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Jaque a los Ortega-Murillo, la pareja imperial de Nicaragua

Rebelión. ¿Qué se puede esperar del presidente que traicionó la revolución sandinista, y de su mujer, que prefirió compartir el poder con su marido, que la nombró vicepresidenta, antes que defender a su hija biológica, cuando denunció a su padrastro por haberla violado?

La vicepresidenta Rosario Murillo hace la señal de la victoria junto a su esposo Daniel Ortega, cuando se creían intocables.

Si hay algo más peligroso que un gobernante cegado por el poder es otro que tenga una pareja aún más ciega y ambiciosa. No es común, pero hubo un caso muy sonado, el del dictador rumano, Nicolae Ceaucescu y su esposa Elena, quienes, tras dos semanas de rebelión popular y sangrienta represión, fueron ejecutados. Otra pareja con poder absoluto, la formada por Daniel Ortega, presidente de Nicaragua, y su mujer, Rosario Murillo, vicepresidenta de Nicaragua, deberían repasar el trágico final de los Ceaucescu, no por temor a que acaben ante un pelotón de fusilamiento, pero sí para ver las causas que llevaron a su pueblo a perderles el miedo, y luego reservar la poca nobleza o dignidad que tengan para renunciar al poder y dejar que la Justicia investigue el asesinato de una treintena de manifestantes contra su gobierno en la última semana.

“Que se rinda tu madre”. Una semana después de protestas populares, duramente reprimidas por las fuerzas policiales y las “turbas” (comandos parapoliciales de las Juventudes Sandinistas), los nicaragüenses también le han perdido el miedo al régimen autoritario, a la cleptocracia y al nepotismo, reinantes en el país con la segunda renta per cápita más baja de América Latina (2,151 dólares en 2016). Sólo Haití está peor que la Nicaragua del tándem Ortega-Murillo.

Y cuando un pueblo le pierde el miedo a sus gobernantes, comienza una cuenta atrás, o bien para una represión brutal, o bien para una renuncia al poder, que es lo que están pidiendo a gritos los nicaragüenses. La calle ahora mismo no es de las “turbas sandinistas” que hace apenas unos días abrían fuego contra manifestantes y periodistas (como el que murió mientras retransmitía en directo), sino de los estudiantes al grito de “Que se rinda tu madre”, “Ortega, Somoza, los dos la misma cosa”, o el que más debería preocupar al presidente (72 años) y a su ambiciosa esposa y número dos del régimen (66 años): “Fuera la dictadura Ortega-Murillo”.

Primavera nicaragüense. El pretexto para el estallido la semana pasada de esta “Primavera nicaragüense” fue una reforma para recaudar más dinero, que el gobierno finalmente retiró, pero que no frenó la ola de protestas.

Las causas de esta rebelión en marcha empezaron a acumularse tras la victoria de Ortega en las elecciones de 2007. Fue entonces cuando traicionó a sus compañeros sandinistas para deslizarse por la senda del autoritarismo que quería su esposa, a la que entregó no sólo el manejo de la propaganda y de las campañas electorales del Frente Sandinista, sino la decisión de elegir secretarios y altos cargos del gobierno, entre ellos sus propios hijos.

De esos primeros años fueron los nombramientos de los hijos de la pareja presidencial para cargos públicos estratégicos. Así encontraron trabajo Luciana, Camila y Rafael, pero con quien realmente llegó el escándalo fue con Laureano Ortega Murillo. Desde su puesto de asesor presidencial para inversiones extranjeras, lideró el turbio contrato con un magnate chino para la construcción del polémico Canal Interoceánico de Nicaragua. Todo el mundo lo vio cuando fue a recibir al empresario Wang Jing, luciendo uno de los relojes más caros del mundo y cuyo nombre lo dice todo: un Rolex Day-Date President Platinum Ice Blue Roman.

Sólo una hija quedó fuera del suculento pastel del clan Ortega-Murillo: Zoilamérica, hija biológica de Rosario Murillo y exiliada en Costa Rica, a donde tuvo que huir tras lanzar en 1998 una denuncia-bomba: acusó a su padrastro Daniel Ortega, por ese entonces líder de la oposición, de haberla violado “en repetidas ocasiones”.

La respuesta de su madre la hundió: “Me ha avergonzado terriblemente que a una persona con un currículo intachable se le pretendiera destruir; y que fuese mi propia hija la que por esa obsesión y ese enamoramiento enfermizo con el poder quisiera destruirla”.

Lujo para el defraudador. Sin embargo, un reciente escándalo refleja mejor que ninguno el nivel de putrefacción en el que ha caído un régimen que no admite la menor crítica y que por ello purgó a históricos sandinistas, como el Comandante Cero o el escritor Sergio Ramírez, quien dedicó el premio Cervantes “a la memoria de los nicaragüenses que en los últimos días han muerto asesinados por reclamar justicia y democracia”.

El escándalo estalló hace dos meses, cuando se supo de la desenfrenada vida de lujo del titular del Consejo Supremo Electoral (CSE), Roberto Rivas. Nadie se explica en Nicaragua cómo el funcionario, con un sueldo de 4 mil dólares al mes (inalcanzable para los nicaragüenses) puede pagar 16 mil dólares para viajar frecuentemente a Madrid en vuelo chárter, donde se queda en una mansión con un alquiler mensual de 14,500 dólares.

Quienes probablemente sepan de dónde sale ese derroche de dinero son el presidente Ortega y su esposa, beneficiarios directos de sentencias muy criticadas del tribunal electoral donde juzga el afortunado Rivas, como la que invalidó la candidatura del líder de la oposición, Luis Callejas, o su decisión de no investigar el fraude masivo en las elecciones de noviembre que ganó el sandinista.

Fue la última vez que la pareja Ortega-Murillo avanzó en su partida para perpetuarse en el poder. Pero, en su avaricia por recaudar más dinero, hizo un movimiento fatal la semana pasada que resultó en jaque. En manos del pueblo nicaragüense (y desde luego en sus fuerzas armadas) está la decisión del próximo movimiento y si éste es jaque mate.

 

fransink@outlook.com

 

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