Nacer en marzo, morir en abril

René Arce

( Tercera parte )

En 1968 los jóvenes de Roma, París, Praga, Chicago y otras grandes ciudades iniciaron movimientos por mayores libertades democráticas y en contra de autoritarismos y colonialismos. La Ciudad de México no fue la excepción, miles de jóvenes salieron a las calles para exigir que cesara la violencia por parte de la policía, se atrevieron a cuestionar a figuras que por décadas habían sido intocables: en primerísimo lugar la Presidencia de la República, también el Ejército. Con alegría, espontaneidad y desparpajo los jóvenes universitarios, politécnicos y normalistas, acompañados de muchos de sus maestros, conquistaron la simpatía de un gran sector de la población.

Octavio Paz, embajador en la India, envió escrito al canciller de México Antonio Carrillo Flores, para que se buscaran formas pacíficas y se evitara la violencia; días después, el gobierno mexicano tomó la decisión de masacrar a los jóvenes en la Plaza de Tlatelolco, desatando una persecución en contra de sus dirigentes.

Paz, quien de joven había participado en movimientos semejantes, tomó la drástica determinación de renunciar a su cargo de embajador como protesta. El 3 de octubre publicó un poema denominado México: olimpiada de 1968, que dice “La limpidez (Quizá valga la pena/ Escribirlo sobre la limpieza de esta hoja)/ No es límpida:/ Es una rabia (Amarilla y negra)/ Acumulación de bilis en español/ Extendida sobre la página./ ¿Por qué?/ La vergüenza es ira/ Vuelta contra uno mismo:/ Si/ Una nación entera se avergüenza/ Es león que se agazapa/ Para saltar./ (Los empleados Municipales lavan la sangre/ En la Plaza de los Sacrificios.)/ Mira ahora,/ Manchada/ Antes de haber dicho algo/ Que valga la pena/ La limpidez.”

De los miles de funcionarios, sólo Octavio Paz se atrevió a desafiar a Gustavo Díaz Ordaz, presidente de México, renunciando y publicando su ¿por qué?, ello le valió que ese Presidente criminal, intentara desacreditarlo, atacándolo de manera personal, en conferencias de prensa en cadena nacional, espiándolo en sus actividades. Octavio Paz tuvo que autoexiliarse en París e Inglaterra. Regresó a México hasta 1971, cuando había ya otro presidente, Luis Echeverría, quien liberó a los presos políticos, ofreció apertura democrática; incluso, para ganarse a Paz, hizo obligatoria la lectura en Preparatoria de El Laberinto de la soledad. A los pocos meses de su llegada, el 10 de junio de ese mismo año, grupos paramilitares asesinaron y golpearon a estudiantes en una manifestación, lo que causó el desencanto de Paz.

En Cuba, el régimen castrista enjuicia al poeta Heberto Padilla, a quien primero se le aisló de la comunidad intelectual, despidiéndolo de su trabajo, se le encarceló, junto con su esposa se les aterrorizó, después se le obligó a autoculparse como contrarrevolucionario, recordándole a Paz los juicios de Moscú. Inmediatamente publicó su rechazo a este acto, lo que le ganó nuevamente el ataque de toda la intelectualidad e izquierda procastrista.

En 1984 se repetirían estos ataques cuando Paz, al recibir el Premio de los Libreros y Escritores Alemanes, en su discurso denunció la conducción autoritaria y corrupta de los sandinistas en Nicaragua. En esa ocasión, grupúsculos de la izquierda radical maoísta y estalinista, quemaron una efigie del poeta frente a la embajada norteamericana.

Paz sostuvo debates con intelectuales nucleados la mayoría en la revista Nexos, entre otros, con Carlos Monsiváis. En 1989 los hechos le dieron la razón, cuando colapsó el socialismo real,  regímenes autoritarios fueron cayendo uno a uno. En los casos de Cuba y Nicaragua, la realidad  hoy es más que evidente.

En 1990, le otorgan el Premio Nobel de Literatura y se convierte en el mexicano más universal de las Letras.

En 1997, la izquierda gana el Gobierno y el Congreso de la Ciudad de México. Proponen a Paz para recibir la Medalla al mérito ciudadano, la inmensa mayoría de los diputados del PRD se oponen, presentando como alternativa a Elena Poniatowska, invitan a Carlos Monsiváis a que argumente a favor de Elena, al preguntársele cuál era su opinión entre los méritos de Paz y Poniatowska, su respuesta fue “A mí me invitaron a hablar de seres terrenales, no de dioses del Olimpo”. Después del comentario de Monsiváis, la izquierda, aunque tarde, dio a Paz un justo reconocimiento.

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