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Rescatar utopías de los 70: Hernández Jiménez recrea en su obra el surgimiento de la alternancia política

Los setenta son la década a la que le toca escribir sus memorias con urgencia, si nos atenemos a que, quienes picaron en las cuarteaduras de un gobierno priista monolítico, se acercan rápidamente a los 70 años de edad. En ellos está la memoria sobre cómo se abrió brecha para tener lo que hoy nos parece normal: un grupo de partidos, no muy agradables, pero variados al fin y al cabo, y competencia real en las urnas.

Rescatar la memoria, plasmarla en escritos, es algo lo suficientemente importante para que personajes como José Woldenberg lo promuevan. Y es justo en torno a propuestas del exconsejero presidente del Instituto Federal Electoral que el libro autoría de José Luis Hernández Jiménez ha venido a rememorar especialmente la década de los setenta en México y los movimientos sindicales de la época.

Cuando Correteábamos Utopías es el título del libro que ciertamente se extiende hasta el presente siglo, pero cuyo origen y cosmovisión, están anidadas en aquellas décadas que siguieron al 68 mexicano.

 “Yo no me consideraba de izquierda, era obrero, ni siquiera leía el periódico, era la vida normal para mí. Había estudiado la secundaria nada más. Mis compañeros recurrían a mí porque yo había estudiado la secundaria”, señala Hernández Jiménez, quien, dice, andaba con la Ley Federal del Trabajo bajo el brazo, tratando de encontrar respuestas a problemas como falta de uniformes, salario que no alcanzaba. “Estoy hablando de 1970, 1971, 1972…”

 “Era una época difícil para todo lo que oliera a oposición, no se vislumbraban cambios en el corto plazo, pocas voces eran críticas al discurso oficial”, recuerda, pero se siente ajeno al término opositor. Continúa su historia: Me invitaron del PRI y del PAN, pero no me interesaba la vida partidista. Y del partido comunista ni las oficinas encontré porque era clandestino y nos hacían leer muchos textos, ahora entiendo la intención con las obras de Marx y Lenin, pero yo era lector de revistas, de la Ley Federal del Trabajo y de la Constitución.

“Al conocer a Heberto Castillo y Demetrio Castillo, hacia 1974, tuve la sensación de que había encontrado a más personas con sus preocupaciones y con el mismo enfoque. Heberto enarbolaba la constitución y yo me dije, aquí yo traigo mi Constitución y eso me llamó la atención.”

¿Dónde nos conocimos usted y yo?, le pregunté una vez  a Heberto Castillo.

Nos conocimos en 1974, en el kiosko de Iztapalapa, le respondió Hernández Jiménez.

“¡Ah, cuándo corretéabamos utopías!” dijo Herberto”. Allí, hace años, nació el título del libro en el que justamente recupera la historia de personajes como Heberto Castillo y Demetrio Vallejo, de negociaciones con nada menos que con el mítico Fernando Gutiérrez Barrios.

Pero ni entonces ni ahora se entiende a sí mismo como una gente de izquierda, “En aquel tiempo por mi falta de formación, pero en ese tiempo familiares eran de izquierdista o comunistas. Yo ni sabía que era eso, sino que quería que se cumpliera la ley.”

Años después estudiaría derecho, pero en la práctica había aprendido derecho laboral.

Recuerda los años en  los que la izquierda mexicana (como hoy algunos de sus herederos de vertiente priista) desdeñaba los movimientos de reividicación de mujeres, homosexuales. Cuando se le pregunta, marca esa falta de criterio, como un gran efecto entre quienes querían cambiar el mundo:

“Un compañero  llegó a proponer que hubiera una corriente de defensa de los homosexuales; provocaba risas y nos hacíamos a un lado cuando presentaba sus propuestas en el Partido Mexicano de los Trabajadores. Después de muchos años vi a ese compañero, Gerardo, en muchos debates de televisión, pero en su tiempo yo no era de los que los condenaban, pero me hacía a un lado, Hoy uno entiende mucho más”.

Una vez Gerardo habló en un mitin. Los mítines muchas veces los paraban con patrullas, pero la vez que habló Gerardo la propia gente del lugar nos paró el mitin, afirma.

“Estábamos equivocados en muchas cosas, pensábamos que el PRI era el origen y fin de los problemas, que ganándole acabaríamos con los problemas. El PRI no es ni un partido, es una cultura que todo mundo practica, no sólo los priistas. En ese tiempo no se entendía”, concluye el autor con su autocrítica.

“Alguna vez, en Nicaragua, todos estábamos serios analizando a Marx, Engels, pero al final de la reunión lo que realmente queríamos hacer era cantar canciones de Pedro Infante. Negábamos y no entendíamos que éramos y somos parte de una sociedad muy compleja.”

“Lo difícil hay que tomarlo como un reto, el libro tiene una motivación, explicarle cosas a quienes no vivieron ese mundo.

Son relatos sin lenguaje rebuscado, tiene esa intención.”                   —¿Qué sería lo mejor de aquella época?—

—La libertad, la democracia. La igualdad de oportunidades son utopías… pero utopías que nos indican hacia donde ir. Eso no es patrimonio de la izquierda o la derecha, es de todos, la diferencia es en la manera de lograrlo. Corretear la utopías es algo vigente. Es la búsqueda de la libertad, si consigues un escalón, ir al siguiente, lo mismo que es aquella época, hasta donde dé la vida.…

 

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