1968 y 2018: el país de entonces y el de ahora - Gilberto Guevara Niebla | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Martes 17 de Abril, 2018
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1968 y 2018: el país de entonces y el de ahora

Gilberto Guevara Niebla

Es relativamente fácil hacer un parangón entre el México de 1968 y el México de 2018. El México de hace 50 años estaba menos poblado: tenía 48 millones de habitantes, hoy tiene más de 130; estaba, asimismo, menos comunicado: había en el país sólo 1 millón de teléfonos fijos; hoy existen 114 millones de fijos y 112 millones de celulares.

En 1968 la población crecía a una tasa anual de 3.5%, hoy ha caído a 1.5. Hace medio siglo, el 56% de la población vivía en las ciudades, en la actualidad ese porcentaje es mayor de 80%. A diferencia de hoy, la economía de entonces crecía a ritmo acelerado: 1968 fue uno de los años más prósperos bajo el modelo de desarrollo estabilizador con un crecimiento anual del PIB de 9.42%.

En cuanto a la política, México era un país de estado fuerte y autoritario, presidencialista y con un partido oficial de carácter corporativo y clientelar. Los disidentes eran perseguidos por sistema. Había elecciones, es cierto, pero como demostró Pablo González Casanova en La democracia en México las elecciones eran ganadas siempre de forma aplastante por el PRI. En realidad, el propio gobierno era el encargado de organizar los comicios y existen abrumadoras evidencias de que en las votaciones se recurría al fraude.

En el México de entonces sólo había una libertad raquítica o en algunas áreas no había libertad del todo. Por ejemplo, no existía un solo periódico nacional independiente, tampoco existían televisoras o estaciones de radio que escaparan al control político oficial. No había “sociedad civil”, nadie hablaba de “derechos humanos”, las escasas expresiones políticas independientes eran rigurosamente controladas o, cuando se salían del cauce, reprimidas.

La sociedad sufría la opresión de un Estado burocrático con presencia en la vida de casi todos los mexicanos: en el mundo laboral el control se ejercía con la mediación de un poderoso sistema de sindicatos nacionales de estructura corporativa y vertical integrados orgánicamente al PRI. Entre éstos se hallaban el de educación (SNTE), el de Pemex (STPRM), el de ferrocarriles (STFRM), el de teléfonos (STRM), el de mineros (SNTMMSRM), el de la construcción (SNTC), el de la industria azucarera (STIASRM), etc., etc.

Los campesinos vivían sometidos a una dominación burocrática cuyos resortes principales eran las organizaciones ejidales, la CNC y los bancos de crédito. Algo similar sucedía en las cooperativas pesqueras. Las clases medias, por su parte, crecieron espectacularmente desde los años 40, como se puede ver en la evolución de la matrícula de educación superior —en la UNAM pasó de tener 10 mil alumnos (1940) a tener más de 60 mil (1968).

La cultura de México estaba dominada por el nacionalismo estrecho que promovieron los gobiernos de la Revolución Mexicana y por funcionarios de mente obtusa que se alarmaban ante toda expresión libre y a quienes les preocupaba, obsesivamente, el orden y la estabilidad. Desde la Secretaría de Gobernación se censuraban películas, obras de teatro y libros que ofrecían una perspectiva crítica del régimen político o que desnudaban la realidad social de México (en este capítulo hay que mencionar la prohibición del filme Los olvidados de Luis Buñuel, de la película La sombra del caudillo de Julio Bracho y de la obra Los hijos de Sánchez de Oscar Lewis, entre muchos otros.

En fin, México en 1968 era un país oprimido que vivía en una asfixia permanente donde la democracia era, para muchos, un sueño imposible.

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