Campañas. Hoy es Viernes de Dolores - Juan Manuel Asai | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 29 de Marzo, 2018
Campañas. Hoy es Viernes de Dolores | La Crónica de Hoy

Campañas. Hoy es Viernes de Dolores

Juan Manuel Asai

Hubo un tiempo, no hace mucho, que las campañas presidenciales en México eran un mega operativo de relaciones públicas. Su ­objetivo era que la gente, de Sonora a Yucatán, conociera a quien sería su próximo presidente.

La jornada electoral era un mero trámite. La decisión sobre el nombre del ganador la había tomado meses ­antes un solo elector, el presidente de la República en funciones, que tenía entre sus facultades metaconstitucionales, jamás puestas en duda, designar al candidato del partido mayoritario, casi único, que ganó todas las elecciones presidenciales del siglo pasado, un verdadero récord mundial. Le decían la dictadura perfecta.

El mandatario solía elegir de entre los integrantes de su gabinete quien le cuidara mejor las espaldas y seguiría lo que ellos consideraban su obra de gobierno. De ­modo que antes de iniciar la campaña el nombre del ganador era conocido por todos. El día verdaderamente emocionante era el del destape, cuando solía haber sorpresas, equívocos, ataques de nervios, comas diabéticos, pero todo terminaban de manera riguroso con una ­cargada fenomenal.

Se le decía así, cargada, a las muestras de apoyo, vamos a describirlas como espontáneas, de las llamadas fuerzas vivas del partido oficial, contingentes de obreros, campesinos y burócratas, que invariablemente estaban felices con la decisión del jefe máximo. Era un juego de simulaciones que funcionó de maravilla ­muchos años. Va para los jóvenes una anécdota: Fidel ­Velázquez, eterno líder obrero del oficialismo, dijo, al enterarse de la decisión del presidente en turno sobre su sucesor, “nos leyó el pensamiento, señor presidente”.

Como es natural el modelo se fue desgastando. Terminó por ser disfuncional con el México que aspiraba a la modernidad, incluido un intenso comercio internacional con sus vecinos de Norteamérica. El punto de quiebre se registró durante el fatídico año de 1994, con las ejecuciones de Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu. Esto conformó un escenario imprevisto. El candidato presidencial resultó ser Ernesto Zedillo, que se distanció hasta el punto de la fractura, de su ­antecesor Carlos Salinas, y del partido que lo llevó al poder, del que tomó, dijo, “una sana distancia”.

El candidato presidencial del año 2000, Francisco Labastida, que hubiera hecho un buen gobierno, lo dijo hace poco con todas sus letras: “a mí me venció Zedillo, no Fox”. Y con el señor de las botas y su lengua insaciable comenzó la alternancia y las elecciones presidenciales adquirieron ese rasgo distintivo de las democracias: desconocer el nombre del ganador hasta la ­noche de la jornada electoral.

Así ha ocurrido hace apenas tres elecciones. Fox y Peña ganaron por amplio margen y a sus contrincantes no les quedó más remedio que apechugar. Calderón ­ganó por un puñado de votos, casi nada, y la noche de la elección del 2006 el proceso democrático estuvo a punto de descarrilar. Lo salvó el PRI, por cierto, aunque esa es otra historia.

Para la campaña que arranca hoy, hay un puntero, López Obrador, que ya compitió contra Calderón y contra Peña y que las trae todas consigo. Llega a este momento de su carrera política convertido en un alma de Dios. Es más bueno que el pan, o eso dice él mismo, que no se cansa de autoelogiarse. Todavía falta que conserve su ventaja, gane la elección y sea el primer fanático de Juárez más derechista que Maximiliano que llegue a Los Pinos. Eso sí, con un corazón de oro. Como sea, la decisión dependerá de los ciudadanos, lo que es un cambio radical con respecto al México del siglo pasado.

López Obrador tiene tres contrincantes, los tres ubicados a la derecha del espectro ideológico. La del 2018 será una elección sin izquierda. El candidato del gobierno es José Antonio Meade, un servidor público de ­élite, con doctorado y dominio pleno del inglés y toda la cosa, que no es priista. De hecho fue un funcionario del más alto nivel en el gobierno del PAN que presidió Felipe Calderón, incluso fue secretario de Hacienda. Llegó al equipo de Enrique Peña gracias a los buenos oficios de Luis Videgaray, de quien es amigo cercano desde la primera juventud. Meade es de lo mejor que ha dado la administración pública y sería un presidente ordenado, metódico, con un proyecto claro.

Es casi imposible que gane porque representa a un ­partido, el PRI, que tiene harto a los ciudadanos por tanta corrupción y cinismo. Muchos de los gobernadores del PRI llegaron al poder para delinquir y a varios de ellos los agarraron con las manos en la masa. Los ciudadanos los quieren castigar en las urnas y por eso Meade rema contra corriente. Como es un tipo listo y tiene el apoyo de una estructura territorio amplio, lo más ­seguro es que crezca, aunque las posibilidades de que alcance y rebase a López Obrador son lejanas.

Un candidato parecido en condiciones similares es Mikel Arriola, que va por la Ciudad de México, metrópoli a la que tienen secuestrada desde hace lustros los grupos políticos del PRD, incluso Morena, que hasta hace poco tiempo era parte del sol azteca. Arriola sería muy bueno para la ciudad  pues supondría un gobierno con un aprecio por el orden. La ciudad se mueve en el caos más pernicioso posible y Arriola podría salvarla, pero para ­lograrlo primero tiene que alcanzar y rebasar a Alejandra Barrales y después alcanzar y rebasar a Claudia ­Sheinbaum, lo que no sólo sería una hazaña política, ­sino un milagro, aunque como estamos en pleno Viernes de Dolores tal vez, en una de ésas, se realiza.

jasaicamacho@yahoo.com

@soycamachojuan

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