Para superar la crisis

Gilberto Guevara Niebla

Vivimos una crisis de proporciones alarmantes cuya solución demanda cambios radicales; cerrar los ojos ante esta realidad sólo puede contribuir a acelerar el derrumbe.

Las salidas de la crisis exigen acciones vigorosas y simultáneas en, al menos, tres campos. La estrategia de desarrollo debe cambiar para lograr un crecimiento económico mayor: si se quiere atacar seriamente la pobreza y el desempleo, el PIB debe crecer al menos en 6 o 7%; se requiere transformar la industria manufacturera y sustentarla más en actividades intensivas de conocimiento y menos en salarios bajos; urge desarrollar el mercado interno y combatir la pobreza y la desigualdad con políticas redistributivas eficaces.

México requiere, asimismo, cambios políticos que profundicen, y no debiliten, su democracia. Se han consolidado las instituciones electorales democráticas, lo que no ha cambiado es la estructura del Estado y las prácticas viciosas que pululan en las esferas burocráticas; los grandes sindicatos nacionales-corporativos asociados originalmente al PRI y herederos de la cultura política priista siguen existiendo y constituyen un obstáculo formidable para el desarrollo de la cultura ciudadana. Urge revisar la organización de los poderes públicos en términos de pesos y contrapesos: el Poder Ejecutivo federal no tiene contrapesos efectivos: el Legislativo no actúa como arena pública donde se dirimen los grandes problemas de la nación y no cumple con su papel de vigilar la actuación del Ejecutivo; el Judicial, por su parte, carece de autonomía y sufre una descomposición interna sin precedente, socavado por la corrupción y por la ineficacia.

En las entidades federativas este esquema se reproduce puntualmente. Los gobernadores se han convertido en caciques con poder casi absoluto que controlan al legislativo local —a veces mediante el soborno— y sojuzgan al poder judicial. La decadencia del Estado mexicano tiene su más cabal expresión en los estados de la república.

Los partidos políticos son maquinarias concebidas para acarrear votos y han perdido su eficacia como agencias educadoras y como fieles portavoces de los intereses sociales. El sistema de partido ha incorporado, sin ambages, la vieja cultura clientelista y los usos y costumbres del viejo PRI. Su objetivo es ganar, a cualquier costo, las elecciones y, en ese afán, recurren a cualquier medio. Muchas personas ven la política y los partidos como un medio de ascenso social y no como compromiso de lucha y trabajo en defensa del interés colectivo.

La crisis nacional se observa claramente en educación. Los niños y jóvenes van, cada vez en mayor número, a la escuela, sin embargo, no aprenden lo que deben aprender. Hay problemas con la competencia de los maestros, con el liderazgo de los directores, con los planes y programas de estudio, con la organización escolar, con los materiales y el equipo, con los apoyos extraescolares, con el contexto social, etc. Pero el cáncer del sistema educativo es la corrupción en la gestión, auspiciada por los líderes sindicales. El sistema funciona desigualmente: hay zonas del país (las más ricas) donde las escuelas son exitosas, otras (las más pobres) donde se carece de lo indispensable. No se trata sólo de que los alumnos no adquieren conocimientos, sino que no adquieren los valores morales (autonomía, honradez, honestidad, tolerancia, respeto, justicia, paz) que dan sustento a la ciudadanía democrática y que hacen posible la convivencia pacífica.

Para remontar esta crisis México necesita inteligencia, proyectos y estrategias racionales fundadas en evidencias. Las soluciones deberán buscarse con la participación de toda la sociedad y no con la fórmula de enfrentar a unos mexicanos contra otros: la división política hará más difíciles, o imposibles, las soluciones y sólo conducirán a ahondar la crisis. 

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