¿En este pueblo no hay ladrones?

Aurelio Ramos Méndez

El Presidente Enrique Peña Nieto viajará la próxima semana a Lima para participar en la VIII Cumbre de las Américas, que ­será ­desahogada con el tema central Gobernabilidad Democrática frente a la corrupción, asunto en relación con el cual nuestro gobierno tiene poco o nada que aportar.

Es de desear, eso sí, que por aquellos lares el Jefe de Estado comprenda la sencilla diferencia entre una institucionalidad retórica, demagógica y patrañuda, y una ­institucionalidad efectiva, palpable y democrática.

A base de ejemplos específicos se puede comprender con nitidez la disparidad entre uno y otro concepto; siempre será mejor, no obstante, la experiencia de campo.

En Perú, donde por lo visto las instituciones sí ­funcionan, ya están en la cárcel o perseguidos, o ­derrocados e indiciados en el caso Odebrecht, los cuatro ­sucesivos presidentes de la república en lo que va corrido del ­milenio: Alejandro Toledo, Alan García, Ollanta Humala —primera dama Nadine Heredia ­incluida— y Pedro Pablo Kuczynski.

En México, donde las instituciones a diario son exaltadas de dientes para afuera, pero en los hechos han sido olímpicamente mandadas al diablo, la investigación en torno del mismo escandaloso caso está engavetada. No hay ni un solo funcionario, legislador o político del montón, aunque sea del montón sancionado por la recepción de sobornos de esa empresa.

La sola enunciación del tema de la ­cumbre de seguro causa inquietud entre muchos miembros de nuestro gobierno. Con todo y que el Ejecutivo pasa por un merecido ­momento de aclamación popular, producto de haber puesto en su lugar —con la temeridad de un fundibulario y con sólo un certero hondazo en la crisma— a Donald Trump.

Por lo mismo —paradojas de la política—, mayor inquietud debe inspirarle a nuestro presidente la cita en los pagos de Vargas Llosa, si se reparar en que a la misma acudirá el bravucón del vecindario, Trump. Cuyos colaboradores del Departamento de Justicia develaron en diciembre el que ya es considerado el mayor episodio de corrupción en América Latina.

Peor aún, si se advierte que por allá andarán integrantes del gobierno brasileño. Con ­decenas de legisladores más Michel Temer, Dilma Rusdeff y el mismísimo Lula da Silva presos, defenestrados o con un pie en la cárcel por el mismo tema, podrán dar cátedra sobre lo que es el verdadero funcionamiento de las instituciones.

Nuestro Primer Mandatario tiene poco que decir sobre el tópico de la junta. Si la imaginación pone su parte, uno podría verlo ­tratando de emular algún personaje garciamarquiano, diciendo en una paráfrasis que en México no existe ni un solo sancionado en relación con Odebrecht por la sencilla razón de que “en este pueblo no hay ladrones”.

Sin detallar, claro, que al menos no hay ­ladrones como el del famoso cuento. Aquel que, atormentado por el arrepentimiento al percatarse de la desolación, el inmenso daño que ha infligido a la gente, hace acopio de coraje para devolver lo robado, así se trate de unas bolas de billar.

Se verá en dificultades el Jefe de la Nación para explicar, sin ser falaz, cómo está eso de que —según dijo el pasado lunes, al entregar los Premios Nacionales de Ciencias, Artes y Literatura— “el objetivo central de este gobierno ha sido la transformación de las instituciones para servir mejor a nuestro país”.

No se requiere ser perspicaz para darse cuenta de que diversas instituciones nacionales presentan déficit o están de plano quebradas. Comenzando por la institución presidencial, que no ha podido reponerse del golpe demoledor que le significó el escándalo de la Casa Blanca.

Y que las instituciones de procuración de justicia, en primer lugar la PGR, están no sólo inanes sino virtualmente desmanteladas. La Fepade, convertida en un espantajo y con su extitular Santiago Nieto Castillo en el ostracismo y —según dijo— perseguido y amenazado de muerte.

La institución militar, o en su sentido más amplio las fuerzas armadas, acusadas de violar derechos humanos y aun de haber cometido crímenes de lesa humanidad, y con un largo prontuario de episodios pendientes de investigación.

El Poder Legislativo, caracterizado por los moches, la opacidad, el despilfarro, el clientelismo y otros vicios.

Instituciones sociales gubernamentales acusadas de haber usado 128 empresas fantasma para desviar miles de millones de pesos en la denominada Estafa Maestra.

Las instituciones económicas, encabezadas por Hacienda, señaladas por desviar hacia el PRI centenares de millones de pesos gobiernos estatales… 

Para no hablar de las instituciones de combate a la corrupción que ya quedaron en obra negra, con nulas posibilidades de conclusión en los meses que restan al sexenio.

Es tan patente nuestra frágil pero muy ­cacareada institucionalidad, que ha podido ­notarlo hasta el pentasecretario de Estado y orgulloso abanderado presidencial del PRI, José Antonio Meade.

El mismo día que Peña Nieto habló del objetivo central de su administración, Meade le dijo a la agencia EFE que si el gobierno no ha dado los resultados esperados en materia de corrupción e inseguridad, eso se ­debe “a que no tenemos las instituciones y las instituciones no tienen los instrumentos que ­requieren”.

Más específico todavía, el candidato del tricolor diagnosticó que el problema de la ­corrupción en México “es institucional”.

Con lo cual —por más que el perifoneo ­mediático diga otra cosa— no difirió del atinado criterio de su último jefe, relativo a que, ¡obviamente!, la corrupción no es asunto de natura sino de cultura.

Meade y Peña tienen la acertada convicción de que los mexicanos no somos corruptos por naturaleza. Que no nos inocularon desde el vientre materno el genoma de la improbidad; lo adquirimos en el entorno cultural.

Es en este punto concreto en el cual se ­advierte discrepancia. Mientras el inquilino de Los Pinos no ve lo desvencijadas que ­están nuestras instituciones, el aspirante a ­sucederlo ya cayó en la cuenta de que ­muchas de éstas han sido un mito genial.

El entrevistador de EFE hizo notar al exsecretario de Hacienda que, a nivel de opinión ­pública, el PRI es señalado como responsable de gran parte de la corrupción. La respuesta fue que “no hay motivo por el que la agrupación (el partido) no pueda también erradicar ese flagelo en sus filas”.

Sólo que toda una historia de promesas conspira contra el aserto del candidato de la coalición Todos por México.

Así y todo, Meade dio prueba de integridad con la presentación de copiosa documentación —7de7— que avala su honestidad. Resta ver lo que hará para ­quitarse del albo atuendo lo percudido de varios de sus ­compañeros de aventura electoral y del gobierno que sirvió el ­último lustro.

 


aureramos@cronica.com.mx

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