El fantasma de Echeverría - Francisco Báez Rodríguez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Martes 17 de Abril, 2018
El fantasma de Echeverría | La Crónica de Hoy

El fantasma de Echeverría

Francisco Báez Rodríguez

Un fantasma recorre la campaña electoral mexicana: el fantasma de Luis Echeverría. Contra este fantasma se han conjurado analistas y estrategas, empresarios y tuiteros varios. ¿La razón de ello? Que en las propuestas de Andrés Manuel López Obrador se adivina una enorme nostalgia por ese pasado, como si le pidiera al tiempo que vuelva.

En realidad, AMLO ha sido específico sobre la época inmediatamente anterior a Echeverría, cuando escribió que “en términos generales, el modelo económico que proponemos es semejante al que se aplicó en el país en el periodo denominado del desarrollo estabilizador”. Pero en algunas cosas, deja claro que el modelo en el que está pensando se parece más al de Echeverría, que fue precisamente la crisis de ese modelo.

Los jóvenes no vivieron aquellos tiempos, que suelen ser vistos con anteojos distorsionados, ya sea por los recuerdos edulcorados de sus padres o por la ofensiva ideológica que considera que con Echeverría inició una “docena trágica”.

Por lo mismo vale repasar algo de cómo eran ese país y ese gobierno que algunos añoran y otros condenan.

México, que hoy es una nación industrial, era un país apenas en proceso de industrialización, que exportaba bienes primarios. La economía internacional no había vivido el proceso de globalización —salvo la integración pionera del Mercado Común Europeo— y en los países “en vías de desarrollo” imperaban las políticas de sustitución de importaciones.

Las importaciones que se sustituían eran los bienes de consumo. Se ponían barreras a la importación de autos, televisores, lavadoras, ropa, para que se produjeran internamente. En la mayor parte de los casos, los productos nacionales eran caros y malos —de ahí que mucha gente quisiera conseguirlos de fayuca—, pero el proceso generaba empleo y demanda interna.

Al mismo tiempo, durante el desarrollo estabilizador se fijaron los precios de garantía para los productos agrícolas, lo que provocó dos fenómenos paralelos: la descapitalización del campo y el éxodo masivo hacia las ciudades. Esto significó a su vez una sobreoferta de mano de obra que mantuvo bajos los salarios (pero, como los alimentos no subían de precio por el control al campo, los salarios reales no disminuyeron).

El esquema significaba altas tasas de crecimiento, un aumento en la brecha de bienestar entre el campo y la ciudad, inflación y salarios controlados, expansión desordenada de las urbes y tipo de cambio fijo, que garantizaba que las ganancias en dólares de las empresas en México fueran estables.

Con Echeverría hubo varios cambios. Uno fue el de los precios de garantía. Echeverría los subió para evitar la sangría en el campo. El resultado fue el encarecimiento de la canasta básica y el principio de una carrera entre precios y salarios, en la que contribuyó también el alza en las tasas de interés (existía un sistema bancario que todavía no integraba a bancos con sociedades financieras y aseguradoras). Hay que decir que la carrera entre precios y salarios terminó, grosso modo, en un empate.

Durante ese gobierno hubo un aumento en la intervención del Estado en la economía. Casi todas las empresas públicas creadas en aquel entonces tuvieron malos números. Casi todas, también, subsidiaban al sector privado con precios castigados. Hubo un aumento notable al gasto en salud y educación pública, que sentó bases para un desarrollo posterior, pero ese creciente gasto público no fue financiado de manera sólida. Tampoco hubo una reforma fiscal para incrementar impuestos e ingresos públicos. El resultado fue un creciente endeudamiento. Se llegó a pedir prestado al exterior hasta para pagar aguinaldos.

La economía, durante el gobierno de Echeverría, creció al 6 por ciento anual (ciertamente, en un contexto internacional favorable, no como el de ahora); la inflación fue aproximadamente de 5% anual en los dos primeros años, 20% en los dos siguientes; 11% en 1975 y 27% en 1976 (mucho más que en el siglo XXI, mucho menos que con De la Madrid); los salarios reales se mantuvieron estancados (es la época de mayor salario mínimo real, pero era una simulación: 43% de los trabajadores percibían menos que eso) y las finanzas públicas se deterioraron. Todo desembocó en la traumática devaluación de fin de sexenio.

Como puede verse, un balance de claroscuros, con tendencia a empeorar. Ni la Jauja que pintan unos, ni el desastre absoluto que dibujan otros. Pero todo, hay que subrayarlo, en un entorno diferente: país cerrado y apenas en vías de industrialización, economía mundial pujante, todavía en el contexto de la Guerra Fría.

La idea de la “docena trágica” viene del enojo empresarial con Echeverría por tres razones. La primera: el crecimiento del sector público, sin importar que les subsidiara: significaba dejar partes de la economía fuera del alcance de la iniciativa privada. La segunda: la retórica tercermundista del presidente Echeverría, que buscaba —en las palabras mucho más que en los hechos— cierta sana distancia respecto a Estados Unidos. La tercera: que el gobierno haya sido incapaz de garantizar la seguridad a los grandes empresarios en tiempos de guerrilla (y de guerra sucia, con ejecuciones extrajudiciales contra quienes se alzaron en armas… o pareciera que se podían alzar).

Eran, además, tiempos del presidente-tlatoani, en el que su palabra era ley; tiempos en los que la “apertura democrática” no implicaba aceptar a la oposición (recordemos que el sucesor de Echeverría, José López Portillo, compitió solo por la Presidencia); tiempos en los que imaginar una elección organizada por los ciudadanos, una Comisión Nacional de Derechos Humanos u organizaciones participativas de la sociedad civil era un sueño guajiro; tiempos de una asfixiante propaganda gubernamental en todos lados. Hasta las piedras de los montes estaban pintadas para que dijeran: LEA.  

Decía un chiste de la época que llegaban Richard Nixon, Fidel Castro y Luis Echeverría a la ONU. A cada uno les preguntaba el chofer adónde dar la vuelta. Nixon decía: “A la derecha, of course”; Castro: “¡A la izquierda, chico!”; y Echeverría: “Mira, pones la direccional a la izquierda, pero doblas a la derecha”.

Si a fantasmas de Echeverría nos vamos, me preocupa más el político que el económico.

fabaez@gmail.com

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Twitter: @franciscobaezr

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