El dividendo de la paz

Manuel Gómez Granados

A principios de la semana que recién concluyó, el obispo de Chilpancingo-Chilapa, el franciscano Salvador Rangel Mendoza, fue motivo de mucha atención y críticas por haber informado que se reunió, una vez más, con líderes de los grupos de narcotraficantes de la montaña de Guerrero y que en esa reunión les pidió que ya no mataran a más personas inocentes.

Los detalles del encuentro sólo los conocen el obispo Rangel y quienes hayan sido sus interlocutores. Es obvio, a menos que se sea necio o se actúe de mala fe, que la situación en Guerrero está lejos de ser “normal”. Las escuelas cierran por miedo —de maestros, directores y padres de familia— de que haya balaceras o de que, como sucedió recientemente en una colonia popular de Acapulco, entren delincuentes a rasurar a niñas inocentes para robarles el cabello. El propio don Salvador debió ordenar —apenas en febrero de este año— a las monjas que lo ayudan en la inmensidad de la sierra, que se retiraran y regresaran a Chilpancingo, para evitar que corrieran más peligro.

Es una pena que haya quienes, desde la comodidad de sus oficinas en ciudades como la de México, denuesten, ataquen y descalifiquen la difícil tarea que realiza el obispo de tratar, por los medios que sea, de reconstruir la paz y reducir la violencia. También es una pena que don Salvador esté solo, que no haya, más allá de las voces que siempre desentonan, quien lo ayude y acompañe en sus críticas y quien haga lo que él no puede hacer: condenar la violencia, señalar los efectos tanto civiles como religiosos de los actos que perpetran los integrantes de las bandas del crimen organizado.

Uno supondría que en casos así las organizaciones de católicos apoyarían de alguna manera al obispo, condenarían la violencia y lo ayudarían a construir la paz. Tristemente no es así. Más bien, como sucede en el caso de la migración con el padre Alejandro Solalinde, lo que se percibe es que don Salvador está muy solo, y eso reduce sus opciones pastorales a hacer lo que él mismo nos informa que hace: dialogar. Debe convivir con quienes llevan destrucción y muerte a la Sierra de Guerrero, sin perder la compostura, sin tomar la ruta sencilla de despotricar contra los narcotraficantes, desde la comodidad de algún lugar alejado de los pueblos donde viven sus fieles.

Sin importar las dificultades que enfrenta, don Salvador trata de construir espacios para la paz, trata de devolver un poco de cordura a pueblos enteros que, dañados por la relativa abundancia económica que trae la producción y venta de amapola, se han convertido en lugares en los que el dinero puede todo y la vida pende de delicados, frágiles hilos que en cualquier momento pueden quebrarse.

Quienes consideren que el obispo de Chilapa es cómplice, deberían pensar dos veces y reconocerlo más bien como rehén de la virtual ausencia de los gobiernos federal y estatal y, sobre todo, contemplarlo como un artesano que hace lo que puede con los recursos a su alcance. Eso parece decirnos un pequeño mensaje puesto en la página de Facebook de la diócesis de Chilapa, que expone:

“Si yo logro poner una semillita en la conciencia de estas personas, una semillita de buena voluntad en su corazón, pues yo ya hice algo; lo malo es que no hiciéramos nada. Se nos van las cosas en discursos, en diatribas, pero ¿qué estamos haciendo en concreto? Militarizando el país o militarizando Guerrero, para mí no es ninguna solución. Es el diálogo, acercarse con ellos” (disponible en https://www.facebook.com/chilapensis/posts/1943280175714315).

 


manuelggranados@gmail.com

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