Entre Dimas y Gestas

Aurelio Ramos Méndez

El arranque de las campañas electorales no ­pudo caer en mejor coyuntura que en ­medio del recogimiento del Viernes Santo y el ­periodo de reflexión que para el mundo ­católico significa la Pascua, lapso que ha ­hecho un generoso paréntesis de sosiego en los ­encrespados ánimos de nuestra clase política.

Con excepción de Ricardo Anaya, que formalmente arrancó este viernes sus actividades de proselitismo —en la práctica las había iniciado hace meses—, ­Andrés Manuel López Obrador y José Antonio Meade lo ­harán este Domingo de Resurrección. Circunstancia, en ambos casos, cargada de simbolismo.

Para el tabasqueño, juarista y adventista, su participación en el presente proceso electoral es, en efecto, un triunfo sobre la muerte política que sus adversarios le decretaron en 2006 y creyeron haber confirmado seis años más tarde.

Para Meade, sus ansias de victoria electoral en condiciones de colero equivalen a la búsqueda —Cirio ­Pascual en mano—de una segunda resurrección para el ­nonagenario PRI, muerto y sepultado en el 2000; pero salido de la fosa en 2012 y errante ahora como zombi.

Si bien el candidato del tricolor dijo por Twitter que el Viernes Santo es “un día de gran trascendencia ­para la mayoría de las familias mexicanas”, y que “por ­respeto a sus tradiciones y la fe que comparto con ellas, ­comenzaré mis actividades públicas el próximo domingo”, la realidad es otra.

Los presidenciables se cuidaron de aparecer el día de la crucifixión menos por respeto a las creencias religiosas del grueso de los mexicanos que para no tener que caer en atrición; es decir, en arrepentimiento por infligir ofensa y temor a la condena eterna. Evitaron correr el riesgo de ser sepultados con votos en contra.

Es seguro, sin embargo, que los aspirantes a la ­grande, al igual que otros políticos y funcionarios, no escaparán a la furia de muchos mexicanos que este Sábado de Gloria, los quemarán representados en figurones de ­cartón cual Judas Iscariote, el traidor por 30 monedas.

Sería deseable que este día de fe, de silencio, luto y ­espera expectante, mientras los católicos aguardan la Resurrección, y en los pueblos, barrios y plaza públicas veamos crepitar en la lumbre a nuestros más conspicuos políticos, los mexicanos reparemos en la magnitud de los problemas que como país tenemos por delante.

Y en la necesidad de resolver esos incontables y ­acuciantes problemas por la vía democrática, mediante el voto, con libertad, en paz y con la ley en la mano.

Constituye un acto de fe, ciertamente, suponer que las cosas pueden cambiar, como por ensalmo, con el ­sólo triunfo electoral de alguno de los presidenciables. Así y todo, impulsemos el cambio que, con ­respecto al ­gobierno de Enrique Peña Nieto, en mayor o ­menor medida representa cualquiera de los tres principales ­aspirantes.

Pueden comprenderlo hasta los niños de pecho: nuestro país no puede seguir por el camino de la violencia atroz que lo desangra, la pavorosa inseguridad pública, la corrupción encaramada en las más altas esferas del poder político y económico, la patente impunidad alentada desde la cima del gobierno, como en los tiempos del tramposo Sumo Sacerdote Caifás, que autorizó el arresto de Jesús mediante engaños.

En modo alguno debe persistir el irrespeto a las instituciones, no sólo por quienes expresamente las han ­mandado al diablo, sino por quienes las usan como ­coraza o ariete frente al adversario, o las atrofian para impedir que cumplan su cometido. Como si estuviesen presididas por el pusilánime procurador Pilatos.

Prueba al canto, el caso Odebrecht. Escándalo que ­exhibe nuestra pobreza institucional, pues mientras en ­Brasil y en Perú ya están presos o perseguidos funcionarios, legisladores y hasta presidentes de dichos ­países, en México no se ha movido la hoja de un árbol por ­este asunto.

Para no hablar de otras muchas maneras de irrespetar, no sólo de palabra sino de hecho, a las instituciones —de realmente mandarlas al diablo—, como ésa de ­vulnerar la majestad del más alto cargo gubernamental, a fuerza de incurrir de manera reincidente y desafiante en la corrupción.

Sobre estas y otras muchas realidades es factible meditar en estos días de devoción del cristianismo.

Sobre la violencia política que ya ha cobrado decenas de víctimas entre aspirantes a puestos de elección, ­sobre el estado general de nuestra enclenque democracia, ­la lacerante desigualdad, la creciente vulnerabilidad de la infancia, la violencia de género, la urgencia concretar de transformaciones sociales de fondo…

Bien por los presidenciables que en Semana Santa ­depusieron pleitos y acusaciones de espesa deshonestidad, así haya sido por unos días o unas cuantas horas.

Ya resurgirá, eso sí, en las semanas por venir, el tema del nuevo aeropuerto de la capital. Punto en torno del cual se había configurado un genuino diálogo de sordos.

Un candidato denunciaba descomunal corrupción en la asignación de obras y contratos leoninos, y otro, ­parapetado en el legalismo y el estado de derecho, sosteníainocenteque aquí no ha pasado nada, que los contratos no son susceptibles de revisión ya que podría sobrevenir un castigo divino, pues las reglas en las licitaciones jamás son amañadas y la ley es la voz de Dios.

En medio de tanto fervor legal, una claque desaforada se afanaba en desviar la atención de las presuntas y ­archimillonarias trapacerías hacia las irregularidades técnicas, hacia la idoneidad o no de tener dos aeropuertos y a si Texcoco se hunde un metro al año o se ­hundirá sólo 30 metros en un plazo indeterminado. Claque ­cuya sola composición imbuye sospecha.

Cualquiera que sea la realidad, a partir de este domingo, cuando los cristianos celebrarán con alborozo la fiesta más importante de su religión, el hallazgo del ­sepulcro vacío y la certeza de la Resurrección, entre nosotros empezarán a regresar a la actualidad informativa los temas más densos y malolientes.

En este ambiente de previsible y estridente atmósfera saturada de noticias reales y camelos, corresponderá a los ciudadanos separar la paja del trigo. Y, a la ­hora de la verdad, ejercer el voto con esperanza y convicción. Ese día vivirán los presidenciables su Pasión.

Sin embargo, habrá que ver aún, en el ínterin, quien ocupará cada puesto en la representación, el 1 de julio.

Habrá que ver quién de los tres hará el papel del ­despiadado reo Barrabás para competir por el indulto de la asamblea. Y quienes serán los ladrones —el bueno y el malo— Dimas y Gestas, que estarán en sus respectivas cruces, a cada lado del que ascenderá al cielo de nuestra política destinado a ser el salvador de la Patria.

aureramos@cronica.com.mx

 

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