Como pocas veces estaremos ante una campaña por la presidencia del país que va presentarnos de todo un poco. Desde la guerra sucia entre candidatos hasta propuestas sobre el modelo de país que debe de prevalecer, pasando por la viabilidad de mantener las principales reformas estructurales realizadas, en particular la educativa y la energética, sin dejar de lado la discusión sobre la construcción del nuevo aeropuerto en Texcoco.

Será una guerra que se va a dirimir en gran parte en la arena de las redes sociales, donde quizá, como nunca tendrán un lugar preponderante los estrategas de estos medios, donde se buscará cambiar la tendencia que marcan las encuestas y donde es natural que cada candidato ha hecho sus cuentas y han calculado cómo ganar. Sin embargo, aunque la estrategia y efectividad de las campañas cuentan, debemos exigirles que se concentren en los otros “cómos”, aquellos que respaldarán cada una de sus propuestas.

Esta guerra electoral confrontará al menos dos visiones: una de corte populista, donde el sello será el voluntarismo y el personalismo (que es aquella postura que asegura que solo con hacer declaraciones los grandes problemas se solucionan) y otra que se basará concretamente en la continuidad del modelo actual del país, proyecto basado en la experiencia relacionada no a un hombre sino a un concepto de desarrollo basado en las potencialidades.

Por ello, no podemos permitir que el próximo presidente sea definido por una estrategia basada en la ofensa, en el grito, en el denuesto y sí por los “cómos”. La clase política –en general- debe entender que no son diferentes al resto de la población, que no nos pueden tratar como menores de edad, que si bien, durante una campaña electoral la estrategia para ganar importa, esto no puede estar por encima del proyecto nacional, porque entonces sí, confirmaríamos que lo importante es la guerra electoral en sí misma y no la dignificación del ejercicio político.

twitter: @luisdavfer

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