¿Bienvenida felicidad?

Fernando de las Fuentes

A nada en la vida se le debe temer, sólo se le debe comprender

Marie Curie

No importa ya de dónde provienen las ideas de que la vida es difícil y a este mundo se viene a sufrir, son tan poderosas y están tan arraigadas en la psique humana que siguen predominando en forma de miedo a la felicidad.

A estos antiquísimos paradigmas no han podido derrotarlos sus modernos opuestos, según los cuales la vida es en realidad benévola y existimos para ser felices. Nuestra codificación para el sufrimiento es aún muy sólida.

Paradójicamente, sufrimos para no sentir dolor. Aunque deseemos la felicidad fervientemente, hay rechazo a sentirla en casi cada ser humano, por un temor atávico al castigo de Dios y un supersticioso miedo al dolor que puede sobrevenirnos de distintas formas justo porque somos felices y justo en el momento de mayor vulnerabilidad, cuando estamos indefensos por la felicidad.

En alguna parte de nuestro subconsciente está la absurda idea de que si dejamos de sentir felicidad evitaremos el dolor o estaremos preparados para afrontarlo. Pero como no soportamos la espera, propiciamos o incluso causamos las situaciones que lo producirán, señalándolas como externas e inevitables. A esto se le llama autoboicot.

Este estresante estado de defensividad, que nos impide disfrutar la vida, se ve reforzado por toda clase de ideas fatalistas que tienen como base la creencia en un cruel destino, así como por la culpa tóxica de tener aquello de lo que otros carecen (“cómete todo porque hay muchos niños que no tienen qué comer”), o de no haberlo obtenido tras un esfuerzo que por sufrido y sacrificado se vuelve meritorio en la cultura de la penosa dificultad de vivir.

A esto hay que añadirle nuestra terca creencia de que la felicidad es un estatus que proviene de fuera, de lo que nos sucede, y no una mezcla de sentimientos positivos cuya composición e intensidad podemos regular sea cual sea la situación, o sea, sentirse bien por voluntad propia.

El mismo mecanismo priva en el amor. Para una gran cantidad de personas el precio es sufrimiento, pérdida de libertad e identidad. Es volver a sufrir el maltrato, la traición, la desatención y hasta el abandono con que entrelazaron el afecto a muy temprana edad. Cómo no boicotear las relaciones.

Lo cierto es que el sufrimiento —como una mezcla indistinta de dolor, ansiedad, miedo, resentimiento y pesimismo— puede ser nuestra opción emocional de largo plazo, porque ya pocas cosas pueden empeorar y porque siempre hay un placer morboso, doloroso y mezquino en sufrir. Además, el sufrimiento es cómodo. No tenemos que hacer nada para alcanzarlo. La felicidad, en cambio, requiere primero un aprendizaje y luego trabajo personal constante.

Pero incluso el sufrimiento es inestable. Llega un momento en que nos pasa algo bueno que nos despierta de nuestro letargo y nos inyecta entusiasmo. Y justo cuando mejor nos sentimos, vuelve esa desagradable sensación de que la vida nos arrebatará la felicidad de alguna manera.

La vida es, pues, inestable, pero eso no la hace traicionera. La estabilidad es sumamente aburrida tras un tiempo. Necesitamos la emoción para disfrutar, nosotros decidimos si la alegría del autodescubrimiento o la euforia de los placeres mundanos, si vivimos profunda o superficialmente, tranquila o compulsivamente, en la autorregulación o en la confusión y el fallido intento de control de cuanto nos rodea.

Lo malo sucederá. Siempre sucede. Es inevitable y necesario para que aprendamos a remontarlo. Una vez que lo comprendamos dejará de asustarnos y perderá su calidad de atemorizante.

Pero en tanto aprendemos nuestras lecciones, ir a nuestro centro, atravesando el ego, oyendo al corazón y sintiendo el alma, es lo que nos permitirá aceptar y comprender los cambios que implica la vida, al menos nuestra vida, y transcurrir con la mayor seguridad posible cualquier situación.

La felicidad es lo que sucede cuando vencemos el miedo. El miedo se va cuando lo encaramos.

delasfuentesopina@gmail.com

 

Imprimir

Comentarios