Disueltos en ácido: más allá de lo macabro

Saúl Arellano

Miguel de Unamuno sostenía que morir siempre será un evento prematuro; lo es más cuando es resultado del ejercicio de la violencia; pero ésta tiene distintas dimensiones: desde la ejercida en combate por el colérico Aquiles hasta la que ejecuta la delincuencia en contra de sus víctimas.

Si en esos casos la muerte resulta siempre un evento horripilante, en México estamos ahora frente a un escenario que ha rebasado todos los límites: la muerte se ubica más allá de lo macabro y ninguna categoría relativa a lo siniestro alcanza para describir el nivel de saña y el sadismo con los que el crimen organizado atenta en contra de las personas.

De manera terrible, nuestra realidad nacional no puede entenderse ahora sin considerar el concepto de la desaparición forzada: una práctica de extrema maldad, que ha llevado a eventos paradigmáticamente crueles: la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa, y ahora la desaparición de los tres estudiantes de la Universidad de Medios Audiovisuales en Jalisco.

El concepto de lo macabro alude a la sensación de repulsión que genera la muerte; pero lo que estamos viviendo va mucho más allá; entra en la categoría, literalmente de lo impensable: ¿Qué significa que un grupo de criminales “levante” en una confusión a tres estudiantes, y que luego los torture, que los asesine y que, por si no fuese ya demasiado, disuelva sus cuerpos en ácido?

Un evento de esta naturaleza exige escribir con todos los adjetivos posibles: porque esta clase de horror no hay que disimularla o denunciarla bajo el esquema de lo “políticamente correcto”; se trata de desnudar a la maldad en su radicalidad, en su perversa transparencia cotidiana, y en su descarnada insolencia y falta de respeto a la dignidad humana.

Uno de los asesinos confesos es apenas un joven; es decir, estamos ante una realidad cotidiana en la que miles de jóvenes violentan a otros de su misma generación. Se trata de personas con severos problemas de salud mental, para quienes ni en la niñez ni en la adolescencia o juventud hubo atención sobre su sano desarrollo mental.

Este caso sirve además para desmitificar la tesis de que es exclusivamente la pobreza o la desigualdad la que empuja a los jóvenes a delinquir. Estamos ante un sujeto que ganaba dinero, era relativamente famoso (más de 120 mil seguidores en su canal de YouTube) y tenía acceso a recursos.

Vale la pena aventurar entonces la hipótesis, de que en realidad es el malestar social lo que está en el origen y fuente de la violencia extrema; y que son las peores dimensiones de mentes psicópatas o esquizoides, las que derivan en la ejecución tétrica de actos de agresión en contra de quien amenaza o es señalado como amenaza a los intereses de los criminales.

¿Cómo consolar a la familia de alguien que fue disuelto en ácido, que fue incinerado en un basurero, o que fue enterrado en un paraje olvidado al que difícilmente algún día habrá de tenerse acceso?

¿Cuántas de las más de las 32 mil personas que siguen desaparecidas han corrido la misma suerte maldita? ¿Cuánto dolor más serán capaces de infringirnos como sociedad los delincuentes, y cuánto más podemos soportar?

¿Cuánto tiempo más seguirá la indolencia de gobernadores y alcaldes que, ante lo monstruoso, apenas alcanzan a balbucear idioteces del tipo: “son bajas colaterales”? ¿Cuánto tiempo más tendrá que pasar para que la autoridad federal recupere el monopolio de la violencia legítima y ponga un alto definitivo a la barbarie que asuela al país?

Disueltos en ácido: hay que repetir esa frase, para no olvidar y para exigir que algo así no puede volver a ocurrir. Los límites están rotos; la delincuencia actúa desafiante frente al Estado, y cada vez más nos coloca de manera brutal frente a lo impensable, lo indecible, pero material y vitalmente escalofriante. Es monstruoso: los disolvieron en ácido.


@saularellano
www.mexicosocial.org

 

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