“Somos japoneses, ciudadanos del mundo y muy orgullosos de ser mexicanos”: familia Kasuga | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 06 de Abril, 2018

“Somos japoneses, ciudadanos del mundo y muy orgullosos de ser mexicanos”: familia Kasuga

“En la época en que mi papá estaba al frente de la empresa, el mercado mexicano estaba muy cerrado y todo se tenía que fabricar aquí. En ese periodo, la empresa fue creciendo; eran los años del Hecho en México”

“Somos japoneses, ciudadanos del mundo y muy orgullosos de ser mexicanos”: familia Kasuga | La Crónica de Hoy

Mujer y empresaria, “más japonesa que las japonesas” de su generación, María Teresa Kasuga Osaka es parte de una familia de nikkei que, en todo momento, y perfectamente adaptada a la cultura mexicana, mantuvo los lazos con su familia al otro lado del mundo. Su vida profesional, que la llevó a convertirse en la primera mujer que fungió como vicepresidenta de la Cámara Nacional de la Industria de la Transformación (Canacintra) también la convirtió en protagonista de una lucha que permitió sobrevivir a la industria juguetera mexicana.

UNA BATALLA POR LOS JUGUETES. Cada vez que María Teresa Kasuga asiste a las importantes ferias jugueteras de Europa, no puede menos que sentirse orgullosa cuando ve productos que ya ostentan la leyenda “Made in México”.  Toda su vida ha vivido cerca de esos objetos entrañables y le ha tocado defender los intereses del ramo en una de las épocas más complejas en la historia comercial de nuestro país.

Siempre estuvo cerca de Inflables Kay, empresa fundada por su padre, el empresario japonés establecido en México, Carlos Kasuga.  Tocó a María Teresa, la menor de seis hermanos —el mayor, Carlos Kasuga hijo, es el presidente de Yakult México— llevar adelante el negocio de juguetes inflables, aun en épocas en que, debido a la apertura comercial indiscriminada, muchas ­empresas jugueteras quebraron.

“Nuestro lema era ‘Como Kay, no hay’”, recuerda Kasuga. “En la época en que mi papá estaba al frente de la empresa, el mercado mexicano estaba muy cerrado y todo se tenía que fabricar aquí. En ese periodo, la empresa fue creciendo; eran los años del Hecho en México. De repente, vino la apertura comercial. En esa coyuntura, cuando México tuvo que competir con todo el ­mundo, me tocó estar como presidenta de la sección 43 de la Canacintra, que es la del sector ­juguetero.

En esos primeros tiempos de apertura ­comercial, México fue una especie de ­“basurero” del mercado estadounidense: “empezaron a poner normas de seguridad y ­toxicidad a los juguetes, y entonces cualquier juguete chino que no pasaba las normas, era enviado a México”.

Entonces, los jugueteros mexicanos dieron la pelea. “Mi argumento de defensa era: no somos el basurero de Estados Unidos, y si un juguete de mala calidad produce enfermedades a los niños de ese país, también los producirá a los niños de México. Tuvimos que ponernos muy listos, porque fue una lucha muy fuerte: algunos importadores declaraban precios de 40 centavos de dólar cuando el precio real era de 4 o 5 ­dólares. Todos los que integramos la cámara de jugueteros llevamos a cabo un análisis de costos muy cuidadoso, en el cual ­comparamos los costos de producción del juguete mexicano y de sus similares en otros mercados libres y pudimos demostrar que había un dumping tremendo en todo lo que traían de China. Eso permitió que se pusieran impuestos compensatorios de 351% para hacer frente a esa inundación de productos “patito” de mala calidad, que dañaban a los niños de México y frenaban a nuestra industria”.

 En aquellos años, había, asociadas a ­Canacintra, 365 empresas jugueteras, y muchas no pudieron hacer frente a la apertura, y quebraron. Los jugueteros se defendieron, aliados con los productores de ropa y calzado, también afectados. “Los tratados de libre comercio que ha instrumentado el gobierno mexicano permitieron elevar la capacidad de producción, a grado tal que hoy día, México es el tercer productor de juguetes, después de China y Brasil, y es un país elegido por grandes firmas productoras de juguetes, como Mattel, Spin Masters o Lego, para producir, circunstancia que además de riqueza, genera talento, porque se capacita a la mano de obra mexicana y hace que las universidades trabajen materiales y diseño, que se incorporan al aparato productivo. Trabajamos muy de cerca con los secretarios de comercio de los primeros años del TLC para salvar lo que quedaba de nuestra industria juguetera”.

Hoy día, Kay Internacional tiene su planta en el estado de Tlaxcala y, como representante de la mayor productora de inflables del mundo —la firma china Intex— María Teresa Kasuga es una empresaria completamente orientada a la globalidad. El tema no le resulta extraño. Después de todo, forma parte de su educación y su vida familiar.

EL FUERTE LEGADO JAPONÉS. Cuando el japonés Tsutomu Kasuga (Ina, Japón, 1910) llegó a México, a los 20 años, cambió su nombre a Carlos. Por fotografía seleccionó a su novia, Mitsuko Osaka, contento y agradecido de que ella quisiera venir a México y compartir su vida. El ritual matrimonial se efectuó en Ina, en la región de origen de ambos, la prefectura de Nagano, y así la joven Mitsuko salió de Japón convertida en la señora Kasuga. Fue un matrimonio concertado que terminó por ser muy feliz.

La joven cruzó el océano en 1936 y desembarcó en Manzanillo. Por tren, se dirigió a Cerritos, en San Luis Potosí, población donde vivía Tsutomu.  “Muchas gracias por venir a un lugar tan lejano”, le dijo el muchacho de 26 años. Ella tenía solamente 22.  Se puso a trabajar con su esposo en la tienda de abarrotes de Cerritos donde estaba empleado. Luego, se cambió el nombre. Se convirtió en Esperanza Kasuga.

El matrimonio Kasuga trabajó hasta poder independizarse. Se mudaron al pueblo de Cárdenas, también de San Luis Potosí, allí, en 1938, abrieron su propio comercio, que fue prosperando a medida que llegaban los hijos. Tres de los seis hijos del matrimonio Kasuga son potosinos.

Como a tantos otros japoneses mexicanos, la entrada de México en la Segunda Guerra Mundial, los desarraigó. No fueron enviados a los campos de concentración, pero recibieron la indicación de establecerse, o en Guadalajara, o en la Ciudad de México. Volvieron a comenzar, vendieron naranjas y jitomates. Al término de la guerra, ya establecidos definitivamente en la capital, pudieron obtener la nacionalidad mexicana.

El empeño del matrimonio les permitió progresar, poco a poco. Asociado con su paisano, Sadao (Esteban) Yamazaki, Tsutomu puso una dulcería. Esa alianza permitió a las dos familias progresar, desde la adquisición de un auto hasta la compra de los 20 tomos de la célebre enciclopedia El Tesoro de la Juventud. El negocio creció, abrieron una segunda dulcería. La familia Kasuga creció con otros tres hijos, y Carlos comenzó un negocio paralelo, la venta de chabacanos secos salados, los famosos chamoys, que, siendo originalmente una ­golosina para el consumo de la familia, con gran tino, Carlos calculó que podría ser muy popular, puesto que los chiquillos del vecindario solían robarle los chamoys a Esperanza, cuando los ponía a secar.

“Del negocio de chamoys salieron las colegiaturas del Colegio Alemán, que eran muy altas”, recuerda María Teresa, porque sus padres estaban convencidos de que el mejor legado que podían dar a sus hijos era una buena educación, aunque eso significara sacrificios.

“MÁS JAPONESA QUE LAS JAPONESAS”. Como el vínculo con la familia de Japón jamás se perdió, cuando los seis hijos del matrimonio Kasuga terminaban el bachillerato, eran enviados a estudiar a Japón. Pero, educados todos en los valores clásicos de su herencia familiar, disciplina y trabajo, a todos, sin excepción, les tocó ayudar en la tienda, y, cuando crecieron, responsabilizarse de abrir, supervisar la venta y hacer los cortes de caja. “Mi madre era una japonesa muy japonesa, que nos formó con gran rigor y atentos a las tradiciones. A grado tal que, cuando fui a Japón, mis parientes decían que era más japonesa que las muchachas japonesas de aquella época”.

Carlos (Tsutomu) Kasuga, a la par, se distinguió por su enorme generosidad: “siempre había alguien acogido en casa, o que llegaba de Japón y estaba adaptándose, o alguien que se quería ir para allá y no tenía dinero. Son muchísimos aquellos a quienes mi padre ayudó. Cuando falleció —muy joven, a los 63 años— lo sepultamos tres días después, porque el río de gente que quería venir a despedirse, a presentarle sus respetos, no se terminaba”. Hoy, el clan Kasuga sigue siendo conocido, tanto por su capacidad empresarial como por sus causas filantrópicas. Carlos Tsuyoshi, presidente de Yakult México, creó, recientemente, una fundación y un museo, Akane, el seudónimo literario de su madre. Pero no es el único. Todos los hijos de Carlos y Esperanza hacen trabajo social y de apoyo en la medida de sus alcances: en la ciudad de México, en Tlaxcala, en  ­Mazatlán. “Muy orgullosos de la familia a la que pertenecemos; somos ciudadanos del mundo, y al mismo tiempo muy mexicanos”.

 

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