Claudia Sheinbaum y su política de camellón | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 13 de Abril, 2018

Claudia Sheinbaum y su política de camellón

Accidente. La exdelegada de Tlalpan encabezó un evento en el que las abuelitas gritaron, no de emoción, sino por un susto, pues un tubo que sostenía la carpa cayó a unos centímetros de ellas

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Las abuelas terminaron entre gritos, no por la promesa de recibir pensiones desde los 65 años, sino por la estridente caída de dos tubulares llevados ahí para sostener la carpa donde, Claudia Sheinbaum, ofreció un sinuoso discurso de cambio.

La candidata a la jefatura citadina volvió a Coyoacán, a la tierra de Mauricio Toledo y sus agitadores, aunque esta vez no hubo sillazos, huevazos ni infartos… Pudo haberlos, de no ser por el auxilio divino: los tubos, sobre la caja de una camioneta de carga, se desplomaron a centímetros de un trío de ancianas y de un grupo de jóvenes enviados por el partido Encuentro Social, de sospechosas cantaletas.

Del ¡Claudia, Claudia! se pasó al ¡Jesús, María y José!...

El porrazo interrumpió el himno nacional, elegido para despedir el mitin. Sheinbaum olvidó por unos instantes el “sonoro rugir del cañón” para concentrarse en el griterío senil. No pasó del susto…

“Señoras, se salvaron de milagro”, celebró uno de los trabajadores del alquiler de sillas y toldo.

Hubo quien interpretó el incidente como una suerte de hechizo maligno, inevitable en terreno enemigo. Pero otros lo consideraron un guiño afortunado:

“No fue de milagro: es un buen presagio de que, con López Obrador, nada nos pasará”, alcanzó a decir una de las mujeres salvadas, apenas recobrado el aliento.

AJENOS. Para su regreso a territorio coyoacanense, la morenista eligió un arbolado camellón de la colonia Educación. A 26 grados centígrados, los asistentes —la mayoría fieles de avanzada edad— resistieron el sopor de la espera con buches de agua y hojas de periódico convertidas en abanicos, entre notas guapachosas al ritmo de: “Si el país se moreniza, no nos gana Televisa”. Ajenos a esa ardiente realidad, los políticos llegaron al evento muy tapados, casi envueltos en sus ropajes insólitos: Claudia con una chamarra bombacha y Martí Batrés, candidato al Senado, con gabardina pétrea.

—¿De qué helada vendrán estos cuates? —se escuchó decir entre el público.

La candidata fue recibida con un arreglo de flores y una pintura a cuadro, también de tintes florales. Y de inmediato Carlos Gómez Vázquez, un vecino de la demarcación, tomó el micrófono: “Bienvenida a Coyoacán, su casa, y esperamos que a partir del primero de julio toda la ciudad sea su casa. Ya no aguantamos tantos años de estos yupis, ignorantes y pendejos”, dijo con una voz entrecortada, idónea para un acto funeral.

El ánimo tardó en encender. No lo logró Guadalupe Ramos Sotelo, la aspirante a la Cámara de Diputados por el Distrito XXIV, con palabras trastabillantes y un mensaje cantinflesco, casi al estilo de Cuauhtémoc Blanco.

Tampoco el catrín Batres, cuyo único chispazo fue el compromiso de renunciar a la mitad de su salario legislativo para donarlo a las escuelas de Morena.   

¿Qué fue hacer política sobre un camellón? Sheinbaum vaticinó en el triunfo un apoyo sin precedente a los espacios deportivos y al medio ambiente de la capital, quizá sin saber que aquella carpa montada para recibirla fue amarrada de los castaños y eucaliptos en derredor, dejando al final un destrozo de ramas. También fue sujetada de un aparato para hacer abdominales, parte de un gimnasio al aire libre ubicado justo detrás del estrado; por el peso y la presión, el ejercitador quedó desprendido del piso.

Más allá de la paradoja, mostró una seguridad natural entre quien se sabe puntera en las encuestas. “Las corruptelas acabarán, porque vamos ganando 2 a 1 en las encuestas”, dijo.

Fue un discurso largo y tedioso de repente para una multitud de arribo tempranero. Como si se tratara de una declaración para probar la inocencia, Sheinbaum apretujó las frases para abarcar todos los temas: desarrollo inmobiliario, educación, cultura, manejo de recursos públicos, trabajo, desarrollo social, seguridad pública, transporte y otros servicios.

Cuando detectaba hastío, le bastaba soplar una propuesta popular para  recuperar los bríos de la muchedumbre:

“¡Vamos a implementar un sistema de transporte eficiente, al que llamaremos cablebús y que trasladara a la gente desde las periferias de la ciudad hacia el centro… Y acabaremos con las fotomultas”.

“Todos los días: de lunes a domingo a las siete de la mañana, haremos una reunión de seguridad pública… y que no se crea que porque somos mujeres no podremos contra la inseguridad”.

“Libertad y no represión: vamos a llenar las plazas públicas de cultura, y no de policías”.

Ensayó un discurso cada vez más parecido al de López Obrador, con expresiones recurrentes como: “No les voy a fallar”, “Jamás voy a traicionar al pueblo” y “ejerceremos un gobierno de austeridad”.

En 40 minutos de arenga, mencionó dieciséis veces el nombre de Andrés Manuel… Y era antídoto contra el fastidio.

¿Qué fue hacer campaña en un camellón central, rodeado de negocios populacheros? Fue reprochar violaciones del actual gobierno al uso de suelo mientras doña Maricruz colocaba uñas postizas; anunciar el ahorro de 25 mil millones de pesos, mientras don Fermín, el mecánico, terminaba un cambio de aceite; presagiar tiempos mejores para la educación universitaria, mientras don Alonso se alistaba para sacar los bolillos del horno.  

Doña Carmen colgaba los sacos recién planchados en seco y el doctor Morales rasuraba a un perro pekinés y la candidata ya se despedía.

Las abuelas salvadas del tubo por orden celestial recobraron fuerza para seguir los pasos de la enviada de Andresito. Aferradas a su bastón, la persiguieron hasta el vehículo de campaña para pintarle una bendición y susurrarle buenaventuras:

—Claudita, no te olvides de los viejos.

—Señorita, usted es nuestra esperanza…

“Ya la van a subir al carro”, se lamentaban unas, sin oportunidad siquiera para el efímero contacto.

El catrín había huido también, engalanado con su prenda hasta las rodillas para protegerse de los 26 grados centígrados. A la suspirante Ramos Sotelo nadie acechó. Se marchó con sus palabras enredadas, sus labios de carmín y sus zapatillas fufurufas.

No hubo sillazos, pero sí tubazos. Tampoco infartos, pero casi… ¿de milagro?

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