Cultura

Una autobiografía soterrada, de Sergio Pitol

Baile en Bougival (1883), de Pierre-Auguste Renoir.

Hacer oír, sentir y ver

Para Elizabeth Corral

Fragmento

Cuando escribo algo referente a mi autobiografía: crónicas de viajes, ciertos acontecimientos en que por propia voluntad o puro azar fui testigo, retratos de amigos, maestros, escritores o artistas a quienes he conocido y, sobre todo, las frecuentes incursiones en el imprevisible magma de la infancia, sospecho que el ángulo de visión nunca ha sido adecuado, que el entorno es anormal, a veces por una merma de realidad, otras por un peso abrumador de detalles, casi siempre intrascendentes. Soy entonces consciente de que al tratarme como sujeto o como objeto mi escritura queda infectada por una plaga de imprecisiones, errores, desmesuras u omisiones. Persistentemente me convierto en otro. De esas páginas se desprende un corpúsculo de realidad logrado por efectos plásticos, pero rodeado de neblina. Supongo que se trata de un mecanismo de defensa. Me imagino que produzco esa evasión para apaciguar una fantasía que viene de la infancia: un deseo perdurable de ser invisible. Ese sueño de invisibilidad me acompaña desde que tengo memoria y subsiste hasta ahora; anhelo ser invisible y moverme entre otros seres invisibles.

Acabo de leerles un fragmento que aparece en algún lugar de mis Obras Reunidas, que están por terminar. Después de leer con cuidado todo lo que he escrito en la vida me quedé atónito, lleno de aturdimiento. ¿Cómo entonces puedo creer esa invisibilidad a la que me he referido?

¿Por qué lo dicho? En todo lo que he escrito: cuentos, novelas, crónicas, hasta en ensayos, me presento por todas partes, durante más de cincuenta años de escritura estoy presente. No hay nada allí que no esté extraído de los archivos de mi vida: espacios, personajes, un niño huérfano a los cuatro años largamente postrado por la malaria, un ingenio azucarero cercado por una selva tropical, las primeras lecturas, Verne, Twain y Stevenson, la avidez por los viajes; de repente y como milagro surgió la salud, un aventurero, un adolescente que sólo se siente bien en círculos de excéntricos, un anarquista, cercano del budismo tibetano, luego el escritor, los festejos, los más terribles desastres, los premios, la vejez. ¿Cómo entonces, de nuevo, sería invisible? En mis narraciones soy más bien un personaje enmascarado, que se mueve en los corredores, un observador de las tramas para despejar las oscuridades de la obra, o encapotarlas más: dejémoslo así.

En1956 escribí mis primeros cuentos. Tenía veintitrés años, y al año siguiente publiqué mi primer libro: Tiempo cercado, lo editó la revista Estaciones. Fue el primer y último de una colección de jóvenes autores que José de la Colina había concebido. No llegó siquiera a las librerías y por lo mismo tuvo una casi nula atención crítica. Aquellos cuentos iniciales tenían como fuente los relatos que en mi infancia le había oído a mi abuela, en largos y minuciosos monólogos. Giraban sobre un viaje a Italia en su niñez acompañada de su padre y sus hermanas, una estancia de varios años para educarse, pero, sobre todo, a las infinitas vicisitudes sufridas a su regreso a México, la Revolución, la viudez en plena juventud, los ranchos destrozados, las dificultades de todas clases, penas que me imagino debieron ser de alguna manera mitigadas por un incesante consumo de novelas. Mi abuela fue hasta su muerte una lectora de tiempo completo de novelas del siglo xix, sobre todo las de Tolstoi. Cada vez que la evoco se me aparece sentada, olvidada de todo lo que sucedía en la casa, inclinada en un libro, generalmente Ana Karenina, que debió haber releído más de una docena de veces. Salvo Tiempo cercado, todos mis libros fueron escritos durante veintiocho años en el extranjero. Fueron cinco de cuentos: Infierno de todos (1965), Los climas (1966), No hay tal lugar (1967) y Del encuentro nupcial (1970). Enviaba mis manuscritos a las editoriales en México, y un año más o menos después recibía yo los primeros ejemplares. El mismo camino siguió un último cuentario, Nocturno de Bujara, 1981, rebautizado por las editoriales después con el título de Vals de Mefisto, así como dos novelas: El tañido de una flauta,1972, y Juegos florales,1982. No tener una relación personal con los editores, lectores y críticos mexicanos fue para mí provechoso. Lejos de México no tenía noticias de las modas intelectuales, no pertenecía a ningún grupo, ni leía lo que mis contemporáneos leían. Era como escribir en el desierto, y en esa soledad casi absoluta fui paulatinamente descubriendo mis procedimientos y midiendo mis fuerzas. Mis relatos se fueron modulando en busca de una Forma a través de la cual cada relato debía ser hermano de los otros pero sin ser iguales, y la captura de un lenguaje y estilo propios. Desde mis principios me propuse que el lector no advirtiera del todo los procedimientos estilísticos, que no supiera cómo estaba armado el cuento.

Mis autores en esos años de formación fueron sobre todo ingleses, clásicos y contemporáneos, y, en especial, la formidable estirpe de excéntricos que ha producido esa literatura en todas sus épocas; me familiaricé también con los asombrosos polacos de los años treinta, Bruno Schulz, Witold Gombrowicz, Stanislaw Witckiewicz; mis italianos preferidos fueron Italo Svevo, Tommaso Landolfi, Carlo Emilio Gadda, Cesare Pavese, y el último Vittorini; y entre los alemanes, Thomas Mann, quien me ha acompañado desde la adolescencia hasta este momento, sorprendiéndome más en cada relectura, y, compulsivamente, los austriacos Schnitzler y Kafka, conocidos de antiguo, y los que llegaron después: Musil, Canetti y sobre todo Hermann Broch, de quien leí hechizado Los sonámbulos, y al acabar la última novela del tríptico volví a leerlas todas otra vez. Al mismo tiempo entreveraba siempre entre esas lecturas otras que me acercaran a mi lengua, el Siglo de Oro español, con una preferencia marcada por Cervantes y Tirso de Molina, todo Galdós, y los clásicos modernos hispanoamericanos, sobre todo Borges, Onetti, Monterroso, el primer Carpentier, Neruda y los mexicanos Reyes, Torri, Rulfo y Arreola.

El año 1961 lo inicié en México con  una gran fatiga, estaba harto de todo. Mi obra consistía sólo en aquel Tiempo cercado, el librito casi secreto. Sentía necesitar un cambio de aires; de golpe me decidí a vender algunos cuadros y unos cuantos libros valiosos para bibliófilos, para tener con qué cubrir un viaje de varios meses en Europa. Compré el pasaje en un barco alemán que saldría de Veracruz el verano de ese año. A medida que se acercaba la fecha de mi partida, la fiebre se me hacía más compulsiva. Acabé por vender casi todos mis libros, no sólo los valiosos, y hasta algunos muebles. En el fondo, sin ser del todo consciente, estaba quemando mis naves. Esos pocos meses se transformaron en veintiocho años. Durante ellos vine a pasar vacaciones en México varias veces, aunque en realidad no muy frecuentes, y en dos ocasiones hice estancias más amplias, un año en Xalapa en 1967, y año y medio en la ciudad de México entre 1982 y comienzos del 83, con la clara conciencia de que eran temporales, de volver al extranjero. Mi vida fuera del país comprendió dos etapas tajantemente marcadas, y en principio antagónicas. La primera cubrió once años, de 1961 a 1972.

En ella gocé de una libertad jamás soñada. El primer año lo pasé en Roma, luego en Pekín, di clases en la Universidad de Bristol, trabajé en algunas editoriales en Barcelona, una muy prestigiada, Seix Barral, y otras dos incipientes y muy audaces para la época, Tusquets y Anagrama; sobre todo hice traducciones para varias editoriales de México, España y Argentina. Viví también tres años en Varsovia.

Toda esa etapa, al no tener horarios, ni jefes, ni oficinas, me permitió moverme por otros países con soltura, a pesar de mis medidos recursos. Debo haber traducido en esos años unos treinta libros. No conozco mejor enseñanza para estructurar una novela, que la traducción.

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