Casting, no debate - Aurelio Ramos Méndez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 20 de Abril, 2018
Casting, no debate  | La Crónica de Hoy

Casting, no debate

Aurelio Ramos Méndez

Velan armas de un modo ofensivo para los ciudadanos los cinco candidatos que mañana se enfrascarán en un dizque debate, en realidad un casting propio el mundo de los espectáculos.

Los aspirantes a gobernarnos no afinan propuestas, conceptos, explicaciones, idearios, sino triquiñuelas, golpes de efecto, simulaciones, maniobras y hasta propaganda negra y francas mentiras para atacarse entre ellos.

Se preparan, auxiliados por cuerpos de asesores de imagen, encargados de relaciones públicas, encuestadores, publicistas, entrenadores de voz, consultores políticos… Pagados, todos, con dinero de los contribuyentes.

Resultará inevitable, en tales condiciones, ver este domingo, en el primero de los tres cara a cara convocados por el INE, un genuino torneo de la impostura, en el cual se privilegiará la forma sobre el fondo.

Con base en esta adulteración del toma y daca, será imposible que los ciudadanos puedan sacar algo en claro. Los operadores electorales, eso sí, dispondrán de insumos para ajustar estrategias, falsificar pronósticos, justificar trampas, y en suma, tratar de manipular el proceso comicial. Pierden el tiempo.

Tal como están las cosas y si de vencer al puntero Andrés Manuel López Obrador se trata, a José Antonio Meade sólo le queda —con debate o sin él y a menos que obre el milagro de un campanazo que saque del ring a su adversario— desertar de la contienda, con la esperanza de que sus huestes nutran las filas de Ricardo Anaya.

Porque a estas alturas del partido ya no funcionaría la declinación del extitular de Hacienda a favor de ningún otro priista y menos aún de algún independiente.

En cuanto a Anaya, a quien el propio Meade y los del tricolor no bajan de delincuente de siete suelas, el resultado del debate, por exitoso que pueda ser, no le alcanzaría para ganar, como no le alcanzaría ni siquiera el respaldo de la totalidad de quienes intentan atajar con patas y manos al tabasqueño.

Han sido de tal calibre las acusaciones y ofensas entre los equipos del segundo y tercer lugar, que la reconciliación, a nivel de militantes de base, sencillamente se antoja imposible, y todo intento puede ser contraproducente.  

Por si fuera poco, las persistentes acusaciones en contra del empresario Manuel Barreiro son indicio de que la eventual declinación de Meade no está en el libreto. Y que los estrategas del tricolor no descansarán hasta la total aniquilación de la candidatura anayista.

Cualquiera que sea la realidad, equipos multidisciplinarios ayudan a los abanderados para fingir en el debate lo que no son, disfrazar lo que no les conviene, esconder sus reales intenciones, disimular sus deficiencias, asestar el golpe bajo más efectivo, cuadrar las cuentas de su patrimonio…

Los orientan para corregir su dicción, escoger la corbata más llamativa, el tinte de cabello “más natural”, la sonrisa menos impostada, el maquillaje más favorecedor, la entonación adecuada para cada frase… Para potenciar su lenguaje corporal, sacar el pecho, hundir la barriga, levantar el rostro.

Por si la asesoría personalizada no fuese suficiente, por estos días ¡hasta en televisión abierta les dan consejos, con el lamentable criterio de que todo vale, y que, de ser necesario, se puede llegar a la desfachatez!

Dígalo si no el publicista Carlos Alazraki, quien expresamente y sin recato, le recomendó a López Obrador, para el primer debate, lo siguiente:

“Miente un poco… Crea historias de un futuro promisorio para México… Como Shangri-La; vende una historia bonita”.

O el encuestador Roy Campos, quien en el mismo tenor y para idéntica tesitura aconsejó a Margarita Zavala: “Trata de ser disruptiva para sembrar un tema”.

¡Consejos sobre uso de careta y antifaz cuando de la esposa de Felipe Calderón, al igual que de López Obrador, Meade, Anaya y Jaime Rodríguez, los ciudadanos sencillamente esperan que sean como realmente son!

Que propongan lo que de verdad quieren hacer o no hacer desde el gobierno, con su cómo y porqué, no lo que la ficción de los sondeos dice que la gente quiere escuchar.

A guisa de ejemplo, cabe esperar de Anaya la reafirmación, con todas sus letras, de su postura definida esta semana frente al polémico proyecto de nuevo aeropuerto capitalino, la cual lo hermana con el de Macuspana:

“Revisaré todos y cada uno de los contratos; se castigará la corrupción que asome en los mismos”.

Dijo también el panista que el candidato de Morena no confía en los empresarios, y aunque él sí, “someteré a auditoría todos esos contratos”.

De quienes aspiran a ocupar el sitial más alto del gobierno uno desea que procedan sin dobleces. Que no se afane en aparentar lo que no son y recuerden que hay cosas que ni Salamanca presta.

Entre nuestros intelectuales y líderes de opinión causan fascinación los debates. A pesar de que se trata no de ejercicios de cotejo de criterios, aptitudes, espesura cerebral, personalidades y talantes, sino de descarados montajes.

En noviembre pasado, al aprobar el INE la realización no de dos sino de tres debates, en este espacio se deploró la conversión en verdaderos fetiches de estas confrontaciones.

Se dijo que perdidos estaríamos, como país, si para conocer el pensamiento de quienes aspiran gobernarnos tuviésemos que esperar para ver su desempeño durante dos horas de discusión entre ellos.

Lo deseable es que a los más altos puestos de gobierno lleguen personajes no para empezar a ser conocido por la gente, sino a la inversa: después de un amplio conocimiento de ellos por la población. Al cabo de una larga, meritoria y limpia carrera política.

El ámbito natural de los políticos es la plaza pública, el contacto directo y constante con la gente. Si por estrategia, ineptitud o la razón que sea desdeñan tal espacio, la autoridad no tiene porqué emerger como subsidiaria para suplir la falla.

Ya estamos, sin embargo, ante la primera charla de la temporada; aquelarre del cual no puede salir nada bueno.

No obstante, cabe la esperanza de que los periodistas Azucena Uresti, Denise Maerker y Sergio Sarmiento asuman su alta responsabilidad de ser los ojos, los oídos y la boca de 80 millones de electores.

Que despojados sus filias, fobias y convicciones ideológicas, instalados en la más rigurosa neutralidad, tengan la capacidad de ser incisivos y de preguntar y contrapreguntar. De sacar de la comodidad a los candidatos para hacerles decir no lo que estos quieren, sino lo que deben decir para la cabal comprensión de su ideario.

Sólo un desempeño brillante justificará la participación de profesionales de la comunicación en los debates. E impedirá que prospere esa otra engañifa democrática que es la incorporación, sin más excusa que la demagogia pura y dura, de unos cuantos ciudadanos del común en calidad de entrevistadores.

¿Aporta algo a la calidad de nuestra democracia representativa el pretender hacer creer que con la participación de dos o tres ciudadanos queda probado que el pueblo raso tiene la capacidad de interrogar y aun poner contra la pared a los aspirantes a puestos de elección?

¿Cuál es la utilidad, aparte de la mera escenografía, de la presencia de un centenar de ciudadanos en el set de televisión, tal como fue acordado para los debates dos y tres?

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