Cultura

Sergio Pitol fue el gran constructor de relatos y un hombre generoso

Adiós. El escritor, traductor y académico falleció ayer a los 85 años en su casa de Xalapa, Veracruz. Tenía una curiosidad única, juguetón, imaginativo, amante de las palabras y del lenguaje, dice Rosa Beltrán. Un autor pulcro y con un estilo propio que deja una obra muy importante en nuestra lengua: Homero Aridjis

Un constructor de relatos que gozaba ver películas de la época de oro del cine mexicano y memorizar los diálogos junto con Carlos Monsiváis, el mejor traductor que ha tenido el país en el siglo XX y XXI, el Mago de Viena que de joven frecuentó la lectura de poesía en Casa del Lago, y un cuentista modelo para la literatura mexicana. Así, escritores, académicos y amigos recordaron a Sergio Pitol Demeneghi (1933-2018), quien falleció ayer a los 85 años de edad en su casa de Xalapa, Veracruz.

Hasta el momento, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) anunció la realización de dos homenajes al Premio Internacional Alfonso Reyes 2015: uno será el 20 abril a las 16:00 horas en el Foro Fuente de la Fiesta del Libro y la Rosa y el segundo, en la Facultad de Filosofía y Letras en Ciudad Universitaria, aunque la fecha está por confirmarse.

Para Rosa Beltrán, escritora y actual responsable de la Dirección de Literatura de la UNAM, Pitol Demeneghi fue un hombre excéntrico, tanto en su escritura como en su trabajo de traductor, además de que fue la persona más honesta y erudita que conoció.

“Es uno de los seres humanos más extraordinarios que he conocido, generoso, de una curiosidad única, juguetón, imaginativo, amante de las palabras y del lenguaje. Se divertía haciendo citas de películas mexicanas de la época del cine de oro, me tocó presenciar varias escenas de él con Carlos Monsiváis, en donde uno y otro repetían diálogos de películas protagonizadas por María Félix o Dolores del Río y ambos se morían de la risa. Tenía un enorme sentido de la parodia”, recuerda.

Beltrán, platica que conoció a Sergio Pitol en los años 90. “Fuimos cercanos durante varios años, tuve la oportunidad de acompañarlo en algunos viajes, específicamente a Rusia para homenajear a Tolstoi. Me deslumbró desde ese momento su capacidad imaginativa y creativ, porque de todo ese viaje él hizo literatura”, señala la autora, quien se refiere a la novela El viaje, en donde Pitol retomó anécdotas de aquella experiencia.

La escritora también recuerda a Sergio como uno de los pocos escritores que leía profusamente literatura de las distintas tradiciones, logrando con ello acercar autores desconocidos a los mexicanos, prueba de ello, indica, es la biblioteca que deja en su casa de Xalapa.

“Tradujo autores chinos, checos, rusos… por ejemplo; Las aventuras del buen soldado Schveik durante la Guerra Mundial, del checo Jaroslav Hasek, era un libro que citaba a menudo. Ese trabajo refleja el humor y el alto sentido de la crítica que puede alcanzar un escritor cuando toda su obra es atravesada por la ironía. Eso se ve en sus traducciones”, señala.

Sobre el interés del Premio Juan Rulfo (1999) por las culturas de Europa del este, Beltrán explica que esa curiosidad nació de una enfermedad de infancia que lo hizo estar en cama y por lo tanto, su abuela le acercó libros de autores rusos.

“Después, su afán viajero lo llevó a conocer la literatura de otras latitudes. Vivió en Europa del este, Rusia e Inglaterra; él vivía de la traducción, así que, por necesidad, el hecho de enviar sus traducciones lo convirtió en un excéntrico, en el sentido de que no estaba escribiendo lo mismo que escribían los autores mexicanos de esa época y en el sentido de que fue alguien que se dedicó a leer a otros escritores”.

Con ese ejercicio, comenta, Pitol mostró su erudición y honradez, porque perteneció a esa generación de autores que leyeron a otros escritores, “hoy hay autores que se precian de no leer a otros escritores”.

Más que cuentista, añade la escritora, su amigo fue un constructor de relatos, descubrió a su otro yo, tema que lo persiguió y que está en El arte de la fuga. “Ahí descubre su estilo más genuino, el que va a explotar en sus últimos años de escritor y que combina la crónica, el relato, el libro de viajes, cuento, todos los géneros en uno. En eso Sergio Pitol era un maestro”.

AMOR AL CUENTO. Sergio Pitol solía ir a la Casa del Lago, ahí, en ocasiones, se encontraba a varios amigos, entre ellos, al poeta Homero Aridjis, con quien planeó hacer una antología de cuentos seleccionados por ellos mismos; sin embargo, nunca realizaron el proyecto porque no tenían un editor que los apoyara.

“Yo era de los que iban a jugar ajedrez y recuerdo que un día, caminando en la Casa del Lago planeamos una antología del cuento. Entonces, elaboré una lista de cuentos para incluir y él elaboró la suya, pero en ese tiempo no teníamos muchas influencias con los editores y se quedó ahí la idea proyecto”, narra Homero Aridjis.

El también activista ambiental, todavía conserva en su casa, esa lista. “Está entre mis papales de la época, hablo de los años 60. En la antología había nombres como William Faulkner, Jorge Luis Borges, Juan José Arreola, Juan Rulfo, Horacio Quiroga, Nikolái Gógol... Lamenté que abandonamos el proyecto”, recuerda.

Para Aridjis, Pitol Demeneghi fue un escritor pulcro y con un estilo propio. “Deja una obra muy importante en nuestra lengua, en Xalapa hizo muy buena labor. Muchos escritores mexicanos deberían imitar el compromiso que tuvo con Veracruz y tenerlo en sus propios estados, porque muchos cuando llegan a vivir la Ciudad de México se desvinculan de las tradiciones culturales de sus estados”.

Sobre las obras que tradujo, el poeta destacó que son excelentes y “son traducciones que van a quedar como referencia en nuestro idioma”.

“Cuando él estuvo en Polonia, de agregado cultural, introdujo a los autores polacos no solamente a México, sino a la lengua castellana. Hizo muy buena labor porque era de los pocos que hablaban en nuestro país el polaco. Luego estuvo en Rusia y tradujo de lengua inglesa y rusa. Esas traducciones las considero las mejores traducciones que tenemos, por ejemplo, la novela de Henry James: Otra vuelta de tuerca, que es un clásico de la literatura inglesa o El corazón de las tinieblas de Jospeh Conrad”, destaca.

PRIMER CUENTO. Un embajador de México en el extranjero y un embajador de las letras, así define Sara Poot-Herrera a Sergio Pitol. La también investigadora del Departamento de Español de la Universidad de California, en Santa Bárbara, EU, recuerda que hace 24 años, hospedó en su casa al autor de El desfile del amor.

“Estuvo en la Universidad de California, Santa Bárbara, el viernes 22 de abril de 1994, fue nuestro cuarto Coloquio de Literatura Mexicana, ahora ya llevamos vintiuno y se lo dedicamos a la obra de Sergio Pitol, a su narrativa y se habló de él como excelente novelista, traductor, hombre de cultura y como un ser excepcional”

Ese mismo año, indica, fue a Xalapa, a un congreso y la Universidad de California ofreció una mesa al Mago de Viena.

“Les contaba a mis colegas que cuando estuvo aquí Sergio con esa nobleza humana, estuvo hospedado en mi casa y fue maravilloso porque dejó una luz preciosa. Cuando le preguntaron cómo invertiría el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Lingüística y Literatura (1993), respondió: en un jardín, voy a comprar un jardín”, cuenta.

Para Sara-Poot, Pitol fue un escritor y gran traductor que nunca perdió la realidad y ésta fue su contexto inmediato. “Su cariño por la gente, por la naturaleza, por su perro, por sus libros, sus viajes, siempre fue uno de los escritores más nobles, humildes y sencillos, siendo lo grande que era, lo cual es muy difícil de encontrar hoy”.

Ese amor del Premio Cervantes 2005, se extendió a un cariño y respeto por los escritores de su generación: Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, Margo Glantz y Elena Poniatowska. Resultado de ello es la anécdota de la publicación del cuento “Victorio Ferri cuenta un cuento”, dedicado a Monsiváis y editado por Juan José Arreola.

“Su primer cuento ‘Victorio Ferri cuenta un cuento’, se lo publicó Juan José Arreola y es extraordinario. Cuando nadie hablaba de la metaficción, de la escritura sobre la escritura, ya Sergio Pitol publicaba un cuento con un tono entre fantástico en esa San Rafael que fue su espacio literario”.

Es un cuento, añade, en donde un niño enfermo está hablando de su padre que lo asemeja con el demonio, de la hacienda san Rafael, de su enfermedad. “Al final, el cuento termina con un epitafio que al lector lo sorprende: Victorio Ferri murió niño, su hermano y hermana lo recuerdan con amor. Es un cuento modelo dentro de la cuentística mexicana. Se publicó en los Cuadernos del Unicornio, en 1957”.

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