Los días de la “Francia chiquita”, o de cómo Miguel Hidalgo fue denunciado ante la Inquisición

Bertha Hernández

Era su segundo trabajo de párroco, mucho mejor pagado que aquella misión en Colima, que solamente había durado poco más de medio año. Esta vez, las cosas eran mucho mejores para el sacerdote Miguel Hidalgo y Costilla, exrector del Colegio de San Nicolás de Valladolid: su nuevo hogar, la Villa de San Felipe Torresmochas, le significaba más dinero y la cercanía de la familia. El eterno protector de Hidalgo, el obispo de Michoacán, Antonio de San Miguel, le había conseguido un buen espacio y él sabría aprovecharlo.

San Felipe era, en 1793, año en que se estableció allí Miguel Hidalgo, una población en la próspera ruta de la plata. No era un mal lugar para vivir, de manera que el nuevo cura se apresuró a buscar residencia: escogió una casona de gran patio central en la calle de la Alcantarilla. No lo sabía, pero el sitio estaba llamado a ganar fama, tanto por lo que ocurría allí como por lo que NO ocurría y sí, en cambio, se imaginaban los curiosos malpensados y cortos de entendederas.

NACE LA “FRANCIA CHIQUITA”. Así empezó la gente a llamar al hogar del cura Hidalgo. Todos en la villa se hacían lenguas en torno a la casona, unos por criticar y otros por hablar de lo bien que se lo podía pasar uno en ese lugar. Teatro, lecturas, baile y platillos apetitosos y de buen tono estaban a la orden del día, y un grupo de músicos de mucha calidad se encargaba de amenizar las horas. Todo eso le granjeó la simpatía de muchos de los ricos de San Felipe, tanto españoles como criollos.

Haciendo cuentas, Miguel Hidalgo estaba en el mejor de los mundos posibles: mucho había progresado desde la rectoría del Colegio de San Nicolás, donde ganaba mil 200 pesos al año. En Colima, el sueldo era mucho mejor: 3 mil pesos anuales. En San Felipe el asunto fue todavía más generoso: 4 mil pesos al año. ¿Cómo no iba este cura, al que muchos de sus parroquianos veían alegre y dicharachero, a ser feliz en aquel lugar?

Por bueno que fuera el sueldo que ganara Miguel Hidalgo, siempre tenía planes para gastarlo. Fuera para agasajar a los visitantes de la élite novohispana de la región o para atender a los más pobres, el cura de san Felipe siempre tenía abiertas las puertas de un hogar bien provisto.

En San Felipe, con el espléndido sueldo que recibía, se pudo dar el lujo de ayudar a los más necesitados con la idea de que ese auxilio fuera un punto de partida y no una limosna: fueron muchos los feligreses pobres que gracias a él pudieron comprar animales, rentar instrumentos de labranza e incluso construir sistemas de riego.

El cura de San Felipe también pagaba los gastos de matrimonio de quienes deseaban unirse y carecían de recursos; a otros los ayudaba con la cuenta del médico y se ocupaba de los tributos que los indios de la zona debían a la real Hacienda y que, por esos días, ya les resultaban imposibles de pagar, pues de un peso anual habían subido a cinco pesos anuales, con pena de azotes para los incumplidos.

Ni todo ese trabajo, aunado a sus labores de párroco, fue obstáculo para  que el señor cura disfrutara las horas en “La Francia Chiquita”, porque la tertulia se hizo famosa en toda la intendencia de Guanajuato. Y si la gente se refería a la casa como a una sucursal de la lejana Francia, era porque todos allí eran tratados con la misma deferencia, en condiciones de igualdad. Al menos eso explicó Hidalgo después.

El cura, que se manejaba bien en francés, decidió llevar a escena en el gran patio de su casa, el ­Tartufo de Moliére, y para eso lo tradujo, reclutó a sus actores, supervisó el vestuario, dirigió la música y montó el escenario. La vida parecía maravillosa.

…Y APARECIÓ LA INQUISICIÓN. Si bien es cierto que Hidalgo se generó muchas simpatías en San Felipe Torresmochas, también lo es que algunas buenas conciencias veían con escándalo a este cura fumador de puro — como tantos novohispanos de la época—, buen violinista y bailarín y buen traductor del francés. Cuando ya llevaba siete años en esa parroquia fue denunciado ante la Inquisición y los cargos abarcaban una amplia gama: desde herejías y blasfemias hasta debilidad ante las tentaciones de la carne y el mundo.

Un mercedario, Joaquín Huesca, denunció en julio de 1800 que, durante una reunión en la casa del cura de Tajimaroa,  Miguel Hidalgo había declarado que Dios sí castigaba en este mundo y que las escrituras no aseguraban que el Mesías hubiese venido a la tierra.

El denunciante, que no sabía si Hidalgo oía misa y guardaba los ayunos que se mandaban para los párrocos, lo único que pudo agregar es que lo había escuchado quejarse de lo pesado que resultaba rezar en el coro.

El mecanismo inquisitorial se echó a andar. Tres días después, se asentaba el testimonio de Ramón Pérez, según el cual, aunque Hidalgo era “hombre doctísimo”, era posible que hubiese tenido problemas por su afición al juego de azar, y aseguraba “haber oído antes de ahora, [que] era algo libre en el trato con mujeres y en el hablar”, aunque no le constaba. Eso sí, “La ciencia lo ha inflado y precipitado a leer libros que no debía y éstos han volteado sus ideas y se ha pervertido su espíritu”. Es decir, Hidalgo, aparte de sostener ideas heréticas, leía libros prohibidos.

La Inquisición rastreó éstos y otros cargos: que si Hidalgo había dicho que “Santa Teresa era una ilusa”,  si “la fornicación no era un pecado sino una evacuación natural”, lo mismo que “los tactos impuros con que se solicita la polución” (la masturbación masculina, en lenguaje del siglo XXI), si rezaba a diario o no el Oficio Divino, que si “la religión de Mahoma tenía más fundamentos que la cristiana”.

A tal grado llegó el torrente de acusaciones que se aseguró que el párroco “tenía todo abandonado” en lo que tocaba a su ministerio y que “mantenía trato escandaloso con una mujer que vestía todas modas y ridiculeces”.

Quizá uno de los informes inquisitoriales más duros contra Hidalgo, y que se refiere a su vida antes de 1810, es el que escribió el dominico fray Ramón Casaús, quien presentó, en diciembre de 1800, un documento en el cual daba por ciertas las versiones “de su vida escandalosa y de la comitiva de gente villana que come y bebe, baila y putea perpetuamente en su casa”; se decía, reportó, que Hidalgo hablaba mal de las órdenes religiosas y aprobaba “todas las cosas de los franceses y que siente mal de nuestro gobierno”.

…Y FRACASÓ. A pesar de los numerosos dichos recolectados por los investigadores y confidentes del Santo Oficio, no fue posible probar ni una sola de las acusaciones contra Miguel Hidalgo: los habitantes de San Felipe defendieron a su cura. El 2 de octubre de 1801, el fiscal inquisitorial, de apellido Flores, concluía que muchas de las versiones de los denunciantes carecían de pruebas que hicieran condenable a Hidalgo.

El asunto pareció finiquitado. Pero, diez años más tarde, el dominico Casaús sería uno de los más duros atacantes de Hidalgo, cuando el sacerdote encabezó la rebelión contra la corona de España. Rescató sus papeles de 1800 y con ellos hizo un violento libelo que la historia conoció como El AntiHidalgo.

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