Casandra en México

Edgardo Bermejo Mora

Le atribuimos a Homero, a Esquilo y a Eurípides esta terrible lección humana:

Casandra, castigada por el dios Apolo, cuyos amores ha despreciado, es condenada al beneficio de la profecía como un don natural,
pero con dos limitaciones fatales: nadie habrá de creer sus vaticinios y no podrá, en modo alguno, modificar lo que depara, impasible, el futuro.

Sus contemporáneos la oyen pero no la escuchan, y esta terrible condición la orilla a la locura y desesperación. Casandra es la única que ha visto en sueños  la destrucción que se avecina sobre la sitiada Ciudad de Troya, asediada por los aqueos. Sabe que el enorme caballo de madera que le han entregado a la ciudad  como un obsequio de sus enemigos, alberga en sus entrañas la derrota y el estropicio, pero no le creen.

El mito de Casandra que aparece en La Ilíada  nos ha acompañado  de manera fatal a lo largo de la historia. El pesimismo como una forma de la locura, el descrédito de los herederos de Casandra que anuncian  a gritos que  la tragedia acecha a la vuelta de la esquina, sólo para ser desoídos.

La gran poeta polaca Wislawa Szymbrska, premio Nobel de literatura en 1996, escribió unos versos formidables alrededor de la figura de Casandra. La imaginó  reflexionando desde algún punto de la ciudad de Troya saqueada por sus enemigos  y envuelta en llamas:

Soy yo, Casandra.

Y ésta es mi ciudad bajo las cenizas.

Y éste es mi bastón y éstas mis cintas de profeta.

Y ésta es mi cabeza llena de dudas.        

Es verdad. Tenía Razón.

Mi cordura se observa en el rojo resplandor del cielo.

Pero sólo los profetas que no son creídos tienen esta vista. (…) Ahora recuerdo con claridad
cómo la gente, al verme, callaba en mitad de la frase.        
La risa se les cortaba, huían.

Yo los amaba.

Pero los amaba desde lo alto.

Desde encima de la vida.

Desde el futuro. (…)

Yo tenía razón.

sólo que eso no significaba nada.

Y éstas son mis ropas chamuscadas.

Y éstos, mis trastos de profeta.

Y ésta, la mueca de mi rostro.

Curiosamente, otra poeta galardonada con el premio Nobel, la chilena Gabriela Mistral, también escribió sobre Casandra, quién —nos dice— “recitaba la muerte como un refrán desde niña sabido”:

Yo soy aquella a quien dejara Apolo en pago de su amor los ojos lúcidos para ver en el día y en la noche
y ver lo mismo arribar su ventura que su condenación. Así Él lo quiso.

Todo lo supe y vine a mi destino sabiendo día y hora de mi muerte.

Traigo al recuerdo la figura de Casandra porque no puedo no pensar que un grave peligro de violencia se asoma sobre el actual proceso electoral y sus candidatos. No es ni siquiera una posibilidad, es un hecho real que suma muertos semana a semana y al que de manera perturbadora nos estamos acostumbrando.

Me resisto a ver  en todos estos crímenes un dato menor ––apenas  un daño colateral–– del clima político de los últimos meses: contamos más de 30 candidatos asesinados desde que arrancó formalmente el actual proceso electoral. La violencia está en el centro de nuestra agenda política  pero no le estamos otorgando la aterradora centralidad que manifiesta, sólo por el hecho de que las víctimas hasta ahora han sido candidatos a presidencias municipales y diputaciones locales.

 ¿Tendremos acaso que esperar un atentado a un candidato con mayor peso para darnos cuenta de la gravedad de la amenaza? ¿Alguna duda sobre la capacidad de fuego y la temeridad de los grupos organizados de la delincuencia? 

Sobre el país: la sombra de 1928,  el asesinato del presidente electo Álvaro Obregón;  y la herida abierta de Lomas Taurinas, Luis Donaldo Colosio y el 23 de marzo de 1994. Aparece entonces Casandra en el centro de  la plaza en tiempos de campañas. Clama, se desgañita, se arrastra. No la estamos escuchando.

 


@edbermejo
edgardobermejo@yahoo.com.mx

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