Octavio Paz: un liberal universal

José Carlos Castañeda

A los 30 años Octavio Paz emigró a Estados Unidos. Gracias a la beca Guggenheim, su primera estación fue California, un tiempo Los Ángeles, otro Berkeley y San Francisco. Nueve años tardó en regresar a su país. En esa etapa vivió en varios continentes y en muchas ciudades por cortas temporadas. En la fundación de la ONU trabajó como corresponsal de la revista Mañana, también dio un curso de verano en el Middlebury College. Tras una mala racha económica, lo nombraron miembro del servicio diplomático. Desde finales de 1945 hasta mediados de los cincuenta, su estancia en París se convirtió en una etapa de formación intelectual. Entre 1951 y 1952 vivió durante breves estancias en Nueva Delhi y Japón.

Muchos años después, Paz analiza esa pasión del viajero como una promesa de los poderes de la imaginación:

“El deseo del viaje es innato en los hombres; no es enteramente humano aquel que no lo haya sentido alguna vez. No menos común es pensar que los mejores viajes son aquellos que hacemos con el cuerpo quieto, los ojos cerrados y la mente despierta. La lectura es otra manera de viajar sin moverse, sólo que a diferencia de los frágiles mundos recorridos durante el viaje mental, al leer nos enfrentamos a una realidad que no es hija de nuestra fantasía y que debemos penetrar y explorar. Como una ciudad a la orilla de un río o un paraje en una montaña, el libro tiene una realidad material y ocupa un lugar en el espacio; basta con sacarlo del estante y abrirlo para viajar en sus páginas. Cada lectura, como ocurre en los viajes reales, nos revela un país que es el mismo para todos los viajeros y que, sin embargo, es distinto para cada uno.

La crítica de los totalitarismos fue un circuito principal en el itinerario intelectual de Paz. Su postura fue polémica. Desde joven conoció los estragos morales y vitales que provocó el fracaso del proyecto del socialismo real. Conoció a los prófugos de ese falso paraíso y fue testigo de la génesis de la decepción cultural. Sus pasos se encaminan con la mirada puesta en el fracaso de ese idealismo político. Su vocación humanista se perfilaba en ese debate. La defensa de la persona fue la razón de su batalla contra los autoritarismos políticos. El totalitarismo representó el exterminio de la idea y la existencia de la persona humana.

Si queremos comprender cómo concibe Octavio Paz la libertad, hay que recurrir a sus libros sobre el amor. Sin embargo, como admitió en una entrevista, a pesar de admirar el talante de los anarquistas y su tendencia libertaria, siguió siendo escéptico. La hipótesis anarquista entraña un desafío “sublime e insensato”: su creencia incorregible en la bondad y la inocencia de los hombres. Como Kant, piensan que el deber moral es suficiente para gobernar a los individuos. Demasiado moralismo sostiene sus expectativas políticas. Varios miles de años en la historia invitan a pensar lo contrario: el hombre es un lobo del hombre. ¿Cómo afrontar esa verdad histórica? ¿Cómo repensar el humanismo, después de esa escuela de la infamia que fueron los regímenes totalitarios?

En 1990, la Academia Sueca otorgó a Octavio Paz el Premio Nobel de literatura. En su discurso de aceptación advirtió sobre los riesgos y las amenazas después de la caída del Muro de Berlín y del final de la Guerra Fría.

“El derrumbe de las utopías ha dejado un gran vacío, no en los países en donde esa ideología ha hecho sus pruebas y ha fallado sino en aquellos en los que muchos la abrazaron con entusiasmo y esperanza. Por primera vez en la historia los hombres viven en una suerte de intemperie espiritual y no, como antes, a la sombra de esos sistemas religiosos y políticos que simultáneamente, nos oprimían y nos consolaban.


@ccastanedaf4

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