Tache, tache, tache

Fernando de las Fuentes

Tenemos dos personas que se sienten secretamente en desventaja respecto de los demás, inseguras, necesitadas de aprobación y reconocimiento; una de ellas piensa, sin saberlo, que sólo podrá destacar cuando los demás valgan menos, así que se dedica a descalificarlos; la otra necesita ser descalificada para confirmar su poca valía, pues así recibe atención, evade responsabilidades y evita decisiones. Resultado: una de las relaciones más tóxicas, destructivas y, desafortunadamente, comunes que existen, sin importar si es de pareja, filial, de amistad o profesional.

No hay una tercera opción, es uno u otro rol, o no habría binomio enfermo, porque dos egos voluntariosos y dominantes se repelen. Aquí hay, no obstante, dos soberbias gigantes, cada una tratando de ganar la batalla; el dominante, sometiendo, la víctima, manipulando.

Esta explicación es necesaria para hablar sobre la personalidad descalificadora y el mal que puede hacer, pero sin satanizarla, pues para que se desarrolle debe haber, del otro lado, quien acepte la descalificación como una verdad sobre sí mismo, y aunque  ésta es la persona que más daño recibe, en gran medida es autoinfligido. En realidad lleva la ventaja, porque es “el bueno”.

Para la víctima es tan difícil como para el descalificador dejar de serlo. Hay que vencer creencias, experiencias traumáticas y miedos. Es necesario entender esto para aceptar con menos reticencia que una de cada dos personas es descalificadora, o sea “el malo”, y que podemos ser nosotros. De hecho se contagia, como cualquier actitud con la que seamos agredidos, porque hay una función espejo en el subconsciente que nos posibilita la supervivencia, copiando las tácticas del enemigo para combatirlo.

Ambos roles se aprenden en casa, “se maman”, como se dice popularmente, a través del comportamiento de pareja de los padres. Además,  no es poco frecuente que uno o los dos progenitores “impulsen” a sus hijos a ser mejores descalificándolos: “no sirves”, “eres un inútil” o, aún más dañino, por la ambigüedad emocional: “lo hiciste muy bien, pero...”.

El descalificador ambigüo es el mayor controlador que existe; es el que fue sometido en su niñez a maltrato “por su bien”; el que no pocas veces escuchó “a mí me duele más que a ti”. Como buen contradictorio, da pan y palo, atrae y repele, nos ama y nos odia. Es al que se engancha ese tipo de víctima que tiende a esperar indefinidamente a que su verdugo cambie, y se va dejando minar emocionalmente, cede su poder, se autoanula en aras de que le digan quién es y cuánto vale, lo declaren incapaz de ser responsable y tomen decisiones por él o ella.

Dice Bernardo Stamateas, en su libro Gente Tóxica: “el descalificador se encargará de hacerte cumplir sus exigencias o, de lo contrario, te hará la vida imposible. Sea como fuere, querrá conseguir que pienses, sientas y acciones sólo como él lo desea”.

Pero como ya se dijo, esto es de dos que quieren. Si está del lado de la “pobre” víctima, es momento de que deje de creer que es “el bueno” del binomio y busque ayuda. Si es, en cambio, quien descalifica, sepa que nadie en realidad creerá por mucho tiempo que usted es o lo hace mejor. Todo mundo termina dándose cuenta de su miedo y su inseguridad. Están con usted por conveniencia, no porque lo(a) amen o respeten.

Siendo prácticos, ni uno ni otro rol resuelve nada, pero es el aprendizaje obligado para el crecimiento personal. Es la forma de hacerlo mal, en busca de hacerlo bien. La gente se estanca en estas relaciones porque no conoce otras y, peor aún, cree que así es como deben ser.

Por más tóxica que sea una relación, el impulso con el que entramos a ella siempre es positivo: queremos ser felices. Pero la felicidad es un asunto estrictamente personal. Las relaciones, de cualquier tipo, son para crecer en compañía de alguien.

(Militante del PRI)

delasfuentesopina@gmail.com

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