Lo revolucionario hubiera sido que votaran los cubanos - Fran Ruiz | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 19 de Abril, 2018
Lo revolucionario hubiera sido que votaran los cubanos | La Crónica de Hoy

Lo revolucionario hubiera sido que votaran los cubanos

Fran Ruiz

Cincuenta y nueve años gobernados bajo un solo apellido: Castro. Solo otra monarquía —también comunista— supera a los hermanos Fidel y Raúl en Cuba: los Kim de Corea del Norte. A los cubanos ni siquiera les queda el consuelo de decir que con la renuncia de Raúl Castro, de 86 años, se muere el castrismo. Nada más lejos de la realidad.

Miguel Ángel Díaz-Canel, que hoy cumple 58 años, está tan agradecido con su mentor, por haberlo propuesto, y con la Asamblea Nacional, por haberlo elegido presidente de Cuba, que en su primer discurso juró fidelidad absoluta al régimen y anunció que el secretario general del Partido Comunista Cubano seguirá siendo el hermano menor de Fidel. En otras palabras, que Raúl será el “guardián de la revolución”, para que su discípulo y ahora hombre fuerte de la isla no se salga un centímetro del camino que marcó hace seis décadas Fidel.

Por tanto, que pierdan toda esperanza los que apostaban por un guiño de Díaz-Canel, aunque sea tímido o encriptado, hacia los cubanos que anhelan un cambio. Ayer lo dejó claro: se debe a Raúl y los 605 compañeros comunistas que lo votaron. Nada les debe a los otros 16 millones de cubanos (5 de ellos en el exilio).

Ese 99.99 por ciento de cubanos que no tiene derecho a votar presidente seguirá resignado a tener las mismas tres opciones de siempre: trabajar para el partido único, a ver qué sacan de provecho; combatirlo, y condenarse así a la marginación y la persecución; o huir de la isla, como tantos que lo lograron, aunque muchos otros se ahogaran en el intento.

La estrategia de Raúl, que lleva 10 años preparando a su delfín, está clara: Nada de experimentos. Tiene suficientes años como para haber sido testigo de lo que ocurrió con otras dictaduras. En España, Franco cometió el error de nombrar sucesor a un príncipe, sin haberlo visto gobernar. Le bastó su palabra de que era leal al franquismo. Tres años después de la muerte del dictador, los españoles votaban en democracia. Tampoco debería hacer el nuevo líder cubano lo que Gorbachov, que abrió un boquetito en el muro de Berlín, con un martillo llamado perestroika, y se le desmoronó el imperio soviético. Ni siquiera le sirve China, que puede permitirse el lujo de ser gobernada con puño de hierro por comunistas y a la vez aprovecharse de un capitalismo agresivo, gracias a que alberga a un quinto de la humanidad. Nadie en el mundo quiere renunciar a este gigantesco mercado, molestando a los camaradas de Pekín con peticiones de apertura democrática o reclamos por sucesos “internos” como la matanza de Tiananmen.

No sucede lo mismo con Cuba. Su tamaño es demasiado pequeño y su distancia de Estados Unidos es demasiado corta como para probar nuevos modelos que revitalice el régimen. Por eso, si Díaz-Canel quiere que sobreviva el castrismo, debe hacer básicamente tres cosas:

Primero, mantener la tímida apertura económica de Raúl, pero sin generar en la población la ilusión de que lo siguiente es la apertura política. Para ello, requerirá de países inversores simpatizantes del castrismo y probada vocación “antiyanqui”, ya sea que siga siendo Venezuela (antes de que colapse y deje de enviar petróleo), pero sobretodo que sean Rusia y China. El momento para una alianza estratégica con las dos potencias no podía ser mejor, sobre todo tras las sanciones del presidente Trump a oligarcas rusos cercanos a Putin, y tras la guerra comercial que el republicano le ha declarado a Pekín.

Segundo. El nuevo presidente debe seguir colmando de privilegios al único sector de la población que garantiza sobre el terreno que en Cuba no haya un cambio: el Ejército. Le basta con mirar lo que pasa en Venezuela: el chavismo y el presidente Maduro resistirán hasta que así lo quieran los militares, y para que sigan queriendo tienen que obtener a cambio jugosas parcelas de poder y económicas.

Tercero. Que Estados Unidos siga cometiendo el error histórico de castigar a la isla con un embargo. Pocas cosas han ayudado más a mantener en el poder a los Castro todos estos años que un bloqueo que genera rechazo mundial y simpatías por esos exguerrilleros atacados por Goliat.

Y en cuanto a los gobiernos y a la opinión pública latinoamericana, responsables también de preservar ese mito de “la última trinchera frente a la agresión imperialista”, deberían aprovechar el cambio histórico en las riendas del poder para hacerse la siguiente pregunta: ¿Vale la pena que sigamos sacrificando la libertad de los cubanos, que llevan así seis décadas, sólo para satisfacer nuestra simpatía antiimperialista? ¿No ha llegado el momento de exigir para ellos la democracia que queremos para nosotros?

fransink@outlook.com

 

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