Proselitismo desesperado; Barrales respondió a demandas con playeras, gorras, pulseras… | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 20 de Abril, 2018

Proselitismo desesperado; Barrales respondió a demandas con playeras, gorras, pulseras…

La candidata del Frente recorrió la delegación Iztacalco con un espectáculo estruendoso; tuvo acercamientos con la gente y comprobó que algunas familias viven en condiciones inadecuadas

Proselitismo desesperado; Barrales respondió a demandas con playeras, gorras, pulseras… | La Crónica de Hoy

Los hogares estaban marcados con pancartas amigas para evitar desaires o mentadas, porque nada en la campaña de Alejandra Barrales parece dejarse a la improvisación…

Aferrada a un modelo primitivo, de porras compradas y banda sinaloense, la aspirante al gobierno de la ciudad por el Frente llegó a la delegación Iztacalco con miles de artículos de propaganda.

Le pedían regularizar pagos del agua y ella ofrecía bolsas de mandado: “Ándele, para su fruta”.

Le hablaban de deficiencias en el drenaje y ella regalaba gorras: “Tenga, para protegerse del sol”.

Los vecinos le compartían su zozobra por la creciente inseguridad y ella respondía con playeras: “Un recuerdito, para que no se olvide votar por mí el 1 de julio”.

Le demandaban educación para los jóvenes y apoyos económicos para los ancianos y ella ofrecía pulseras: “Le combina con su ropa”.

De banqueta en banqueta, Alejandra reflejó cierto hastío, cansancio: sus gestos no eran los de una candidata cómoda en los ajetreos callejeros ni confiada en el triunfo, más bien desesperada por votos y con una marcada interrogante en el semblante: ¿valdrá la pena todo esto?...

Para el recorrido se eligió la Calle 26, en El Rodeo, una colonia de contrastes nítidos, donde conviven desde burócratas y changarreros hasta narcomenudistas y hacinados, sin escuela para los niños ni trabajo para los padres… Fue el caso de las familias Vargas, Benítez y Hernández, quienes comparten un cuartucho de cuatro por cuatro metros en el lote número 24: nueve personas —cinco adultos y cuatro menores— y dos perros disputándose bocanadas de oxígeno envilecido por orines, desperdicios de comida y un hervidero de insectos.

De la puerta colgaba un cártel con la imagen de la perredista, quien se acercó sin reservas.

“Desde hace mucho tiempo tenemos problemas con el drenaje”, le dijo doña Ana, mamá de tres de los pequeños criados entre cochambre y estiércol. Así intentó explicar el tufo irritante…

Mientras Barrales y los integrantes del equipo de campaña repartían chucherías, doña Josefina Benítez, abuela de los chiquillos la invitó a pasar:

—¿No gusta entrar, señorita, para que se dé cuenta que no le mentimos?

—No entre, porque se va a espantar —gritaron unos.

—¿No les dará pena? —reprochaban otros.

La candidata dudó en salirse del guion, pero no tuvo alternativa frente a las miradas suspicaces de otros vecinos y los cánticos pagados. Caminó por un estrecho pasillo, desbordado por piltrafas y fierros viejos, hasta llegar al inservible registro del drenaje… Frente al desagüe nauseabundo, estaba el cuartito lúgubre, por donde se asomó una niña. Entonces olvidó las quejas de alcantarilla para concentrarse en aquellos retraídos ojos…

—¿Y tú, vas a la escuela? —le preguntó.

—No —respondió la nena, de nueve años.

—¿Y por qué?

—Mis papás no me llevan…

Barrales, ataviada con una camisa a cuadros, unos jeans de mezclilla y botines relucientes de tacón bajo, buscó la mirada de sus colaboradores como deseando encontrar un indicio de consentimiento. No lo encontró, pero aun así se atrevió a entrar a la pieza y se topó con la imagen desdichada de cuatro chiquillos entre colchones mordidos por los perros, prensados por la miseria y un manto de basura.

Esta familia, se sabría después, vivía en el Estado de México. Don Francisco Hernández, el papá de los niños y de oficio herrero, enfermó del intestino y, sin alternativas para curarse, decidió mudarse a casa de la abuela, de siempre convertida en refugio de los hijos descarriados.

“Nos dan chance de una brigada de limpieza, les vamos a limpiar todo esto”, propuso Barrales, sin dejar su afán propagandístico:

—Tengan chiquitos, les voy a dejar unas playeritas…

Y luego arremetió contra los padres:

—Tienen que hacerse responsables de sus hijos, ellos no pueden vivir así. Si no lo hacen, van a tener problemas.

Y salió como pudo de aquella caverna…

Afuera, el festín transcurría ajeno a ese retrato infeliz, con un show de arlequines y tambores, banderolas y merolicos enviados por Movimiento Ciudadano.

La banda entonaba “tecateando” y los animadores profesionales exhibían sus pasos mejores al ritmo de la tuba y los clarinetes. La Tremendísima Real había sido contratada por cuatro horas, pues la música comenzó mucho antes del arribo de Barrales, “pa´que se escuche escándalo”, faroleaban los politiquillos de la zona y demás buscahuesos.

—¿Y cuánto? —se preguntó a don Alejandro Santiago, el director musical.

—Les cobramos 3 mil 500 pesos la hora, 14 mil pesos por todo el desmadre. Y les fue bien, porque nosotros cobramos 5 mil 500 la hora, pero con dos solistas; como no los quisieron, les hicimos rebaja…

“Mejor nos hubieran dado un poquito de esos 14 mil, aunque sea para la leche y los bolillos”, decía doña Balbina Alderete, una setentona de caminar trastabillante.

Lizet, Ingrid, Abigaíl y Paquito, de 16, 10, 9 y 3 años, volvieron a su encierro sofocante, a la espera de la limpia prometida y quizá olvidada entre el derroche y la farsa.

Ya el trombón y la tambora se unían para entonar “La Muchacha Alegre”, porque se iba ya la candidata con sus trapos nuevos y sus cachuchas, escoltada siempre por un hombre de sonrisa fingida, cabello engomado y copete priista, de un olfato maniático por la pantomima y el pose. “Viva David Nava, nuestro candidato a diputado federal”, le gritaban.

En las últimas casas, doña María de los Ángeles se quejó de la ruina del pavimento. “Arreglamos varias calles, pero falta ésta... No se preocupe, venimos con la gente de la delegación y se arreglará pronto”, garantizó Alejandra, con su maquillaje intacto.

Doña Lourdes reprochó el pago de más de mil 750 pesos por el consumo bimestral de agua. “Y eso que vivo sola”.

—Lo vamos a ver —susurró Barrales—, pero ¿qué quiere madre: bolsita o playera?

—Les encargo lo del agua —insistió la mujer.

—Claro, la lista de cosas a resolver es inmensa, pero le vamos a trabajar. Aquí le dejo su bolsita... para el mandado.

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