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Su ausencia en Lima lo confirma: Trump desprecia a los latinoamericanos

Desaire. La Cumbre de las Américas, que se inaugura hoy en Perú, no contará por primera vez con la participación del presidente de EU. Su soberbia es tan grande que da alas a los que piensan que la región debe acercarse más a China, aunque sólo sea para ver cómo se pone rojo de ira quien, en el colmo del cinismo, denunció que “América Latina no necesita otro nuevo poder imperial”

En la era Trump, el cinismo, la soberbia y la torpeza van de la mano y producen situaciones esperpénticas como las que pasamos a narrar en tres fases.

Fase 1: Cinismo. El pasado 8 de febrero, el entonces secretario de Estado de EU, Rex Tillerson —ya no lo es porque fue despedido de malas maneras por el presidente Donald Trump— hizo una declaración que induciría a la carcajada si no fuera porque la pronunció el jefe de la diplomacia estadunidense y, por tanto, hay que tomarlo muy en serio. Dijo lo siguiente: “América Latina no necesita un nuevo poder imperial”. Lo hizo —sin decirlo— para recordarnos el mal humor que tiene su jefe si sus “súbditos” de la región siguen dándole celos con sus coqueteos con los chinos y sus promesas de multimillonarias inversiones y acuerdos comerciales en la región. “La depredadora China sólo busca su propio beneficio”, dijo el que fuera su vocero en asuntos internacionales.

Una de dos: o Trump es mucho más idiota de lo que aparenta y no sabe lo que dice, o tiene mucha cara dura y muy poca vergüenza, no ya por obviar que Estados Unidos siempre ha sido el mayor depredador del continente, sino por admitir que, efectivamente, su ambición es que su país siga siendo un imperio y que sólo él tenga derecho a mandar a los latinoamericanos.

Fase 2: Soberbia. Como era de temer, esa bochornosa declaración fue seguida de un silencio no menos bochornoso de nuestros líderes latinoamericanos —ni siquiera el venezolano Nicolás Maduro abrió esta vez la boca—, pero tuvo que haber escandalizado a más de un colaborador del inquilino de la Casa Blanca, porque poco después, en un tono conciliador, declaró su entusiasmo por viajar a Lima para participar en la Cumbre de las Américas y convivir un par de días con sus “amigos” de la región, sin importarle, aparentemente, la presencia de su odiado Raúl Castro, el mismo que se tomó una foto histórica con Barack Obama en otra Cumbre de las Américas, la de Panamá en 2015, y que abrió el camino a la reanudación de relaciones diplomáticas entre EU y Cuba.

Desgraciadamente, todo el camino andado por el presidente demócrata en ocho años lo desanduvo el republicano en poco más de un año. Después de devolver las relaciones con Cuba a los tiempos de la Guerra Fría, de ordenar deportaciones masivas y castigar a las ciudades y estados-santuario, de humillar al presidente Enrique Peña Nieto con la amenaza de que México pagará el muro, de despojar del estatuto de refugiados a haitianos y salvadoreños, de despreciar la ayuda a Puerto Rico, de amenazar a Canadá y México con dinamitar el TLC, o de sacar bruscamente a EU del Acuerdo Asia Pacífico de Libre Comercio, Trump pareció entenderque una manera de congraciarse con los latinoamericanos sería viajando hoy a Perú y el fin de semana a Colombia.

No se equivocó del todo. Ya sea por malinchismo o por puro pragmatismo económico y diplomático, los presidentes latinoamericanos (excepto los habituales del bloque chavista, menos Maduro, que no fue invitado) estaban dispuestos a rendir algún tipo de pleitesía al jefe del “imperio” de toda la vida. De un modo u otro, iban a decirle que si se habían acercado a China era porque EU se alejó y los abandonó, pero que estarían dispuestos a corregir el rumbo al norte.

Pues ni aun así. En su soberbia, que lo ciega todo, Trump anunció hace apenas tres días que cancela su viaje a Sudamérica porque la crisis siria lo obliga a estar en Washington, sin importarle que la prensa recordase que hace un año ordenó su primer ataque a Siria desde su casa de playa en Florida, o que el Air Force One es como si se llevara el Despacho Oval a cualquier parte del mundo.

Fase 3: Torpeza. El grosero desaire de Trump a su anfitrión peruano y a sus invitados no es sólo un episodio más de la larga lista de desagravios a la región, sino la confirmación de que su maltrato a Latinoamérica va mucho más allá de su exacerbado proteccionismo y patriotismo. Es algo más profundo, siniestro y de imposible solución, porque es parte de su naturaleza, y qué mejor para describirlo que usando sus propias palabras cuando fue cuestionado por su decisión de retirar el estatus de refugiados a inmigrantes que huyeron de El Salvador y África por la violencia, de Nicaragua por un devastador huracán, y de Haití por el catastrófico terremoto: “¿Y por qué Estados Unidos va tener que acoger a gente de países de mierda? ¿Por qué no vienen mejor de Noruega?”.

Sus palabras hirientes lo dicen todo. Trump en realidad no es simplemente un xenófobo, es un racista supremacista. Si eres blanco de origen y de cultura anglosajona, eres bienvenido a EU; si eres negro o latino y encima viene hablando en español, regrésate a casa.

Como dijo a la agencia EFE el presidente del centro de estudios Diálogo Interamericano, Michael Shifter, tras la repentina cancelación del presidente de EU de su viaja a la Cumbre de las Américas, “es difícil sacar alguna conclusión que no sea que a Trump, obsesionado como está con la política doméstica y con contentar a su base de votantes, simplemente no le importa Latinoamérica”.

Los datos de la última encuesta Gallup son reveladores: Latinoamérica es la región donde el presidente Trump es más impopular que en ninguna otra parte del mundo, con sólo un 16 por ciento de apoyo. Y mientras tanto, el comunista Xi Jinping se frota las manos y se presenta ante el mundo como el líder global del libre comercio justo.

Esto es lo que está consiguiendo Trump con sus exabruptos, insultos y frivolidades: que Estados Unidos sea cada vez menos grande.

 

fransink@outlook.com

 

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