Cultura

En el cuerpo una voz, de Maximiliano Barrientos

Lo malo nunca deja de acontecer:
vive en su propia dimensión,
repitiéndose una y otra vez.

Timo’brien

 

El otro lado de la noche consiste en
que la noche, simple y llanamente, se
te entra por la espalda y se posesiona
de tus ojos para mirar con ellos lo
que no puede mirar con los suyos.

Jaimesáenz

 

Hasta que nos despierten voces
humanas y nos ahoguemos.

T. s. elioT

 

 

Cada vez más pálido, observó por la ventanilla cómo el paisaje se pulverizaba en la velocidad.

Ya no duele, dijo mi hermano.

Retiró una mano de su abdomen y miró el agujero rodeado de sangre seca.

Se ve feo, pero no creo que la bala haya atravesado ningún órgano, dije.

Habíamos robado el auto hacía poco más de cuatro horas y ya casi no nos quedaba gasolina.

Vas a ahogar el motor, dijo. Ahí. Ahí hay una comuna.

El letrero de La Quebrada presidía las casas de adobe con techo de calamina distribuidas de forma arbitraria en un terreno que no superaba las veinte hectáreas.

En la pared de una escribieron pulpería. Detuve el auto.

Entré, dije:

Necesito un médico.

Había dos hombres sentados frente a un mostrador.

Las paredes recubiertas por cuchillos, azadones, bujías, carburadores.

¿No me escucharon?, dije. Necesito un médico.

¿Acaso este lugar te parece una posta?, dijo uno de ellos, un colla petiso, ojeroso.

Por favor, dije. Díganme si puedo encontrar un médico por acá cerca.

Se miraron. El que se había mantenido en silencio, un ayoreo cincuentón, dijo:

No aceptamos bolivianos. Euros o dólares. Puedo darles un reloj, un Eterna-Matic.

El colla asintió. Fruncí los labios, agotado, y descolgué la mochila del hombro. Metí una mano, pero me detuve en seco porque el ayoreo me apuntó con una escopeta con caño recortado.

Despacio, dijo. No te pasés de vivo.

No llevo ningún arma en la mochila, dije.

Tras rebuscar unos segundos extraje el reloj. Lo examinaron.

Seguime, dijo el ayoreo.

Nos metimos por una puerta que daba a una sala donde había cinco peladas que no tenían más de quince años. El maquillaje se les había corrido por el calor. Semidesnudas, dopadas. Una tenía tatuado el vientre: un conejo rosado con alas de murciélago que fumaba lo que a primera vista era un porro. Ni siquiera me miraron cuando pasé de largo. Estaban recostadas en un sofá de terciopelo que colindaba con una vieja rocola descompuesta.

Si querés cocho te va a costar un poquingo más que ese reloj, dijo volteándose, sonriendo, intentando crear complicidad.

Dijo:

Están saningas, recién llegaron.

No, dije. Sólo el médico.

Entramos en una habitación que no tenía ventanas. Corrió una alfombra, abrió una puerta en el piso y bajamos por una escalera hasta llegar a un compartimiento donde había instrumentos quirúrgicos colgados de las paredes. Había una camilla y focos que emitían una luz verdosa. También había un tipo de una gordura obscena en días en los que la mayoría que no morían baleados, morían de hambre o de disentería. Leía una revista de jardinería. Las páginas estaban amarillentas y rotas en los bordes. Nos miró asustado, sin saber qué hacer. Se puso de pie, pero se tranquilizó al comprobar que el ayoreo estaba calmado, yo no representaba ninguna amenaza.

Lo tenemos aquí escondido pa que las brigadas no se lo lleven, dijo el ayoreo. Vos sabés que los médicos valen más que los cochos. A los cochos te los dejan nomás, pero a todingos los médicos se los llevan.

¿Usted es médico?, dije.

Algo así.

¿Cómo que algo así?

Era veterinario, hace harto.

Mi hermano recibió un balazo. Necesita ayuda.

El gordo miró al ayoreo, dudaron.

Eso te va a costar caro, dijo. Más que un reloj.

Volví a revisar la mochila y de entre las cosas que había almacenado antes de la fuga extraje una pulsera de oro que era de mi madre.

Oro de verdad, dijo al examinarla tan sólo unos segundos, sin mostrar sorpresa.

Dijo:

Traelo. Carlos, andá a ayudarlo.

El gordo me siguió hasta el auto, mi hermano estaba con los ojos cerrados, tenía la frente apoyada en la ventanilla. Su respiración la había empañado. Al vernos no nos reconoció, buscó el arma que guardaba bajo el asiento, pero yo me adelanté y dije su nombre y le pedí que se calmara.

Ayúdeme, le dije al gordo.

Olía a cigarro. La piel viscosa, blanca: la de alguien que pasaba la mayor parte de las horas del día encerrado en un sótano. Los rayos hacían estragos en sus ojos.

Entre los dos lo bajamos del auto y lo metimos en la pulpería, pasamos por la habitación de las peladas. Ni siquiera se voltearon a vernos cuando entramos con un hombre herido. Descendimos al sótano.

Perdió harta sangre, dijo el gordo al examinar la herida, al presionar con ambas manos los bordes de ese agujero diminuto que ya empezaba a volverse negro.

Le dio la vuelta y revisó su espalda. No tiene orificio de salida, dijo.

Esterilizó los instrumentos quirúrgicos, derramó un chorro de alcohol en la herida. Mi hermano se quejó, ahogó el grito y volvió a cerrar los ojos. Tenía el rostro cubierto de sudor, los dientes crujían por la fiebre. La piel era tan blanca como la yuca.

¿Qué hago?, dije. ¿En qué ayudo?

Esperá ahí, dijo. No me interrumpás ni me hablés mientras trabajo. Eso podés hacer. Se nos acabó la anestesia, así que esto le va a doler hartísimo. Si intentás parar la intervención la vas a joder. Si no vas a aguantar, andate nomás afuera y yo te busco cuando acabe.

Después de horas de trabajo el gordo extrajo la bala, cauterizó la herida. Le dio analgésicos y antibióticos. Se sentó frente a mí, se limpió el sudor con un trapo y me pasó otra hilera de medicamento para más tarde. La fiebre aún no bajaba. Mi hermano estaba dormido pero de tanto en tanto se movía en la camilla, hablaba solo. No entendía qué decía porque apenas murmuraba.

¿Quién lo hirió?, dijo el gordo.

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