2018 ¿Por quién votan los obispos?

Juan Manuel Asai

Arranca una semana de intenso protagonismo político de la jerarquía católica mexicana. En las instalaciones de la Conferencia del Episcopado Mexicano, allá por Lago de Guadalupe, se congregarán desde hoy 150 obispos, que encarnan el poder de la Iglesia en el país.

La Asamblea Plenaria ocurre en la segunda semana de las campañas a la Presidencia de la República. De forma casi ineludible los cuatro aspirantes a Los Pinos peregrinarán hasta Cuautitlán Izcalli para comparecer ante los obispos. Desconozco si habrá algo parecido al aplausómetro, pero es obvio que los reporteros de la fuente tendrán la oportunidad de responder (o intentar hacerlo), la pregunta ¿por quién votarán los obispos? En esta oportunidad los prelados tienen en el menú a cuatro creyentes confesos, tres católicos, Meade, Anaya y Margarita y un evangelista, López Obrador, de modo que no tendrán la incomodidad de platicar con algún librepensador que aspire a gobernarnos. Esa especie se extinguió.

Es seguro que en aquellas instalaciones hay muchos libros. Los obispos suelen ser gente muy leída y hasta en latín e italiano se desenvuelven con soltura. La pregunta es si tendrán a la mano algún ejemplar de la Constitución Política mexicana que en varios artículos los alude. Ahí queda expresamente prohibido utilizar los actos públicos religiosos con fines políticos. También hay un ordenamiento que dice que los ministros de culto no podrán asociarse con fines políticos, ni pronunciarse por algún candidato; si lo hacen serán sancionados.

 ¿Por qué hay leyes específicas para contener el activismo político de los curas? La razón de fondo es que el Estado Mexicano existe a pesar de la jerarquía católica. Suena fuerte, pero se ajusta a la historia. Siempre ha habido una relación difícil, tensa que por momentos se ha salido de cauce. A veces se tiran a matar. Se dice poco, porque a nadie le gusta recordarlo, como si no hubiera ocurrido, pero durante la llamada Guerra Cristera, en la segunda parte de la década de los años 20 del siglo pasado, hubo, dicen historiadores, 250 mil muertos. Un baño de sangre que abrió heridas que no han cicatrizado o que lo han hecho mal, pues se infectaron.

Fue la guerra de la jerarquía en contra del gobierno de Plutarco Elías Calles, creador del PRI. De ahí venimos. Sobra decir que México y Vaticano rompieron relaciones diplomáticas. Con el paso de los años la jerarquía y los gobiernos fueron encontrando un modus vivendi conveniente para ambas partes, sin preocuparse mucho por el marco legal. El papa Juan Pablo visitó nuestro país por primera vez en tiempos de López Portillo. Le gustó tanto que regresó un motón de veces. Con el activismo de Juan Pablo la Iglesia Católica reconquistó México. Y ya en 1992 las relaciones diplomáticas se reanudaron de manera formal. El primer embajador fue el profesor Enrique Olivares Santana. No ha pasado tanto tiempo.

México se asume como un Estado laico y los jaloneos con la iglesia han continuado. Uno reciente, con fuerte impacto electoral, ocurrió este mismo sexenio. La jerarquía católica tuvo una reacción rabiosa a la iniciativa del presidente Enrique Peña Nieto de legalizar el matrimonio igualitario, o sea personas del mismo sexo, en todo el país. El resultado es que la iniciativa se fue a las catacumbas. Hacía el futuro hay señales de que la iglesia tendrá seis años de bonanza. Los candidatos presidenciales compiten por ver quién es más mocho. Los aventaja López Obrador, que quiere a curas, rabinos, pastores, para que hagan una nueva constitución… moral.

jasaicamacho@yahoo.com

@soycamachojuan

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