El cacique: la herencia del autoritarismo

José Carlos Castañeda

En el año 2000, apenas hace tres elecciones presidenciales, se logró la alternancia en la Presidencia de la República. Los tiempos en que la competencia era inexistente quedaron atrás. La bandera del cambio fue el ­estandarte de aquel movimiento y las instituciones electorales cumplieron con su tarea: organizaron el proceso y ofrecieron resultados confiables el mismo día de la votación. Ya en 2006, la situación fue mucho más compleja y tensa. Hubo una competencia muy ­cerrada. En 2012 se confirmó que las campañas sí cuentan y ­modifican las preferencias de los electores. Una vez más, las preferencias se movieron. Las campañas sí hacen la diferencia y tienen impacto en la ­decisión ­final de los ciudadanos.

Sin embargo, nadie puede negar que la vida democrática es reciente. Edmundo O’Gorman lo hubiera planteado, en otros términos: no basta con la voluntad ­para cambiar un régimen político, incluso aunque una ­generación emprenda la batalla por transitar a las instituciones democráticas. Hace falta revisar la historia de nuestro país. Entender que la sociedad mexicana ­está muy lejos de asumir los comportamientos de un ­Estado democrático. La historia de nuestras costumbres desmiente a todos los que han buscado “precipitar” el cambio político.

Una prueba de esas costumbres, arraigadas en las ­venas más profundas de la vida política mexicana, es la figura pública del cacique. Personaje vilipendiado, acusado de las peores prácticas autoritarias, pero protagonista de la cultura política local en su más pura esencia. Entre los gritos de rebelión, en los primeros años de la gesta ­revolucionaria siempre se escuchó la consigna: ­“mueran los caciques” Y, sin embargo, ahí siguen. El cacique sobrevivió a la revolución y a la democracia.

¿Por qué persiste su poder?

Cacique significa “el que manda” y es el jefe de una ­localidad concreta. Su modo de comportarse refleja ­todos los usos y costumbres del más arcaico autoritarismo social. En aquellos lugares donde su autoridad se ejerce, la fascinación por un líder providencial y paternalista está viva y cautiva la admiración de sus seguidores.  Un secreto del cacique es que, a pesar de su conducta arbitraria y despótica, sus partidarios lo veneran y lo convierten en una imagen de salvador en los límites de lo religioso.  El cacique juega el papel de un ­padre sustituto, castigador y bienhechor.

La descripción histórica retrata al “jefe local que se ha adaptado con éxito a varios regímenes desde el siglo XIX en adelante. Es un jefe poderoso y autocrático en la política local cuyo gobierno, característicamente ­informal, individualista y a menudo arbitrario, se ­apoya en un núcleo de parientes, “luchadores” y subordinados, y se distingue por la amenaza de la violencia y la aplicación de ésta”.

En la historia de nuestra cultura política, los caciques tienen una misión central: imponer el orden, donde la ley es inexistente; pero también ofrecer beneficios ­para conservar la lealtad de los fieles. Ante las próximas elecciones, nadie se sorprenda porque exista un riesgo ­real de retroceso en la transición democrática iniciada a mediados de los noventa. El fenómeno político del caudillismo está activo. La red de organizaciones clientelares funciona bajo las normas silenciosas del cacicazgo y ese tejido social es la base de acción y operación electoral más sólida de los partidos políticos. Que ­nadie se engañe, el cacique sigue ahí, esperando una nueva oportunidad para mandar. Mientras no se construya una cultura ciudadana de participación democrática, el ­cacique será el principal beneficiario de una democracia frágil, e inestable.

Los electores tienen una responsabilidad cívica enorme en este proceso democrático. Las alertas advierten que nuestra vida democrática es vulnerable. La herencia del autoritarismo está presente y goza de cabal ­salud. ­Nuestras costumbres distan mucho de adoptar los procedimientos democráticos. No está demás decirlo: el ­cacique está listo para ascender al trono y ejercer su hegemonía. ¿Quién podrá detenerlo?

@ccastanedaf4

 

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