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Bolsonaro, racista admirador de Trump que quiere gobernar Brasil con mano de hierro

Riesgo. Sin Lula en la contienda electoral, el exmilitar de extrema derecha con un largo historial de agresiones y discriminación hacia las mujeres, los negros y los homosexuales, advierte que de llegar a la presidencia estaría a favor de un gobierno dictatorial

A seis meses de las elecciones presidenciales del próximo 7 de octubre en Brasil, donde se da por hecho que el expresidente Luiz Inacio Lula da Silva quedará fuera de la contienda, al ser enviado a prisión acusado de corrupción, el camino quedaría libre para el diputado Jair Bolsonaro, un exmilitar de extrema derecha con largo historial de agresiones y discriminación hacia las mujeres, los negros y los homosexuales, además de que advierte que de llegar a la presidencia estaría a favor de un gobierno dictatorial, destacan reportes de medios internacionales cono el periódico The New York Times, la cadena británica BBC, Univisión y la cadena local O Globo.

Identificado como el Donald Trump de Brasil, Bolsonaro se ha pronunciado por cerrar las fronteras para que no entren más venezolanos que huyen de su país. Asegura que sus hijos nunca tendrían relación sentimental con mujeres negras. Simpatizante de los gobiernos de mano dura, no ha ocultado “estar a favor de otra dictadura” en el gigante de Sudamérica, lo que ha quedado confirmado con sus declaraciones en las que ha reiterado que los militares brasileños debieron haber matado a más enemigos del gobierno durante el régimen en el que las fuerzas armadas llevaron las riendas del pueblo, destacan reportes de medios internacionales cono el periódico The New York Times, la cadena británica BBC, Univisión y la cadena local O Globo.

AMBICIOSO. Bolsonaro fue miembro de Partido Social Cristiano; es diputado federal desde 1991 por Río de Janeiro, pero se adhirió al Partido Ecológico Nacional en 2017, por sus divergencias con el grupo cristiano.

Ingresó a las Fuerzas Armadas en 1979, donde sirvió en el Grupo de Artillería de Campaña, en Nioaque, en Mato Grosso do Sul. Posteriormente sirvió en la Brigada de Infantería Paracaidista de Río de Janeiro, donde comenzó a adoptar un carácter duro.

Documentos secretos del ejército de Brasil en la década de 1980 lo exhibían como un hombre con “excesiva ambición por el dinero”.

La entrada de Bolsonaro a la política surge en 1988, al ser electo concejal  de Río de Janeiro por el Partido Demócrata Cristiano. En las elecciones de 1990 fue electo diputado federal por el mismo partido.

El ascenso político de Bolsonaro ha asombrado a los brasileños, que ven en sus incendiarias declaraciones discriminatorias su principal arma para intimidar a sus adversarios. Algunos simpatizantes del exmilitar lo consideran la solución que necesita Brasil para dejar su crisis política y social, un síntoma de cuán conflictiva se ha vuelto la cuarta democracia más grande del mundo.

SOLUCIÓN. En contraste, una base de fervientes simpatizantes ven a Bolsonaro como la solución radical necesaria para dar la vuelta a la suerte de una nación aquejada por una violencia agobiante, una epidemia de corrupción y una recuperación dispareja de una prolongada recesión económica.

Bolsonaro ha advertido que un regreso al poder del Partido de los Trabajadores pondría a Brasil en un camino hacia la ruina, y ha puesto como ejemplo la crisis que vive Venezuela, y lo que podría ocurrir en Brasil sino se ponen soluciones inmediatas.

En sus escasas presentaciones públicas, Bolsonaro se presenta como un extraño político brasileño con experiencia, pero sin manchas de corrupción, aun cuando información de la prensa brasileña exhibió propiedades que tienen él y sus hijos y lo cuestionan sobre cómo pudieron pagar un departamentos con valor de 4.6 millones de dólares con salarios de burócratas.

De acuerdo con el periódico The New York Times, Bolsonaro cimbró por primera vez con sus polémicas declaraciones a la clase política brasileña en 1993, cuando, recién electo legislador, se pronunció a favor de un regreso del régimen militar: “Estoy a favor de una dictadura”.

ALTANERO. El exmilitar también se ha destacado por ser un congresista altanero y agresor inhumano, ya que se ha caracterizado por discriminar y ofender a sus oponentes o a la misma ciudadanía.

En 2003 acaparó los reflectores de la prensa brasileña al agredir verbalmente a la legisladora, Maria do Rosário Nunes, a quien dijo que no la violaría porque no valía la pena. Sobre las mujeres ha dicho que  “deben percibir salarios bajos, porque se quedan embarazadas”.

Además de discriminar a las mujeres y ser declarado por organizaciones defensoras de los derechos humanos como un misógino, Bolsonaro ha sido duramente criticado por su rechazo a la comunidad negra. De acuerdo con la cadena O Globo, el exmilitar dijo en abril de aquel año, que los negros que viven en una comunidad rural que visitó “no hacen nada” y “ya ni siquiera pueden procrear”. Un juez federal lo multó por esos comentarios, con el argumento de que incitan al racismo.

Tampoco ha ocultado sus sentimientos homófobos, ya que ha declarado que “a los homosexuales no se les quiere, se les aguanta”, y en su abierto rechazo a la comunidad negra seguro en sus declaraciones ha pregonado que sus hijos no saldrían con una negra porque están bien educados.

TRUMP. Ferviente admirador de Trump, a quien envió por Twitter una felicitación por su triunfo en las presidenciales de Estados Unidos, Bolsonaro no sólo admira al exmagnate por sus ideales racistas y discriminatorios, también comparte con él su pelea personal contra los medios de comunicación y amenaza con cerrar las fronteras de Brasil si llega a la presidencia.

El exmilitar ha seguido los pasos de Trump al tratar de humillar a las mujeres en público, tal es el caso del episodio en el que Bolsonaro insultó a la presentadora de Rede TV, a la que llamó “idiota” hasta cuatro veces. Suceso que ocurrió con Trump, quien insultó a una presentadora de Fox News. Según la cadena Univisión.

Bolsonaro, siguiendo la política de Trump, cada vez que se le cita un periódico no deja de denunciar que sus informaciones “son fake news”.

Su plan de gobierno, según ha adelantado, se apoya en el patriotismo, en un retorno a los valores tradicionales de la familia y al militarismo con un gobierno en el que al menos la mitad de sus ministros serán militares.

En lo económico está a favor de bajar los impuestos y ha sido muy crítico con las empresas brasileñas que tienen su sede en el extranjero. En política internacional le interesa que Estados Unidos sea su socio principal, poco o nada quiere saber de América Latina y ve en China al enemigo a combatir, a pesar de ser uno de los pilares sobre los que se sostiene la exportación brasileña.

Para la clase trabajadora tiene dos opciones: “Trabajar con menos derechos o tener todos los derechos y no trabajar nunca”, ha repetido en alguno de sus mítines. Pero lo que le hace cosechar más aplausos es su mano dura en política de seguridad: defiende la pena de muerte, la castración química, cárceles con menos “privilegios” —en el país con la quinta mayor densidad carcelaria del mundo— y el final de estatuto de desarme que prohíbe a los brasileños usar armas de fuego. “Tenemos que poder defendernos de los bandidos, debemos hacer como los norteamericanos”.

También le interesa seguir el camino de Trump en lo referente a la inmigración: “Brasil se está llenando de venezolanos y sirios, no podemos permitir que vengan a sacar el trabajo de los brasileños, debemos cerrar las fronteras”, dijo en un discurso en Manaos el pasado mes de enero.

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