AMLO y la sociedad civil

Francisco Báez Rodríguez

Dice Andrés Manuel López Obrador que le tiene mucha desconfianza “a eso que llaman sociedad civil o iniciativas independientes”. Esa frase lo pinta de cuerpo completo.

Sociedad civil es lo que no es sociedad política o ciudadanos individuales. La sociedad política está constituida, en primer lugar, por los tres poderes del Estado (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) en los tres órdenes de gobierno (federal, estatal y municipal). Lo característico de ella es que tiene la capacidad de coerción, ya sea a través de la ley o a través de la fuerza —como por ejemplo, la policía y las Fuerzas Armadas.

La sociedad civil son las organizaciones ciudadanas. Son los sindicatos, las asociaciones de padres de familia, los grupos vecinales, los clubes deportivos y culturales, las universidades autónomas, los medios de comunicación, las agrupaciones patronales, los colectivos en defensa del medio ambiente, las asociaciones contra la corrupción o contra la violencia, las organizaciones en pro de los derechos de las mujeres y de las minorías, los centros de pensamiento crítico y un larguísimo etcétera.

Es evidente que, como expresión de los ciudadanos en una sociedad plural, estas organizaciones en México a menudo no comparten intereses y puntos de vista. Las hay laicas y religiosas, con vocación social o para la defensa de algún interés específico, promotoras de las libertades o guardianas de la moral tradicional.
Algunas tienen mucha diversidad en su seno; otras son monolíticas. Pero todas cumplen con una función social.

Normalmente, una democracia es tan fuerte, como participativa y libre sea su sociedad civil. Como lo sean sus organizaciones colectivas de distinta naturaleza. A través de ellas se genera el capital social que hace que una democracia pueda funcionar. Con ellas se busca resolver problemas, se reproducen valores, se generan redes para la participación y se interconectan los intereses y preocupaciones de la sociedad. Son hacedoras de puentes.

El problema en México es doble: hay muy poca sociedad civil, y durante las décadas de dominación priista, muchas de ellas fueron corporativizadas: fusionadas, en la práctica, con el partido en el poder, con el gobierno y, a final de cuentas, con el Estado. El caso más conocido y estudiado, pero no el único, es el de los sindicatos.

En el viejo priismo, era difícil generar organizaciones civiles verdaderamente autónomas de cualquier tipo, porque eran vistas como enemigas del sistema. Algo típico de los regímenes autoritarios.

El empuje social en el proceso de transición democrática en México hizo que algunas funciones que normalmente corresponden al Estado fueran cedidas paulatinamente, de manera formal a la sociedad civil. Es el caso del INE. También es el del INAI y de otras instituciones autónomas.

Cuando AMLO dijo desconfiar de la sociedad civil, lo hizo en el contexto de la falta de transparencia del INAI en el caso Odebrecht. De un caso específico saltó a una conclusión generalizadora: la sociedad civil es poco confiable.

Ese salto no parece casual. Si la sociedad civil expresa una gran diversidad, necesariamente una parte será ajena o contraria al eventual gobierno unificador de AMLO. Sus voces serán incómodas, desagradables, ya sean de una universidad, de una asociación proderechos humanos o de un think tank de ideología diferente a la del neonacionalismo revolucionario.

Lo que busca López Obrador no es el diálogo con la sociedad organizada, sino que los ciudadanos —ya sea de manera individual y atomizada; ya sea de forma corporativizada— reciban de manera vertical los beneficios de su gobierno, y luego los agradezcan. Lo ideal es que cundan los peticionarios, y el benévolo gobierno acceda a sus peticiones. Una relación vertical. Papá-gobierno.

También es posible que Andrés Manuel comparta el concepto de “sociedad civil” que se manejaba en América Latina, allá por los años setenta, por la simplificación de algunas lecturas trasnochadas de intérpretes de Antonio Gramsci (lo que, de paso, les permitía no leer directamente al intelectual marxista italiano).

Según esta visión trasnochada y simplista, la sociedad civil es la expresión cultural de la dominación burguesa. En ella están los intelectuales, los medios de comunicación, la escuela, las iglesias que crean las condiciones para avalar un sistema de explotación. Gramsci la veía como un espacio central de disputa, para generar una nueva hegemonía y cambiar el “bloque histórico” (la sociedad en su conjunto). Para los simplificadores, sólo capaces de ver en blanco y negro, era algo así como “el estado mayor ideológico de la burguesía”.

Eso sería todavía más peligroso, porque implica entender toda crítica, toda iniciativa autónoma, como parte de un proyecto contrario. La lógica del complot realizado por unos malignos se transfiere a todo intento de la sociedad por organizarse de manera independiente.

Una sociedad civil robusta es condición necesaria para que las democracias sobrevivan y se mantengan funcionales. Entre más participación colectiva haya, menos podrán los gobiernos imponerse sin más. Por eso es importante que en México florezcan las asociaciones de todo tipo, con el gobierno que sea. Más todavía, si ese gobierno quiere desdibujarlas —y aquí hemos visto intentos — o de plano las va a ver como enemigas.

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