La relación con EU, necesaria revisión

Francisco Báez Rodríguez

El discurso del presidente Peña Nieto a la nación, primero, y la reunión de gabinete para reevaluar la cooperación con Estados Unidos, después, hablan de un inédito desencuentro bilateral entre las dos naciones, como no había ocurrido, al menos, desde 1969, cuando la “Operación Intercepción” de EU quiso sellar las fronteras terrestres y el gobierno de Nixon tuvo que echar reversa.

Tanto el cambio de retórica como la decisión de ir más allá y revisar otros aspectos de la relación llegan más de un año después de la toma de posesión de Donald Trump. La razón, ha quedado claro, es que la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte va tan encaminada, que resulta muy difícil suponer que pueda ser descarrilada, a menos de que el presidente de EU ponga a sus fobias por delante de los intereses de importantes grupos económicos de su país y también delante de los del Partido Republicano.

Si durante 2017, la parte más interesada en acelerar la negociación del TLCAN era México, por la intención de que no se cruzara con el proceso electoral, ahora es la parte estadunidense la que tiene prisa, por la alta probabilidad de que los republicanos sufran un revés en las elecciones intermedias de noviembre, y cambie la composición en el Capitolio. También, en aquel lado, empieza a verse la preocupación de los cambios que vendrán en la próxima Legislatura mexicana.

El gobierno mexicano puso, por encima de cualquier otra consideración, la renegociación del acuerdo comercial, como condición estratégica para el mantenimiento del modelo que ha dado estabilidad macroeconómica a México. Siempre ha visto la posibilidad de que el acuerdo se deshaga como una catástrofe, a pesar de las palabras tranquilizantes de algunos de los negociadores de que tampoco sería el fin del mundo. En función de ello ha sido su actitud.

Eso implicó estar soportando estoicamente las agresiones constantes y las impertinencias del Tuitero en Jefe de EU. También significó asumir una pérdida en la aprobación ciudadana —que ya de por sí era baja antes de la malhadada visita de Trump a México— hacia la labor del gobierno y del Presidente.

Para todos queda claro que buena parte de la furia retórica de Trump está guiada por la política interna. Se trata de un presidente asediado por sus escándalos y sus errores, que intenta mantener fiel a su base electoral a través de veneno ideológico y mentiras. Pero es también cierto que esa retórica se tradujo en condiciones más difíciles para los mexicanos del otro lado de la frontera, que son tan ciudadanos como los de acá, y en acciones hostiles diversas, la más notable de las cuales es la orden de enviar a la Guardia Nacional a la zona fronteriza.

En ese sentido, era imposible seguir jugando a no meterse en la política interna de otras naciones, porque esa política interna afecta directamente a nuestros connacionales y también atenta contra la imagen de México y el mundo. Fue lo que, finalmente, hizo el presidente Peña con su mensaje a la nación.

El discurso de Peña Nieto fue bien recibido por los mexicanos, lo que muestra que la sociedad sí está dispuesta a escuchar y no descalifica a ciegas. Era algo que se deseaba desde hace mucho tiempo, y el ominoso silencio gubernamental era, para muchos, una afrenta a la dignidad pisoteada por el inquilino de la Casa Blanca. De ahí la sensación de alivio: por fin México levantó la voz.

Es previsible que algo similar pase con cualquier revisión que se haga a la cooperación binacional, que es la parte más importante, aunque la verdad seguimos siendo una nación amante de la retórica y las palabras bonitas por encima de los hechos.

Pero se trata de un apoyo pasivo. Desgraciadamente, poner por enfrente, de manera total, la negociación comercial, evitó que se convocara al diseño de una estrategia nacional, en el que participaran tanto las fuerzas políticas como la sociedad civil. Evitó que se generara un frente único en materia de la relación con Estados Unidos. La reacción unánime de los candidatos presidenciales muestra, de entrada, que se trataba de una estrategia realista y posible. El gobierno tal vez no midió bien a la sociedad mexicana, que siempre ha tenido aprecio por su dignidad y soberanía, y prefirió una estrategia prudente.

Trump no respondió al mensaje de Peña Nieto, probablemente porque, como el león cree que todos son de su condición, lo consideró como una movida de política interna. Pero no. Era para que se escuchara también en Estados Unidos. De ahí el siguiente paso.

Será necesario que la revisión a la cooperación bilateral se haga de manera inteligente, porque si bien hay áreas en las que ésta es fundamental para naciones que son socios y vecinos, hay muchas más que, en el fondo, son intromisiones innecesarias, que obedecen más al interés de EU que al de México. Hay que saber en dónde les duele. Al tiempo, hay que cuidar la densa relación entre los dos países.

También habría que dejar claro que esa revisión no está ligada sólo al diferendo sobre la frontera, el muro y la Guardia Nacional. Hay un problema más grave, que es la hostilización y la criminalización de mexicanos que viven en Estados Unidos. No se trata de un tema de política interna de allí: es el tema de los valores de la democracia y el respeto a las personas, independientemente de su condición, que afecta a ciudadanos de nuestro país.

México es capaz de mantener una posición de apertura y respeto. Pero, ya sin pretextos, sólo puede hacerlo si al mismo tiempo sostiene una posición firme, de principios, con hechos.

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