La fortaleza de las instituciones - Javier Santiago Castillo | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Domingo 22 de Abril, 2018
La fortaleza de las instituciones | La Crónica de Hoy

La fortaleza de las instituciones

Javier Santiago Castillo

Las instituciones importan. En tanto que sistemas sociales cooperativos generan marcos para la acción de los individuos, pautas de comportamiento, un sentido de “lo correcto”, en el sentido de la búsqueda del beneficio social y propósitos compartidos.

Entendidas como estructuras de gobierno, las instituciones poseen una misión legalmente definida, orientada al logro de algún tipo de beneficio a la sociedad. En la ideología al uso de estos tiempos, lo realmente existente es un individuo posesivo, competitivo, deseoso de éxito económico, mientras que toda agrupación colectiva es vista con sospecha, mero artificio.

Las instituciones explican en buena medida el capital social con que cuenta una nación. De ahí que el debate respecto de nuestras carencias nacionales y las alternativas para la construcción de soluciones haga inevitable la reflexión sobre el estado de las instituciones.

No cabe duda que un buen diseño organizacional favorece el logro de la misión encomendada a las instituciones. Un sistema adecuado de pesos y contrapesos internos propicia el trabajo colaborativo y mayor consistencia en la toma de decisiones. En contrapartida, el centralismo y verticalismo excesivos, las decisiones en manos de una sola persona tal vez permitan mayor velocidad en las decisiones, pero no necesariamente que sean las más adecuadas.

Un tema central, casi siempre soslayado, que numerosos sociólogos han llamado “espíritu de cuerpo” de la burocracia que desempeña funciones institucionales. Las instituciones tienden a generar una determinada cultura organizacional, un modo estandarizado de abordar y resolver las funciones encomendadas.

En nuestro país suele ocurrir, sin embargo, que las rutinas organizacionales y el espíritu de cuerpo de la burocracia se orientan básicamente hacia zonas de confort de los servidores públicos; al menor trabajo posible, a la evitación de asuntos complejos, por una débil consciencia de los bienes públicos que debe producir la institución, una escasa orientación hacia el beneficio social de las actividades y, al final, un endeble sustrato ético-colectivo en el accionar de las instituciones.

El escaso aprecio social por nuestras instituciones constituye para el desarrollo de formas superiores de convivencia. En el otro lado de la moneda, la cultura organizacional prevaleciente no favorece un desempeño de calidad que las haga ser percibidas como socialmente valiosas. Las encuestas sobre percepción sobre el gobierno en sus diversas manifestaciones y en diversas instituciones en particular, dan cuenta de una confianza social deteriorada que contrasta con pocas y no muy afortunadas acciones para revertir tal situación.  

Como decía Ortega y Gasset, “perdonen que hable de mí mismo, pero soy el ser humano que tengo más a la mano”. He tenido la fortuna de participar en diversas instituciones. He encontrado en su entorno que cada individuo desarrolla su trabajo incide significativamente en la eficiencia y eficacia. También he observado que las culturas organizacionales tienen un efecto relevante en el ser y el quehacer de las instituciones.

En las universidades, por ejemplo, el orgullo de ser profesor y la amplia libertad para investigar sin más limitación que el debate académico, conduce a no pocos investigadores a superar las restricciones presupuestales. Tal vez por ello, las universidades continúan gozando de la confianza de un porcentaje apreciable de la sociedad.

Tuve el privilegio de presidir el entonces Instituto Electoral del Distrito Federal. Sin renunciar al debate en muchos otros temas, el grupo de consejeros fundadores tomó tres compromisos fundamentales que, me parece, permitieron eficacia, eficiencia y aprecio social por la institución. Convinimos en que los servidores públicos debían ser reclutados en razón de sus destrezas, habilidades y compromiso con el desarrollo democrático y no por recomendación de nadie. Así se integró un servicio profesional de carrera sólido.

También nos propusimos desplegar una actividad institucional centrada en el ciudadano y en procesos electorales bien organizados, inobjetables. Logramos buenos, pero siempre insuficientes resultados en materia de educación cívica. Construimos puentes de entendimiento y sinergia con otras instituciones y organizaciones de la sociedad civil y los procesos electorales que organizamos gozaron de la aceptación general en cuanto a su eficacia organizativa y resultados. 

Nuestro tercer consenso consistió en la defensa de la autonomía institucional. Sin filias, pero también sin fobias, tuvimos diversos episodios de desencuentro e incluso confrontación con partidos políticos e instancias de gobierno. Pero estábamos conscientes de que “el que resiste apoya” y que nuestra disposición a resolver con autonomía, sin mirar nada más que los deberes que la ley nos imponía y en particular la imparcialidad, constituía un aporte a la consolidación del entramado institucional de la ciudad.

Contribuí a la fundación y primeros pasos del entonces denominado Consejo de Información Pública del Distrito Federal. Cuando se renovó su integración, algunos mencionaron mi nombre sin mi autorización. No podía saltar de una institución a otra, dejando a medias mi encomienda en el IEDF. No lo consideraba ético. Había que cumplir hasta su término el compromiso adquirido. Al concluir mi mandato, retorné a la academia durante ocho años. En ese lapso aspiré a ser consejero del IFE en cuatro ocasiones.

El privilegio de servir a la República desde el Instituto Nacional Electoral fue ocasión para reiterar esto que considero mi ética personal, pero que en realidad es producto de muchas lecciones de la historia y enseñanzas de mis compañeros de trabajo. Intenté cumplir mis labores con la mayor responsabilidad, sin ceder a presiones ni tomar en cuenta nada que no fuera la aplicación imparcial de la ley y la búsqueda del alto desempeño. Ha pasado un año desde que concluí esa encomienda y ahora aspiro, desde la academia a la que volví, a desempeñar un nuevo cargo.

Lo importante para el caso es que estoy convencido que la ética de trabajo, el compromiso con la función social encomendada y la disposición al alto desempeño es la modesta, pero nunca irrelevante contribución que cada servidor público puede y debe hacer para el fortalecimiento de nuestras instituciones y la recuperación de la confianza social en ellas.

Consejero Electoral del INE/

Profesor UAM-I

@jsc_santiago

www.javiersantiagocastillo.com

Imprimir

Comentarios