Los muertos vivientes a medio siglo que se levantaron de la tumba | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Lunes 23 de Abril, 2018

Los muertos vivientes a medio siglo que se levantaron de la tumba

Especial. Primero de cinco especiales que Crónica presentará cada lunes para recordar a las cinco películas más populares que este año cumplen 50 años de historia

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Este 2018, el filme debut de George A. Romero, La noche de los muertos vivientes, y que cambió la historia del cine de género, cumple medio siglo desde que se vio por primera vez en una sala de cine. Era la noche del 1 de octubre, de 1968, cuando se proyectó.

En ese entonces no existía una clasificación de edades que limitara a los niños de verla y de acuerdo con el mítico Roger Ebert, fueron ellos el público más impactado: “Los niños de la audiencia se quedaron atónitos. Se hizo un silencio casi total. La película había dejado de ser maravillosamente asustadiza hacia la mitad, y se había convertido en algo inesperadamente terrorífico”, dijo.

“No creo que los niños más pequeños supieran realmente qué los golpeó. Ellos estaban acostumbrados a ir al cine, seguro, y habían visto algunas películas de terror, seguro, pero esto era algo más”, agregó. Ebert sabía que no era una película apta para un público joven. Lo que se había presenciado en ese momento era algo que conmocionó.

El inicio. A partir de finales de los años 60, un grupo de directores hicieron estallar las convenciones del cine de terror. Esta transformación llegó a propósito del cambio social en cuanto a la violencia y obscenidad permitida. Algunos lo hicieron desde dentro de Hollywood, como Roman Polanski (El bebé de Rosemary, 1968), Brian de Palma (El fantasma del paraíso, 1974) o William Friedkin (El exorcista, 1973).

Otros crearon sus productos desde fuera de las majors, pero atrajeron al público de igual manera: por esa rendija comercial se colaron John Carpenter (Halloween, 1978), Wes Craven (Pesadilla en la calle del infierno, 1984), Tobe Hooper (Masacre en Texas, 1974), David Cronenberg (Epidemia, 1975) y George A. Romero, este último, la mente maestra detrás de La noche de los muertos vivientes.

Romero demostró que para asustar a la audiencia no había que contar con grandes presupuestos. Era un apasionado del cine desde su infancia en el Bronx. Nacido en una familia de clase media descendiente de cubanos y lituanos. Tras graduarse en 1960 en la Universidad Carnegie Mellon de Pittsburgh, se dedicó a filmar cortometrajes y programas de televisión.

Con 16 años trabajó como chico de los recados en North by the Northwest, de Alfred Hitchcock y luego, junto a sus amigos John Russo y Russell Streiner montó una productora para rodar anuncios, llamada Image Ten Productions, hasta que realizó una película de terror inspirada en una de las mejores novelas del siglo XX, Soy leyenda, de Richard Matheson.

No se complicaron la vida gracias a una historia muy sencilla, en blanco y negro, desarrollada en un pueblo invadido por zombies caníbales. Todavía no lo sabían, pero estaban emprendiendo un camino que miles de adolescentes repetirían a lo largo de la historia del cine.

La idea principal del argumento trataba acerca de un niño que huía de casa y que descubría un campo de muertos cristalizados. Había alienígenas que los dejaban en esta forma para luego poder comérselos. El también guionista John A. Russo fue quien le enseñó esta idea a Romero pero la descartó, aunque le gustó la parte donde se comían a la gente.

El argumento al final quedó de la siguiente manera: Las radiaciones procedentes de un satélite provocan un fenómeno terrorífico: los muertos salen de sus tumbas y atacan a los hombres para alimentarse. La acción comienza en un cementerio de Pennsylvania, donde Barbara, después de ser atacada por un muerto viviente, huye hacia una granja. Allí también se ha refugiado Ben. Ambos construirán barricadas para defenderse de una multitud de despiadados zombies que sólo pueden ser vencidos con un golpe en la cabeza.

El éxito e impacto. Estrenada en primicia el 1 de octubre de 1968 en un cine del centro de la ciudad de Pittsburgh, el plan de Continental Pictures, la compañía independiente que se hizo cargo de la película, era el de proyectarla al día siguiente, el 2 de octubre, en veinte cines de barrio y autocines de la zona.

El éxito fue inmediato: todos los locales agotaron las entradas, e incluso muchas personas se quedaron sin verla ese primer día. Dado el impacto alcanzado entre el público, Continental Pictures fue proyectándola de ciudad en ciudad arrasando allá por donde pasaba: diez años después de su estreno había recaudado entre doce y quince millones de dólares en los Estados Unidos y unos treinta millones en el resto del mundo. 

Romero dijo hace unos años que si eligieron a Duane Jones para el papel de Ben no se debió al color de su piel (fue el primero en protagonizar un filme de terror en la historia) sino porque fue el actor que más les gustó de todos los que pasaron por las pruebas. Además de joven, tenía que ser vigoroso, despierto y estar en buena forma física. Sin embargo, su participación también tuvo una interpretación simbólica.

Hacia el final de la película el protagonista afroamericano terminaba muerto de un disparo. El que un actor de color muriera de esa forma, asesinado por un hombre blanco tras luchar contra la invasión de no muertos, encontró un alegato contra el racismo y un eco del asesinato de Martin Luther King, Jr. A propósito, cabe señalar que fue el propio actor Duane Jones el que convenció a Romero del fatídico final. Según le dijo, “los héroes nunca mueren en las películas americanas, por lo que esto impactaría mucho a la audiencia”, y Romero le tomó la palabra.

La película también tuvo otras interpretaciones sobre una crítica al sistema capitalista: El zombie no es realmente un monstruo al uso, sino una metáfora del ser humano corriente que ha sido infectado y manipulado. De esta forma, mediante la figura del zombie hacemos desaparecer las cualidades que nos hacen humanos (la inteligencia, la empatía, los sentimientos, etcétera). Permanecen las que mejor nos identifican hoy día: la alienación, el carácter de masa anónima y esa especie de egoísmo exacerbado que empuja a satisfacer los apetitos de inmediato.

La vida después. Wes Craven la vio en una sala de Times Square en Nueva York, John Carpenter en Los Ángeles y Dario Argento, que entonces trabajaba como crítico de cine, en Roma (con el tiempo el italiano se convertiría en su amigo y colaborador). Los tres se dieron cuenta de todo el trasfondo que escondía aquel filme, en el que por cierto nunca se mencionaba la palabra zombie.

Romero y sus amigos de Pittsburgh retornaron a su temática y al éxito con El regreso de los muertos vivientes (1978), que tras haber costado poco más de un millón de dólares, recaudó casi de 46 millones por todo el mundo. El cineasta, por cierto, nunca recuperó el dinero de su debut como director, porque alguien de la productora no registró el filme y actualmente es de dominio público.

Nunca dejó de trabajar, aunque a veces, como a inicios de este siglo durante seis años, solo pudiera escribir guiones de películas o de cómics. Durante décadas no logró otro gran éxito en el terror y funcionó mejor en la mezcla de gore y humor. Tampoco se sintió cómodo en Hollywood, a pesar de algunos títulos estimables como Creepshow (1982) o Monkey Shines (1988).

Para Cahiers du cinéma lo prodigioso se escondía en su grito de guerra político sobre el racismo en Estados Unidos, pero lo realmente trascendente fue que con el tiempo, fue esta película la que impuso las reglas del mito zombie: si te muerden te infectan, quieren comerte y si no les disparas en la cabeza no caen eliminados y vuelven a la vida. Sin embargo, el mismo Romero no se sentía merecedor de ningún alago al respecto.

En 2007, en su visita al festival de Sitges, confesó en una entrevista realizada por Jordi Costa su extrañeza ante la consideración de padre fundador del moderno cine de terror estadunidense:

“Cuando me lo dicen, no me lo creo. Siempre he sido un director modesto, que ha desarrollado su trabajo fuera de Hollywood y por debajo de los radares de la industria y, de repente, me quieren convertir en el Padrino. Solo en mis últimas dos o tres películas he notado cierto dominio del arte de dirigir. John Ford hizo 250 películas y yo, de momento, he hecho tan solo 17. O sea, que aún me queda un largo camino”, dijo.

El 16 de junio del 2017, Geroge A. Romero murió. Tenía 77 años y falleció mientras escuchaba la música de una de sus películas favoritas, The Quiet Man (1952), con su esposa, Suzanne, y su hija, Tina, a su lado, según su familia.

En 2005, dirigió la cuarta película de la saga, La tierra de los muertos vivientes, y como acabó insatisfecho con el resultado dirigió la quinta parte dos años después, El diario de los muertos, saltándose la cronología de la saga. Su último trabajo como director fue La resistencia de los muertos de 2009, y su último crédito como escritor aparece como creador de los personajes de Day of the Dead de Héctor Hernández Vicens. Romero se fue pero quizás algún día regrese como sus muertos vivientes.

 

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