Japoneses en México: odiseas fructíferas al otro lado del mundo | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 06 de Abril, 2018

Japoneses en México: odiseas fructíferas al otro lado del mundo

Fundaron empresas que forman parte de la vida de los mexicanos. Algunos han elegido convertirse en custodios de una parte de nuestra memoria colectiva

 Japoneses en México: odiseas fructíferas al otro lado del mundo | La Crónica de Hoy

No hay una colección similar en el mundo, y menos reunida por un nikkei —un descendiente de japoneses.  Desde la miniatura de una iglesia del siglo XIX hasta las máscaras del luchador de moda, cuya presentación hace furor. Pocas cosas tocan tan de cerca la memoria de cualquier ser humano como encontrarse en la edad adulta con un pedacito de su pasado: un juguete. Un japonés mexicano, Roberto Shimizu (Ciudad de México, 1945), es, hoy por hoy, custodio de una parte íntima de los recuerdos colectivos de los mexicanos, que cualquiera puede asomarse a verlos en el Museo del Juguete Antiguo Mexicano (MUJAM).

Caminar por el MUJAM hacia la oficina de Shimizu, en la colonia de los Doctores, es transitar por un túnel de tiempo. Cualquiera que se aventure a visitarlo encontrará algo que encienda una pequeña luz en sus recuerdos. No es extraño ver a abuelos enseñando a sus nietos los juguetes con los que una vez se divirtieron. Muñecas, animales de peluche, máscaras y miles de autos miniatura llenan los pasillos de este edificio, levantado con el trabajo de una familia que empezó su historia en México cuando el primer Shimizu decidió que aquí echaría raíces y vería crecer a sus hijos.

“Soy el único hijo de japoneses que se ha aventado un proyecto de esta dimensión”, explica Shimizu. Él lo atribuye a la combinación cultural que ha marcado su historia familiar. “Mi hijo dice que tenemos sangre de samurái y corazón de caballero águila. No soy ningún visionario. Esto es una chiripa. Mi padre llegó a México en 1929.  Papá decía que, al mirar ­tierra, mientras llegaba al puerto de Manzanillo, pensó: “qué país tan pobre”. Y después pensó: “qué bueno que hay poca gente”, porque desde entonces en Japón ya había saturación poblacional.”

Roberto Shimizu piensa que los japoneses son amigos de la vida discreta. No salen en la nota roja, son introvertidos “y siempre se juntaron entre ellos. La primera vez que mi papá vino a México, viajó con mi abuelo, que venía a visitar a un hermano menor, médico, que se había establecido en el puerto de Mazatlán. Originalmente, había ido a trabajar a California, a las obras ferroviarias, pero no se sintió a gusto en la sociedad estadounidense, de manera que se vino a México. Entonces escribió a su familia para que vinieran a visitarlo. Así, con 19 años, mi papá pisó México por primera vez”. Aquel tío, Toshio Shimizu, fue un doctor muy querido en Mazatlán, que dormía con los zapatos puestos para salir corriendo a atender emergencias. Hoy tiene su pedacito de recuerdo perenne en las vitrinas del MUJAM: una calaverita de azúcar con una etiqueta, “TOSHIO”, en la frente, le hace homenaje.

El padre de Roberto Shimizu regresó a Japón en 1938, a casarse. “Fue un matrimonio de dos o tres encuentros y se la trajo a México. Pero a mi mamá no le cayó bien el clima de Mazatlán; se vinieron a la capital”. Se establecieron en la vieja calle de Niño Perdido, hoy parte del Eje Central Lázaro Cárdenas, casi esquina con la calle de Dr. Olvera. Allí pusieron una tienda de ­barrio, que era papelería, dulcería y, además, vendían juguetes (“en esos tiempos, no había tiendas de juguetes”). En ese lugar crecieron la familia y el negocio: la dulcería Avenida y la papelería La Primavera, que sería famosa en el rumbo, no sólo por el surtido, sino por sus escaparates y por un giro insólito para la época, la venta de regalos, entre los cuales destacaban las importaciones japonesas: cajitas de músicas, muñecas con traje oriental, curiosos juguetes mecánicos. “Llevamos 80 años en esta manzana. Mamá tenía mucho ojo ­para vender cosas muy ­finas, independientemente del rumbo donde estábamos, y acertó”.

COLECCIONISMO. “Yo tengo un don”, explica ­Roberto Shimizu: “desde chico guardaba todo y sin problema, pues teníamos bodegas”. ­Comenzó, poco a ­poco, a coleccionar juguetes y piezas curiosas. Hizo estudios en el Colegio México, y por una temporada, en los años de preparatoria, fue enviado a estudiar a Japón, para que mantuviera la memoria y la cultura de la tierra de sus padres. El trabajo de la ­familia daba frutos; eran prósperos. El ­padre de Roberto era representante en nuestro país de un producto novedoso en el México de mediados del siglo XX: el sazonador Ajino-Moto.

 “Después, cuando regresé, mi papá decidió que estudiaría en la UNAM, en LA Universidad Nacional. ¡Nada de irse a la Ibero o escuelas privadas, como habían ­hecho algunos de mis compañeros de ­escuela!  Y así, me fui a la UNAM a estudiar arquitectura. Y ésa fue una decisión que después le agradecí a mi padre. Me enamoré de la Universidad”.

La colección de juguetes creció y creció. A lo largo de los años, despertó en su propietario reflexiones importantes respecto a lo que deseaba hacer con todas esas piezas: “Tal vez ya traíamos, en el modo de ser japonés, ese sentido de la organización que le da cuerpo y sentido a una colección, porque una cosa es comprar y guardar, acumular, y otra formar una colección. Y si uno no estudia la colección, se convierte, simplemente, en un cúmulo de cosas, y entonces uno se enferma de la cabeza por acumular”.

Roberto Shimizu está seguro de que la distancia que hay entre un coleccionista y un acumulador no es mayor al grosor de una hoja de papel. “Hay que tener cuidado: a la fecha, hago mi inventario: le elaboro su ficha a cada juguete que llega, ­dónde se compró, quién lo fabricó, y cada mes hago un balance de las piezas que van ­entrando. Ese ejercicio me salvó de ahogarme en la colección. Antes lo hacía a mano, ahora lo hago en computadora. Este balance me ayuda a no perder el piso; hay coleccionistas que se desbalancean la vida, se obsesionan, gastan demasiado. Hay colecciones que llenan cuartos y sus dueños duermen en un catre”.

“Llegó un momento en que empecé a reflexionar: tenía casi 60 años, y pensaba en lo que iba a pasar con la colección. “O la vendo, o la transmito, o la dono”, pensé. Y no, no la donaría. No hay confianza en muchas instituciones, y hay muchas ­colecciones en muchos sitios que han ­sido saqueadas. Yo creo que no hay instituciones en México en las que la gente diga ‘confío plenamente en ellas’”.

Resolvió Shimizu que transmitiría la colección a sus tres hijos. “Pero para eso, ­había que sacar las piezas de sus cajas, montar un museíto. Así se enamorarían de la colección y cuidarían esto como lo que es: un patrimonio de México, porque si bien es cierto que se han resguardado piezas prehispánicas, arte sacro y muchas cosas más, nadie ha conservado lo que fue la historia, la cultura popular del México del siglo XX. Yo fui el único que la guardé, y repito, fue una chiripa”.

Así nació el MUJAM. “Primero era una especie de museo de sitio, pequeño, como para uso de la gente de la colonia. Pero fuimos creciendo en un pequeño edificio que logró construir mi madre”. Hoy, el MUJAM no es sólo el museo del juguete mexicano que se planeó, sino un centro cultural que organiza actividades y conferencias vinculadas a algunos de los grandes temas del lugar: los juguetes, la lucha libre, el arte urbano. La raíz japonesa permanece. Mapas de Japón ocupan los muros, y la familia Shimizu cuida que sus nuevas generaciones se formen con un pie en cada mundo, y la historia familiar, resumida en fotografías que adornan la oficina de Roberto Shimizu, que tiene claro el futuro del sitio: “ser un museo honesto, que recupere el orgullo de ser mexicanos”.

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