PAN.

Según esa encuesta, a nivel regional, Meade aparece competitivo en el norte, pero nada más ahí. En el centro-occidente, el Frente y Anaya llevan ventaja. La encuesta tiene a AMLO arriba de Anaya por un ligero margen en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México (habrá que suponer que la ventaja del frentista en el Estado de México es casi del mismo tamaño que la que tiene López Obrador en CDMX), y Andrés Manuel arrasa en el sur-sureste.

En otras palabras, se puede repetir la división norte-sur que fue tan decisiva en las elecciones de 2006. La diferencia, por ahora, sería la ventaja tan grande de AMLO en el sur-sureste. Hay razones económicas de coyuntura —la crisis de los estados petroleros— y estructurales —los niveles de pobreza— para explicar el fenómeno.

AMLO va a la cabeza entre los jóvenes; Anaya da la pelea entre la gente de mediana edad, y Meade adelanta entre los adultos mayores. Que la base principal de López Obrador se haya rejuvenecido respecto a otras elecciones nos dice por lo menos dos cosas: que la percepción de falta de oportunidades entre los jóvenes ha generado rechazo al modelo vigente y que de nada sirve, entre ellos, asustar con el espectro del gobierno de Luis Echeverría. Ellos no vivieron esa época, conocen la democracia en toda su vida adulta y no parecen muy dispuestos ante el discurso de las generaciones que les recuerdan la restricción a las libertades o los errores económicos de esa época.

Lo más interesante es constatar, por un lado, el desvanecimiento de las líneas ideológicas entre los votantes de las tres coaliciones y, por el otro, terminar dándose cuenta de que sí, cada uno de los candidatos tiene un perfil diferenciado de votante potencial.

Cuando se le pregunta a la gente si se define de derecha o izquierda —y uno tiende a suponer que es, fundamentalmente sobre temas económicos y de distribución del ingreso—, resulta que, descontando indecisos, Anaya se lleva el 28% del voto de los izquierdistas, AMLO tiene el 62% y Meade solamente 10%. Resulta que Anaya gana entre quienes se autodefinen como “de centro”. Entre quienes se dicen derechistas, Meade tiene el 38%; Anaya, 30% y AMLO, 22%.

En otras palabras, aunque todos tienen un importante grado de transversalidad, AMLO es favorito entre la gente de izquierda; Anaya por la de centro y Meade, con más claridad, por la de derecha.

También se pidió a los entrevistados definirse como liberales o conservadores —y aquí uno piensa en temas como el aborto, el matrimonio igualitario, la aceptación de la diversidad—. Descontando indecisos, Anaya tiene 37% del voto liberal y 29% del voto conservador; para Meade, el 22% del voto liberal y 29% del voto conservador y, con AMLO, 38% del voto liberal y 37% del voto conservador.

Meade está adelante entre quienes van a la iglesia al menos una vez por semana; Anaya, entre quienes van en “ocasiones sociales” (bautizos, matrimonios) y AMLO entre quienes no van casi nunca o no van. AMLO lidera entre católicos y ateos; Anaya (extrañamente) tiene una ventaja ligera entre protestantes (¿dónde quedó el efecto PES?). 

En ese capítulo, a pesar de la historia del PAN, resulta que los votantes de Anaya son los más liberales, en términos tendenciales. Los de AMLO se dividen casi a partes iguales —y está clara su ventaja entre las personas no religiosas— y los de Meade son más bien conservadores.

Anoto aquí, de paso, que cuando la suma no da 100 es por la presencia de votantes probables de Margarita Zavala. Se encuentran de manera mayoritaria en la derecha y en el bando conservador. Ahí sí estamos, al parecer, ante un voto ideológico tradicional.

Pasemos a la distribución por clases sociales. La votación por el PAN siempre ha estado correlacionada positivamente con el nivel de ingreso: a mayor ingreso, mayor porcentaje. Eso se mantiene con el Frente, pero —al parecer por la inclusión del PRD y MC— la curva es menos pronunciada, salvo en su parte final. En otras palabras: Anaya obtiene más votos de la clase media baja y trabajadora que un candidato panista “normal”, pero igual no penetra entre la población en pobreza extrema.

Meade está fuerte en los extremos. Entre los ricos y entre los muy pobres. Uno piensa de inmediato: “estabilidad macroeconómica y apoyos de Sedesol”. Su problema es que en medio se desfonda. Hay un severo abandono de la clase media hacia el PRI.

López Obrador es transversal, aunque menos fuerte entre las clases más acomodadas. Pelea con Meade entre los más pobres y, significativamente, tiene enormes avances en la clase media, respecto a las otras veces en que compitió. No se puede saber, por ahora, si es porque ha intentado limar su imagen o porque el hartazgo clasemediero es mayor.

Significativamente, los temas nacionales que más preocupan a los electores también tienen una distribución diferente, según sus preferencias. En la encuesta de GEA-ISA, Anaya encabeza las preferencias entre quienes creen que la corrupción es el principal problema del país (y fue levantada después de las acusaciones sobre lavado de dinero); AMLO lo hace entre quienes piensan que el problema central es económico: desempleo, pobreza; y Meade está adelante entre quienes consideran que el problema central es la inseguridad.

Estas variables cambian un poco en la encuesta de Consulta-Mitofsky: la preocupación número uno de los anayistas es la corrupción; la de lopezobradoristas es corrupción, seguida de cerca por pobreza; la de meadistas, economía, seguida de cerca por inseguridad.

Otro hallazgo interesante de la reciente encuesta de Consulta es que, al parecer, la campaña del priismo nacional sobre la integridad de Ricardo Anaya tuvo como principal efecto cristalizar preferencias. ¿Qué quiere decir esto? Que los que hoy dicen votar por Meade ya no consideran a Anaya como segunda opción… y viceversa. Falta ver lo que suceda en las campañas que empiezan este fin de semana, pero el beneficiado, en todos sentidos, parece ser AMLO.

En resumen, AMLO tiene un voto efectivamente transversal en lo ideológico y lo social, de enojo con la situación actual (lo que se ve en otros reactivos) y centrado en temas como el combate a la pobreza; Anaya tiene un voto relativamente liberal y centrista, preocupado por la corrupción (por eso el golpe a la línea de flotación) y Meade, un voto tendencialmente conservador, que pide continuidad económica y combate a la violencia.

Finalmente, el perfil de los indecisos nos dice que la mayoría se abstendrá: en promedio, están más enojados con el estado de cosas que los votantes de AMLO, pero no tienen confianza en las elecciones o en ningún partido.


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