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Alerta ecológica en el Delta del Río Colorado

La instalación de presas en el caudal de Río Colorado ha ocasionado la pérdida de humedales, fauna y flora silvestre ◗ Organizaciones sociales, académicos y autoridades en pos de recuperar 150 mil hectáreas

Con la instalación de 80 presas, en casi 90 años ha desaparecido el 85 por ciento de los humedales del Delta del Río Colorado, señaló Osvel Hinojosa Huerta, director del Programa de Conservación de Agua y Humedales de Pronatura Noroeste.

En entrevista con Crónica, el conservacionista refirió que aproximadamente hay 80 presas y represas en toda la cuenca del Colorado, entre ellas la Hoover, la Glen Canyon y la Parker, lo que ha implicado muchos impactos ambientales, sobre todo en el delta del río.

A  causa de la pérdida de humedales, han desaparecido especies y algunas más están en peligro de extinción, como el ave Palmoteador de Yuma.

De ahí que, en un intento de recuperación y conservación ambiental del ­Delta del Río Colorado, trabajan de ­manera conjunta académicos, organizaciones sociales y autoridades de ambos lados de la frontera.

El propósito es recuperar por lo menos unas 150 mil hectáreas, del más de  millón de hectáreas de humedales y sistemas riparios (ecosistemas o hábitat a la orilla del río) que estaban en lo que es hoy el valle de Mexicali, en Baja California, México, y el valle Imperial, en California, Estados Unidos, hasta la desembocadura en el Mar de Cortés, que formaban parte del delta del Río Colorado, por donde corrían 18 mil millones de metros cúbicos de agua.

Tras destacar que hay dos millones de hectáreas agrícolas que se han desarrollado en toda la cuenca del Colorado, ­cuya agua usan en un 85 por ciento, el investigador refirió que una de las cosas positivas del represamiento es que en la cuenca se puede almacenar gran cantidad del flujo anual del río, ya que mientras en una cuenca promedio en cualquier parte del mundo, se almacena entre el 20 y el 30 por ciento, en el Colorado es el 400 por ciento.

“El Río Colorado ha sido la fuente de vida para el oeste de Estados Unidos y para la región, sobre todo Baja California y la parte de San Luis Río Colorado, en Sonora, y ha permitido el desarrollo de la sociedad en esta región, pero ha tenido costos ambientales muy altos”, dijo Hinojosa Huerta.

El ingeniero bioquímico resaltó que hubo un periodo de casi 30 años, entre principios de la década de los 50 y finales de los 70, que no llegó el agua del Colorado a los humedales ni hacia el Delta.

Entonces la concepción científica era que el Delta del Río Colorado era un ecosistema muerto y ya no había nada que hacer.

Pero para las décadas de los 80 y 90, con la restauración de la Ciénega de Santa Clara con agua de drenaje agrícola; con las grandes presas llenas por primera vez y con el efecto climático conocido como El Niño, que generó muchas nevadas en las Montañas Rocallosas, el flujo del Río Colorado subió más del promedio.

“Con las presas llenas se tuvo que liberar agua, así que llegó de nuevo agua al delta del río, y fue muy interesante porque el ecosistema se empezó a regenerar de manera no planeada, con el agua de retorno agrícola y con los flujos accidentales.

“Y entonces los científicos y el sector ambiental nos empezamos a dar cuenta que este ecosistema es muy resiliente, que se puede regenerar, que no está perdido, que lo podemos recuperar, no como era hace cien años, pero sí podemos recuperar una muy buena cantidad de hectáreas, unas cien mil o 150 mil hectáreas, que son de gran importancia ­para ­muchas especies”, expresó ­Hinojosa Huerta.

Carlos de la Parra, profesor-investigador del Departamento de Estudios Urbanos y Medio Ambiente del Colegio de la Frontera Norte, señaló que el cambio climático ha mermado el caudal del Río Colorado, y con ello se ha modificado el paisaje y la vida de la fauna, la vegetación y de la gente que habita de este lado de la frontera con Estados Unidos.

Con la disminución del caudal por la sequía que se vive desde hace más de quince años, señaló el investigador, Baja California podría enfrentar un severo desabasto de agua que afectaría a por lo menos dos millones de personas que viven en Mexicali, Tecate, Tijuana, ­Rosarito y Ensenada, y cerca de 200 mil ­hectáreas de cultivos en los valles de Mexicali, en Baja California, y San Luis Río Colorado, en Sonora.

En 1944 México y Estados Unidos firmaron el Tratado Internacional de Aguas para el aprovechamiento de los ríos Colorado, Tijuana y Bravo, en el que se garantiza para México un volumen anual de mil 850 millones de metros cúbicos del Río Colorado, y cuando haya excedentes de agua el volumen podría llegar hasta dos mil 96 millones de metros cúbicos.

En la década de los 70, ante el bajo flujo del caudal, ambos gobiernos intentaron llegar a acuerdos sobre la distribución del agua, pero fue en el año 2012 cuando se negoció el Acta 319, en la que se aseguró para México la continuidad del almacenamiento de agua en la Presa Hoover, ubicada en al frontera entre ­A­rizona y Nevada.

En 2017, ambos países firmaron el Acta 323, que es una ampliación de las medidas adoptadas en el Acta 319 sobre cooperación y adopción de un plan binacional de contingencia ante la escasez de agua en la cuenca del Río Colorado, y que estará vigente hasta el año 2026.

Un claro ejemplo de las afectaciones del represamiento y del cambio climático está en la comunidad de San Luis Río Colorado, donde el gran puente vehicular atraviesa el lecho seco del río, que ­hace décadas tuvo un gran caudal.

El paso del río es sólo un recuerdo, que del 23 de marzo al 18 de mayo de 2014 fue revivido con el llamado Flujo Pulso, que fue descargar 130 millones de metros cúbicos adicionales a lo que recibe México, con fines de restauración ambiental.

Un informe de la Comisión Internacional de Límites y Aguas (CILA), emitido en enero del 2015, refiere que algunos resultados del Flujo Pulso fueron: inundación de mil 830 hectáreas del cauce del Río Colorado; reconexión temporal del río con el mar, ocurrida el 15 de mayo de 2014; filtración significativa a los acuíferos; dispersión de semillas y germinación de vegetación nativa, como álamos y sauces; incremento de aves migratorias en áreas abiertas de agua y sitios de restauración; pero por la filtración, más del 90 por ciento del Flujo Pulso no llegó más allá del ­kilómetro 27 de la línea fronteriza.

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