Debate sin ideas

Isidro H. Cisneros

El deterioro político que aqueja a nuestro país se refleja nítidamente en el tipo de clase política que poseemos. Rijosa, inconcluyente y demagógica se manifiesta como lo que en verdad es: una serie de élites y grupos que luchan por el poder sin ideas claras sobre el futuro de la democratización de México, y que llevan a cabo sus estrategias primordialmente a través de actos mediáticos. En el debate hemos visto más de lo mismo, acentuando aquel fenómeno que los politólogos, cuando analizan la ineficacia democrática, denominan “el voto y el circo” para dar cuenta de una política-espectáculo que no contribuye a formar ciudadanía sino que, por el contrario, genera mayor desconfianza y desinterés. La falta de ideas y propuestas, así como la somnolencia política caracterizaron el debate presidencial entre los cinco candidatos quienes fueron generosos en promesas y ofrecimientos. Se relegó la confrontación creativa que en cualquier parte del mundo representan los debates electorales. El espacio político proyecta una nueva guerra sucia con campañas negras que solo aleja a los ciudadanos de las urnas, produciendo lo que el estudioso de la política español, Josep Colomer, denomina el “arte de la manipulación política”.

Quedaron pendientes las propuestas sobre cómo gobernar la complejidad mexicana y restaurar la institucionalidad de un Estado en crisis. Ante las grises campañas electorales que actualmente observamos, el debate político representaba una preciosa oportunidad para someter a los candidatos a la observación crítica del electorado. Contrariamente a lo que muchos piensan, debatir quiere decir disputar, y al mismo tiempo, discernir. Se trata de ofrecer razones al consenso por medio de argumentos. En una democracia cualquier ejercicio de esta naturaleza debe garantizar el pluralismo, la imparcialidad y la igualdad de oportunidades para que los candidatos presenten a la sociedad civil sus ideas y propósitos. Debatir significa dar al ciudadano la ocasión para conocer de primera mano las diferentes alternativas. Se confirmó la preocupación de que el debate proyectaría una confrontación entre adversarios que mantienen una guerra política dado que se presentan como enemigos irreconciliables. Prevaleció la lógica del antagonismo, anulando el análisis de las propuestas, para convertirse en un “show” sin contenido. México requiere de una clase política comprometida con el desencanto ciudadano que afecta a nuestra democracia.

El debate mostró una vieja enfermedad que aqueja a nuestra cultura política donde la única relación posible con el adversario es su exclusión del escenario. Una situación paradójica donde la eliminación, real o aparente, del contrincante es una condición para la propia sobrevivencia. Representó un espacio de confrontación alejado del diálogo para la democracia que nuestro proceso de transformaciones políticas requiere urgentemente. Un diálogo político a propósito de las soluciones que los distintos actores ofrecen a los ciudadanos, que defienda las condiciones para el desarrollo de un México con equidad y justicia social que fortalezca la convivencia democrática. Un diálogo abierto a la diversidad que evite las certezas típicas del dogmatismo. No hay duda, los candidatos quedaron en deuda con los ciudadanos, sin embargo, la campaña continúa, quienes aspiran a la Presidencia de la República deberán estar a la altura de los problemas que aquejan a nuestro país. Los políticos de profesión deben escuchar a una ciudadanía crecientemente demandante.

Correo: isidroh.cisneros@gmail.com

Twitter: @isidrohcisneros

Página electrónica: agitadoresdeideas.com

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