Ante la crisis

José Carlos Castañeda

La palabra crisis ha perdido sentido. Tanto se ha gastado. Decir que la sociedad, la economía o la cultura están en crisis ya no es ninguna novedad ni siquiera un diagnóstico. Hace mucho tiempo que repetimos la palabra crisis como comodín de nuestra circunstancia, tanto que no distinguimos las causas y las justificaciones.

No se encuentra la certidumbre ni en las religiones ni en las instituciones políticas, tampoco hay certeza en la moral. No hay alivio en ninguno de esos antiguos santuarios de la confianza y la “verdad absoluta”. Tres crisis del orden social reflejan una crisis de las identidades colectivas. Las respuestas, que hace poco todavía eran fuente de alivio, han perdido credibilidad. Mitos, religión, utopías políticas y moral pública se encuentran sin fuerza para responder a las interrogantes del presente. Posmodernismo se le llamó a esa nueva era.

Una temporada de desencanto cultural y de desengaño ideológico nació de la derrota de los grandes relatos y el agotamiento de su aliento esperanzador. El nuevo orden intelectual está más consciente de sus incertidumbres y más temeroso de sus anhelos. La imagen de un pensamiento débil o leve como opción a una época de desconcierto gana adeptos. Para otros, la crisis radica en la falta de ideales o en la ausencia de valores. Hoy en la intemperie y a la deriva, se plantean tantas búsquedas que el camino pareciera dibujar un signo de interrogante.

Pero la incertidumbre no es el legado del inicio del siglo XXI. Suponer que solamente nos define esa característica, sería tanto como menospreciar y desdeñar las enseñanzas de la historia. Nuestro vicio, como se decía, es creer que vivimos el más interesante y desastroso de los cambios de época. No nos nombra la incertidumbre a secas, falta algo en esa descripción. Si bien nos delimita, ¿qué clase de incertidumbre nos rodea? Esta duda acerca de nuestro desasosiego podría ser un principio para afrontar las dudas de una razón que se considera a sí mismo débil, frágil, inestable para comprender las mutaciones que está viviendo. Nada es más triste que un pensamiento que se confiesa impotente. Incapaz para emprender la difícil y compleja tarea de atender a los dilemas de su tiempo. Séneca le recuerda a Lucilo, algo que hoy sería fecundo no olvidar, “viviríamos en un lugar demasiado angosto si existiera algo que permaneciese cerrado para el pensamiento”. La pregunta de nuestro siglo será si el fanatismo religioso renace o si el pensamiento racional retoma su fuerza como exploración de la vida.

Schopenhauer, que bien podría ser confundido con un millennial, pensaba que los seres humanos son incompatibles con el reino de la fraternidad. Inadaptados para la felicidad, tienen que lidiar con la desesperanza cada mañana.

“La mayoría de los hombres, por no decir todos, están constituidos de tal suerte que no podrían ser felices en ningún mundo donde sueñan verse colocados. Si ese mundo estuviera exento de miseria y pena, se verían presos del tedio y en la medida en que pudieran escapar de éste volverían a caer en las miserias, los tormentos, los sufrimientos”.

La vida oscila como un péndulo; palpita entre el hastío y el dolor.  Nuestro único error congénito: pensar que hemos venido al mundo a ser felices.

Un partidario actual de Schopenhauer, Clément Rosset, ha actualizado su concepción de filosofía trágica. Para Rosset, la alegría es el testimonio de nuestra condición trágica y perecedera. “El sabor de la existencia es el del tiempo que pasa y cambia, de lo que no está fijo, de lo que nunca está seguro ni acabado; por lo demás, en este movimiento reside la mejor y más segura ‘permanencia’ de la vida. Tomarle gusto, lejos de lamentar en ella una ausencia de estabilidad y de perennidad, implica a la fuerza que nos alegramos precisamente de que en esencia sea perecedera y renovable al mismo tiempo”. No hay contradicción entre alegría y tragedia. En esa combinación se resume una de las mayores enseñanzas del pensamiento pesimista.

 


@ccastanedaf4

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